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La ignorancia es el cáncer del desarrollo

En septiembre de cada año, el inicio de clases en los hogares venezolanos representaba un motivo de alegría. Lo era especialmente para las jóvenes parejas que, por primera vez, llevaban a sus pequeños a la escuela. Pero también en los hogares de alumnos que ya habían iniciado diversos cursos, y que, disfrutada su temporada de vacaciones, se reincorporan a sus respectivos colegios.

Lamentablemente, en la actualidad ya no representa  tal motivo de alegría. Dejó de serlo como tal. Se convirtió en un motivo de angustia familiar. 

Es una angustia asociada a una realidad que está relacionada con el sistema educativo nacional, y en el cual sobresale la presencia de un derecho constitucional a cargo de un Estado que, sencillamente, desestima la importancia de velar por cumplimientos y respuestas con motivo y visión formativa, mientras construye discursos para exaltar resultados que lucen huérfanos de veracidad. Pero también con el emprendimiento particular que siempre se ha desempeñado como una alternativa en rol complementario a lo que se hace desde las aulas públicas, y que, durante cada inicio del año lectivo, permite identificar deficiencias, imponer la exigencia de atenciones  y , por supuesto, comprometer a autoridades cuando se trata de calificar desempeños y resultados.

Entender y tratar de comprender lo que realmente viene sucediendo con el proceso educativo venezolano, obliga a asumir actitudes y posiciones severamente críticas. No necesariamente en contra de quienes gobiernan, porque los padres y representantes ya saben de qué se trata y cuál es el alcance de la gravedad del hecho, como sobre quién recae la responsabilidad de que todo sea así.  Sí, en cambio, de todo aquello en lo que se traduce el frío análisis acerca de cómo comienza y se desarrolla cada año escolar, y cuál es la respuesta de quienes, desde el ejercicio de sus responsabilidades públicas, deberían estarle ofreciendo a cada padre y madre que están dispuestos a hacerlo todo para formar familia, educar hijos y dotar al país de hombres y mujeres de bien.

Precisamente, es a partir de esta última referencia que los venezolanos saben en qué consiste cada inicio de año escolar. Porque lleva implícita la obligación de “dotar” de uniformes, calzado, útiles a los muchachos, como de compromiso de garantizarle alimentación, transporte  y las colaboraciones adicionales a los colegios. Esto último no es obligado, pero, como en el caso de la participación educativa en los colegios privados, la oportuna y debida cancelación de inscripciones y mensualidades, obviamente, equivale a seguridad educativa.

Lo cierto es que, al final de la citada enumeración de  compromisos y obligaciones, emerge una cuantificación total que siempre culmina en lo mismo: los costos son inalcanzable para la mayoría de las familias,  que sólo cuentan con un muy devaluado ingreso.

¿Y qué hacer?. Como única alternativa para muchos, a los padres y representantes  únicamente  les queda la posibilidad de tener que recurrir a un Colegio Público, a sabiendas de que eso implica el sometimiento de los muchachos  a estudiar en un ambiente con carencias de todo, incluyendo instalaciones.

De hecho,  el deterioro de tales dependencias  es indescriptible: sin servicios públicos en su casi totalidad, lo que se traduce en un cuadro de calamidad extrema. Tal es dicho cuadro que cualquier padre o madre lo describe así: “sanitarios sucios, contaminados por carencia de agua; apagones eléctricos constantes; aulas y pupitres deteriorados”.

Adicionalmente, la diáspora de profesores y alumnos cada día es mayor, para que todo concluya en el deplorable balance al que, por igual, se refieren padres, madres y representantes, como educadores en general: un sistema educativo colapsado en general.

Lo curioso es que, a partir de la descripción de dicha realidad, las cifras ofrecidas por los organismos oficiales describen  un supuesto crecimiento en el plantel educativo. Sin embargo, los colegios públicos y privados, las universidades y otras instancias de carácter docente, reportan una disminución asistencial, tanto de alumnos como maestros y profesores, de más de un 50%.

De hecho, es común ver a diario en todo el país protestas públicas de docentes y estudiantes con reclamaciones de diversas características. Predominan demandas de salarios dignos para los docentes, como el reacondicionamiento de la mayoría de planteles que están en ruinas. Asimismo, la petición de ingresos presupuestarios para las universidades y colegios públicos, que  han quedado reducidos al punto de ser llevarlos al borde de un cierre obligatorio.

Mientras tanto, las cifras estadísticas a nivel mundial, en forma determinante,  reflejan que el desarrollo y el progreso de cualquier país son equivalentes, y se puede medir dependiendo del volumen de inversión presupuestaria que el país haga  en investigación, educación y cultura, al igual, que de su cálida, eficiencia y resultados.

