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La incierta espera

“Vuela niño en la doble
luna del pecho (…)
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.”

Miguel Hernández

 

La escena transcurre en un pequeño local de comida rápida. Convocadas en torno a sus bebidas, cuatro casi-niñas, cuatro Lolitas de uñas desafiantes -pintadas una sí, una no con matices estridentes- comparten su sed, el pueril bullicio, y uno que otro chismecito del liceo al que acuden en El Paraíso. Nada inusual cabría en tal descripción de no ser por un inesperado detalle: una de ellas, pinchada por la urgencia del baño, de pronto deja ver lo que la mesa había ocultado: un vientre redondo, prominente, dibujado bajo su camiseta. Si; la casi-niña -16, 17 años a lo sumo- espera un bebé. Me detengo en su conmovedora torpeza, en la sensación de que ella intuye que esos días de despreocupado solaz van descontándose, inexorablemente: una historia de espera quizás no tan dulce se asoma en la súbita singularidad de la madre adolescente.

Algunos recordarán la campaña que el año pasado desarrolló la ONG «Construyendo futuros” en algunos centros comerciales de Caracas. En el marco del retorno de clases, vimos exhibidos en las vitrinas los maniquíes sin rostro de niñas preñadas, vestidas con uniforme escolar. La propuesta -efectista, estremecedora, no menos certera en su mensaje- dio protagónica concreción visual a una realidad que cada día se hace más acuciante en nuestro país: el embarazo adolescente. Alarma saber que mientras en casi todos los países del mundo este índice ha descendido durante la última década, según cifras del Fondo de Población de ONU Latinoamérica es la única región -solo superada por África subsahariana y el sur de Asia- donde aumentó. Y en la región, Venezuela ostenta el 3er lugar con más embarazos en menores: 23 de cada 100 niños son hijos de mujeres que no alcanzan los 20 años. Un problema que, aunque viable en cualquier estrato socio-económico, viene también adosado al aumento de la pobreza (32,1 % para 2012-2013, según Cepal) considerando que de esa cifra de futuras madres, 80% proviene de sectores con menos recursos. (Según estudio de Bayer Health Care, el fenómeno es 4 veces más frecuente en jóvenes que viven en ambiente más deprimidos económicamente.)

Por tal razón, el tema adquiere aquí espinosas aristas. Si a la ausencia de oportunidades, el abuso doméstico, la desigualdad, la carencia afectiva que castiga a estas niñas o la gravosa falta de políticas de Educación Sexual estructuradas desde el Estado (en otros países, incluso Latinoamericanos como Colombia, Costa Rica o Perú, la sistematización de programas de información debilitó significativamente el vuelo de las cifras), añadimos el impacto de la crisis económica, traducida por ejemplo en la reducción del acceso a anticonceptivos, hoy caros y escasos (“El paquete de condones a $755 es la última indignidad en Venezuela”, titulaba Bloomberg Business) no hay duda de que el panorama proyectado es desalentador. El paisaje de esa Venezuela de niñas-pariendo-niños (probables nietos de quien también pasó por una maternidad temprana), madres tal vez lisiadas en su autoestima o frustradas en sus expectativas educativas o de desarrollo, con poca o ninguna garantía de poder ofrecer a sus hijos un futuro de seguridad material o emocional, sólo nos condena a seguir transitando el áspero camino del atraso.

Cuando eres joven no das mucha importancia a los problemas, crees que hoy te duermes y mañana cuando despiertas todo estará bien… Uy, pero un bebé es una responsabilidad para toda la vida”, confiesa Luz, toda blandura en el andino acento, mientras su cuerpo mínimo ensaya saltitos para arrullar a su niña. Su honda mirada, aún calada por la tibieza de sus escasos 19, no deja de subrayar cuán inclementes han sido las circunstancias. “Es duro, duro… más en un país donde no consigues pañales, leche, toallitas. Cosas básicas, pues”. A Luz, como a otras tantas madres de su edad, de pronto la niñez se le convirtió en una suave, remota añoranza. Por si fuese poco, recientemente la dirigente del MIR, María Luisa Montilla, denunciaba la muda paralización de la Misión “Hijos de Venezuela”, a través de la cual el Gobierno asignaba a las madres solteras un aporte mensual de bs.430 por hijo (bastante exiguo, si lo contrastamos con los Bs 30.176,82 del costo de la canasta básica, según CENDAS.) Montilla recuerda que, originalmente, la Misión supondría acompañamiento educativo, social y productivo (lo cual forma parte, según la OMS, de un ineludible plan de prevención del embarazo adolescente) pero esa propuesta nunca se completó.

Entre tanto, parece que la figura de la niña-madre sigue multiplicándose en las esquinas, en las colas, en las calles, en cada rincón de nuestro castigado país. Irónicamente, la promesa de una era destinada a “parir corazones” se diluye en la angustia de quien, a merced de todos los desamparos posibles, aún reúne fuerzas para acurrucar a un pedacito del incierto futuro: ese, que hoy duerme inocente en sus brazos.

@Mibelis

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