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La gracia del Perdón

Hay una palabra que nos hace temblar en cualquier circunstancia. Si estamos del lado del agraviado o del ofendido, hablar de perdonar a quien ha sido el autor de nuestro dolor representa un desafío. Todo nuestro ser grita un No rotundo; el dolor que nos han causado llora desde nuestras entrañas que es imposible perdonar. Aun en el caso de que lo hagamos como una decisión, y que en esta decisión logremos separar nuestros pensamientos de nuestros sentimientos, sencillamente nos parece una imposibilidad poder olvidar y más aún llegar a la reconciliación.

Por el contrario, si nos encontramos del lado del ofensor, del que ha causado la herida y hemos llegado al arrepentimiento. Si estamos convencidos del daño que hemos causado, entonces anhelamos el ser perdonados; anhelamos que la confianza en nosotros sea restaurada. Todo nuestro ser grita por esa liberación del alma que ocurre cuando nuestra petición de perdón es aceptada.

Si hemos sido el ofensor, si hemos causado heridas una y otra vez, sin que haya habido un cambio de rumbo; si estamos persistiendo en una actitud de soberbia, pensando que estamos en el derecho de hacer lo equivocado, entonces tenemos un problema que va más allá del perdón. Significa que el corazón se ha endurecido, significa que nuestro entendimiento se ha entenebrecido. 

Lo primero que debemos hacer es buscar el quebrantamiento de nuestro corazón, doblegar nuestro orgullo y pedir el perdón de Dios. Cuando estamos en una situación como ésta es muy importante comprender que las palabras sin acciones concretas, contundentes que las respalden no tienen ningún valor; ni tampoco tendrán ninguna trascendencia para traer restauración. 

El causar daño a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestra familia, a un amigo repetidas veces, sin recapacitar, sin dar un vuelco a nuestra actitud, se convierte en un proceso de endurecimiento del corazón. Es como ir apagando la luz de nuestra alma, lo cual resulta en un proceso de oscurecimiento de la conciencia, el cual inexorablemente conducirá a muchas situaciones desventuradas en la vida.

Nada más equivocado para mantener relaciones sanas que el pensamiento del no arrepentimiento. El no  arrepentirse de nada en la vida es simplemente un acto del más elevado orgullo que inflama el ego. El arrepentimiento debería ser casi a diario; pero, el arrepentimiento no es ese pensamiento terrible de culpa que nos hala hacia un hueco. Arrepentirse va más allá de sentir pesar o lamentarse por algo.

Desde el punto de vista bíblico el estar verdaderamente arrepentido conlleva “frutos dignos de arrepentimiento”, lo cual se traduce como un cambio de actitud, una transformación de la intención del corazón en su expresión por medio del lenguaje y el hecho. El perdón en sus dos facetas, tanto la decisión de perdonar, como tener la humildad para pedir perdón requieren de un alma llena de coraje.

Los cobardes no se atreven a perdonar, ni tampoco son capaces de pedir perdón. Prefieren permanecer en la posición de no dar un paso hacia adelante, prefieren mantenerse en su posición de orgullo de no perdonar o de no pedir perdón. El coraje se manifiesta como ese ímpetu en nuestro ser interior que nos impele a hacer o decir algo venciendo prejuicios humanos, así como toda clase de obstáculos, los cuales frecuentemente nos detienen para no tomar el camino correcto. 

Lo más extraordinario del coraje es que aflora en nosotros ante nuestra vulnerabilidad, cuando los latidos del corazón se aceleran ante la sombra de un miedo o una duda, ante la inminencia de destruir una relación que hemos cultivado.Podríamos interpretar que esa fuerza interior que nos impele a tomar esa actitud de humildad es un acto de la gracia de Dios, la cual se transfiere a nosotros en esa actitud de coraje. Lamentablemente, esa inspiración, esa fuerza interior solo tendrá efecto si nosotros damos el paso ante lo desconocido. 

Pues, tomar esa actitud siempre es como caminar en la oscuridad hasta que no vemos la respuesta del otro; ya que de la misma manera que nuestra actitud de pedir perdón o perdonar podría ser recibida con los brazos de un corazón abierto. También existe la posibilidad del rechazo. Cualquiera que sea la respuesta a ese paso trascendental debemos mantener nuestra actitud, debemos persistir en el cambio de rumbo que hemos tomado, debemos estar dispuestos a caminar la segunda milla, a emprender el largo camino de la restauración a través de la reconciliación.

Ahora bien, no siempre el acto del perdón conlleva a la reconciliación. Con tristeza debemos admitir que hay casos en los cuales la reconciliación no es viable, ya que conlleva riesgos para la vida. Igualmente, no siempre el perdón se da cara a cara entre el ofensor y el ofendido; sino que en la distancia decidimos perdonar, liberándonos de ese yugo del dolor de la ofensa. Es una decisión en nuestro ser interior que podemos hacer saber a la otra persona, aunque a veces dar este paso podría ser imposible, dependiendo de las circunstancias en las que esta persona se encuentre.

Existen casos en los que una persona agraviada ha decidido perdonar a su agresor, después de la muerte de éste. Y el tomar esa decisión le ha permitido continuar adelante con su vida, sin ese peso del resentimiento que tanto agobia al alma que es cautiva de él. Cualquiera que sea nuestra situación, pienso que todos podemos ser bendecidos con la gracia del perdón. El primero que siempre está dispuesto, no solo a perdonar, sino también a la reconciliación es Dios. El como padre amante, siempre responderá con los brazos abiertos ante un corazón arrepentido. 

A lo largo de mi vida he tenido la bendición de ser testigo de la gracia del perdón. He podido comprobar con mis ojos a través del tiempo, el cambio de actitud en el carácter de algunas personas. He podido comprobar cómo ese cambio ha traído liberación a los involucrados. He palpado el milagro de la restauración comprobando como la gloria primera o el primer amor fueron sobrepasados por el amor que surge de dos corazones que han dado el paso de perdonar.

La oración universal de la cristiandad, el Padre nuestro, contempla entre sus elementos esenciales,  el perdón: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. San Mateo 6:12. Quizá la próxima vez que oremos el Padre nuestro, deberíamos hacer una introspección, para comprender las palabras de Jesús a continuación: “Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial; más si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su padre les perdonará sus ofensas”. San Mateo 6:14-15.

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