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La humildad es la llave

Debido a nuestro modelo mental actual, este título podría llevarnos a pensar en la idea de la humildad como una virtud relacionada con la vida religiosa; la idea de ser sumisos, de vivir en una condición determinada por el voto de pobreza, o la idea de ocupar una posición de poca relevancia ante otros. Sin embargo, unos cuantos líderes del mundo empresarial actual coinciden en que este concepto debe ser concebido despojando de nuestras mentes estos prejuicios universales; ya que, en la era en la que las máquinas irán cada vez más despojando al ser humano de sus posiciones de trabajo, es imprescindible desarrollar en nuestro desempeño esta “habilidad” individual y social que nos capacita para el trabajo en equipo y, especialmente, para ser un líder accesible, que conecta con otros.

La etimología de la palabra Humildad nos revela un concepto fascinante desde esta perspectiva. Proviene del latín “humilitas”, palabra formada por el vocablo “humus” que significa tierra y el sufijo -itas- que indica una cualidad del “ser”. Por lo tanto, humilitas expresa la cualidad del ser en su condición más elemental, como lo expresan las Sagradas escrituras,  ser del polvo de la tierra. 

De aquí que la palabra ha sido usada para expresar la cualidad de ser sencillo y simple como la misma tierra. Al mismo tiempo, para expresar la aceptación de las limitaciones propias, la rendición mediante el reconocimiento del origen sin grandeza, sin colorido que pueda destacar. En esta nueva perspectiva para el mundo empresarial, pero muy antigua para la doctrina cristiana, entendemos que el “humus” es la capa más fértil de la tierra, por lo que el concepto de humildad nos lleva a lo sencillo, pero al mismo  tiempo a lo más fructífero.

Porque es la virtud de la humildad en su práctica cotidiana la que nos conduce de la mano a ser, literalmente, tierra fértil para cultivar otras virtudes o valores y, al mismo tiempo, tierra fértil en la que otros pueden sembrar y cosechar frutos. En otras palabras, mediante la práctica de la humildad podemos convertimos en piedras angulares que sostienen de manera maestra la estructura de una institución. En esos líderes que son la clave para que todos los esfuerzos fluyan hacia la realización del objetivo primordial de dicha institución.

Pero, ¿qué significa realmente ser humilde? En primer lugar, para ser humilde se requiere un profundo conocimiento propio, al mismo tiempo que un reconocimiento de las limitaciones del carácter. De tal manera de ser capaz de ejecutar conscientemente la práctica de ejercicios internos, intrínsecos a nuestro ser interior, y externos, que se expresan en nuestra actitud hacia el otro, para centrarnos en el prójimo sin prejuicios; a fin de cumplir con cada quien la tarea inherente a nuestra posición dentro del grupo humano al que pertenecemos.

En segundo lugar, ser humilde significa aprender a dejar de lado nuestras defensas”, sin miedo a mostrar nuestra vulnerabilidad en el proceso. En pocas palabras, ser humilde nos permite revelar nuestra esencia humana, así como encontrarla en el otro. Entonces, ¿cuáles son estos ejercicios internos y externos que es necesario ejecutar conscientemente para aprender la humildad? Bueno, es crucial practicar la honestidad con nosotros mismos, reconocer que nuestro ego constantemente levanta sendas murallas detrás de las cuales podemos esconder cómodamente nuestro egoísmo, celos, envidias y debilidades. No todos los que nos expresan su opinión desnuda y sincera están siempre equivocados.

Hay que embarazarse del pensamiento que nuestra valía como seres humanos no estriba en el “perfeccionismo” que pretendemos mostrar. La infalibilidad que es imposible, sino por el contrario, se basa en ese deseo que impregna nuestro proceder, de ser mejores seres humanos cada día, en la excelencia con la cual hacemos nuestra labor, cumplimos nuestro rol, desempeñamos nuestra función. Para llegar a esto es necesario aprender a controlar nuestros pensamientos junto a nuestros primitivos impulsos de reaccionar ante la más mínima opinión opuesta. El dominio propio representa una de las montañas más altas de escalar en la vida; no obstante, su conquista nos liberta de la esclavitud del orgullo que nos hace reaccionar aún ante el leve toque con el pétalo de una rosa. 

En tercer lugar, es trascendental reconocer que nuestros miedos e inseguridades representan el dique que nos impide fluir en la conexión con otros. Además, nos mantienen aislados del inigualable enriquecimiento humano que deriva de esa conexión. Es como el trabajo de cada dedo, tan diferente uno de otro, en esa unidad anatómica tan maravillosa llamada mano; juntos el potencial se multiplica. Los miedos se van cuando se les llama por su nombre, cuando se habla de ellos en voz alta, cuando se comparten con quienes nos valoran; cuando mostramos nuestra vulnerabilidad, encontramos el camino para hacernos más fuertes ante las adversidades de la vida.

En cuarto lugar, no hay una práctica que traiga más y mejores frutos que el escuchar atentamente, lo que los psicólogos llaman hoy en día la Escucha activa. Sin embargo, es uno de los bienes más desdeñados por la sociedad actual. Todos hablan, muy pocos 

escuchan. Como dice en su epístola el apóstol Santiago 1:19: “Todo hombre sea pronto para oír, lento para hablar y lento para la ira”. Una fórmula sabia para relaciones sólidas, profundas y verdaderas.

Todas estas prácticas requieren de esa virtud llamada humildad y al mismo tiempo, la constituyen. Su ejercicio nos entrena en el dominio de la virtud, su práctica cotidiana con quienes nos rodean nos permite desempeñarnos con la excelencia, imposible de marchitar ante ningún insulto, desmán o injusticia contra nosotros; pues, el que es humilde tiene un corazón y una mente hechos de “humus”, la capa más fértil de la tierra.

“Con el orgullo viene el oprobio;con la humildad, la sabiduría”. Proverbios 11:2.

“La recompensa de la humildad y del temor del Señor son las riquezas, la honra y la vida”. 

Proverbios 22:4


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