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La geometría en el juego político

El siglo XX fue marco de excepcionales acontecimientos de toda índole y razón. Luego de vivirse el surgimiento y la subsiguiente desaparición de la bipolaridad caracterizada por la presencia de dos grandes bloques de poder: el de occidente y el de la Unión Soviética, el mundo dejó ver el hondo vacío ideológico en el que se vio atrapado. 

Tal agujero, representa la ausencia de ese mecanismo central de temible poder que determinaba los zarandeos políticos, económicos y militares que padecían las regiones y países menos fortificados del planeta.

Es como un inmenso agujero. Carente de cualquier artilugio que pudiera servir de freno a la caída libre de toda presunción política o económica. Aunque se arrogue el arte del planeo (aéreo) como mecanismo de resistencia para librarse de imprevistos o calculados antagonismos.

En lo que va del siglo XXI, se ha convertido en una terrible amenaza. En un abominable peligro capaz de hacer que muchas racionalidades, terminen sus días en el profundo fondo del aludido vacío ideológico. 

En medio de tal tensión, se creó un fenómeno político que engulle cuanta ideología se atreve a actuar como sustituto de tan conspicuo y pertinaz mecanismo de poder que representó la conjugación de las fuerzas militares, económicas y políticas. A ello contribuyó la fuerza política que ha representado la defunción de la Guerra Fría y el influjo del fenómeno de la globalización.

Tan grotesca expresión de poder, que se creyó destinada a perdurar por más tiempo, por lo descifrable de sus articulaciones, se deshizo y desapareció en un breve y confuso proceso de desintegración interna. Sus efectos, aún siguen resonando y haciéndose sentir de alguna manera. Entre ellas, la mas estridente dada las dimensiones de su transmutación a un ámbito de etérea configuración política, viene agitando y enredando al mundo en los albores de este nuevo siglo XXI. Es la crisis que golpea las ideologías políticas mundiales. 

El panorama que actualmente viste la realidad mundial, desnuda obesas contradicciones que jamás se pensaron que podrían estar actuando en calidad de insidiosas condiciones que estorban, atascan y cohíbe el desarrollo natural de la democracia como sistema político. Y como palanca de progreso y bienestar de naciones de espíritu hacendoso y cumplidor.

Tales han sido las calamidades que han actuado como catalizadores de tan traicionera crisis que, en todo esto se esconde la amenaza de un fenómeno economicista llamado “globalismo”. En medio de tantos problemas, de toda índole que se viven en el presente, se ha hablado de que el mundo puede estarse acercando a vivir los inconvenientes propios de una Nueva Edad Media. Tiempos que serían regidos por una inevitable, aterradora y novedosa geografía del poder a escala mundial.

Una situación de embrollada ingeniería política

Los problemas que acaecen en los territorios de la antigua URSS, del Cercano Oriente, Europa Occidental, en importantes naciones de América Latina, China, Afganistán, Turquía e Irán, principalmente, retratan la ausencia de un mecanismo de poder que modere y medie, aunque de modo coercitivo, las tendencias desarrollistas, liberales, revolucionarias y autonómicas de tan conflictivo mundo. 

La guerra Rusia-Ucrania, avivó graves riesgos de serias complicaciones que pondrían aún más en evidencia las crisis ideológica que están viéndose a través del cristal de políticas económicas discordantes. Y que tiende a complicarse, si dicho análisis suma los inconvenientes y amenazas derivadas de la incidencia de la pandemia provocada por la emergencia acarreada por el COVID-19. Sobre todo, cuando se habla de la incursión de un Nuevo Orden Mundial. O de la redistribución de ingresos con impacto en el PIB de naciones que han apostado a la readecuación de sus esquemas de producción.

Sin embargo, en el fragor de estos revuelos, hay países que no han dejado de pretender convertirse en “imperios” económicos, militares y políticos. Y por tanto, en centros de poder. Ellos configuran el equilibrio del poder sobre el cual se halla suspendido el mundo presente. Son, fundamentalmente, los Estados Unidos, la Comunidad Europea, Brasil, India, China, Rusia, Japón, y la hegemonía de países situados en el Oriente Medio. Ellos forman el heptágono del poder mundial cuyas decisiones arrastran buena parte del resto del mundo. Como buen heptágono, es expresión de una figura plana regular, cuya geometría obliga a todos sus vértices (centros de poder) a circunscribirse en una circunferencia (representativa de los intereses y necesidades que definen la dirección que sigue el ejercicio político en desarrollo).

Aunque no es clara la situación de dichos centros de poder. Pero lo que sí se sabe, es que en todo momento, dichos centros de poder hacen alarde de sus condiciones militares lo cual sin duda es indicativo del poder detectado y con capacidad de exhibirse.

No obstante, frente al significado de esta situación, que de alguna manera induce temor que incita la sumisión que deriva en alineamiento geopolítico, seguirán prevaleciendo brutales desigualdades de desarrollo tanto como dificultades socioeconómicas y resistencias culturales. Y en medio de tan temibles condiciones, han venido emergiendo ciertas propuestas que plantean un escenario político capaz de afrontar las coacciones e intimidaciones de tales centros de poder. 

Ello, basado en estrategias no necesariamente militares, por obvia razón. Pero sí, incitadas por potencialidades tecnológicas, económicas, geográficas, educacionales, geopolíticas y hasta demográficas. Así debería acometerse. Con la diplomacia del caso. En contrario con las imposiciones emanadas del cuadro político regentado por la movilidad de los susodichos centros de poder articulados. Y dispuestos, según la disposición que brinda un polígono regular de 7 lados. O sea, un heptágono. Razón por la cual podría inferirse que su interpretación resulta de cuánto se afianza la geometría en el juego político.

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