En tales informes anuales de las Naciones Unidas, de hecho,  se puede observar la importancia y el nivel de inversión que hacen los países más desarrollados tanto en investigación como educación. En los mismos, se aprecia que destacan países como: Estados Unidos, China, Japón, Comunidad Europea, Taiwán, Israel entre muchos otros. Ellos son calificados países del primer mundo y, obviamente, los más desarrollados y de mejor nivel y calidad de vida.

Igualmente, esos países, que son los que más invierten en educación  ciudadana y, sobre todo, en investigación y avances científicos, demuestran  que a mayor nivel de educación ciudadana, mayor calidad de vida. Como dato curioso, sería interesante cuantificar el volumen de Premios Nobel que se les han otorgado a científicos erradicados en los países sub desarrollados o del tercer mundo. Lamentablemente, son muy pocos. Y los pocos que se les han otorgado, declaran eso como motivo de Fiesta Nacional.

Venezuela hoy encabeza la lista de países en América Latina con los peores índices de inversión per cápita en investigación y educación. Pero, además, destaca como el país con el salario mínimo más pobre, con el nivel de inflación más elevado del mundo, y, consecuencialmente, ocupa el último lugar de pobreza y calidad de vida en el Continente americano.

Es natural, entonces, que más del 90% de la población venezolana clame por un cambio de gobierno e ideología. De hecho,  el mundo no entiende cómo es que luego de haber sido  considerado el país más rico de América y poseer grandes recursos materiales, hoy Venezuela sea señalada la Nación más pobre del Continente. La mayoría de su población es considerada necesitada de ayuda humanitaria y como una carga discordante y pesada para la región latinoamericana. 

Esperando que el cambio deseado y necesitado por casi todo el país se produzca pronto, y que la nueva dirigencia que asuma la conducción del mismo esté clara en que un pueblo no educado siempre estará expuesto a ser engañado, no hay dudas de que el concepto generalizado y estructural  al respecto describe una verdad: la razón favorece a las mayorías.

Sin embargo, dicha posibilidad  sólo aplica siempre y  cuando esas mayorías sean el reflejo objetivo de una mayoría educada. Un pueblo mal educado, desinformado y manipulado conceptualmente   siempre será presa fácil del engaño de los promotores del populismo, como del nivel de influencia manipuladora de los regalos de baratijas, además de la compra de votos y de la dignidad ciudadana.

Venezuela clama -porque lo necesita- un nuevo Gobierno. No para que diversifique manipulaciones y mentiras. Sí para que le dé prioridad a la urgencia de mitigar la miseria, el hambre, la recuperación de la salud, sin dejar de atender  simultáneamente al precario sistema educacional  del país. A este último, hay que  mejorarlo, y eso implica la asignación de la mayor cifra presupuestaria que se le pueda asignar a un sistema integral de educación, cultura e investigación.

Llegar hasta allí, desde luego, contempla  la solicitud de ayuda internacional para que la Nación pueda ser atendida con el aporte de experiencias y conocimientos sobre el tema. Renovar la estructura gubernamental que, interesada y deliberadamente, ha despojado al país de un sistema educativo que formó a generaciones que pudieron sobresalir dentro y fuera del territorio nacional, no es tarea fácil, pero tampoco imposible.

Para finalmente contar con un sistema de educación  comparable al de los países del primer mundo, se debe trabajar intensamente, con decisión y la convicción de que el “con mis hijos no te metas”, que emergió como la primera reacción de la sociedad organizada  venezolana en contra del propósito destructivo  del país hace ya 20 años, no fue un pronunciamiento público en vano. Pero, además, que, de alguna manera, el país tiene que asumir que “Moral y Luces son Nuestras Primeras Necesidades” nunca ha dejado de ser el gran reto histórico nacional para poder evitar que el proceso caudillesco que arrancó en el Siglo XIX, siga alimentando el engaño y sometimiento del que se ha nutrido permanentemente el gran fraude al derecho reivindicador de las mayorías.


Sin duda alguna, en los hogares venezolanos es inevitable que hoy abunde la angustia familiar que genera y estimula un sistema de Gobierno que necesita precisamente que la ciudadanía esté respondiendo así, incluso, cuando se trata de hacer posible el ejercicio del derecho al que tienen sus muchachos a la educación y formación, tal y como lo consagra la vigente Constitución venezolana. No obstante, también la angustia en este caso es una reacción normal que emerge de una ciudadanía que se niega a asumir una actitud de indiferencia, cuando se trata de formar y educar a quienes, desde luego, les corresponderá convertir a su país en un ejemplo de trabajo y bienestar.

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