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La infinitud de la Universidad

El que Friedrich Nietzche hubiese blasfemado el nombre de Dios cuando se atrevió a plasmar que “Dios ha muerto, sigue muerto y nosotros lo hemos matado”, es tan absurdo y criticable como quienes hoy quieren emular al reconocido filósofo. Pero cambiando el sujeto. Suplantando a Dios por la Universidad. 

Y aunque en principio, no hay forma posible de una comparación que se justiprecie de su alcance, es insensato pretender tanto lo primero como lo segundo. Ni Dios está muerto por cuanto es infinito, ni tampoco la Universidad. Esta gran institución es imperecedera por tantas razones que comprenden su magnanimidad, perseverancia, estoicismo, continuidad y longanimidad. Es más perenne que el oro.

Sin embargo, buena parte de la justificación que esgrimen quienes han supuesto que “la Universidad está muerta”, se apoyan en la animadversión que sienten contra la institución. Independientemente de si hablan en nombre del resentimiento o repulsión a la inteligencia, dado lo crítica, democrática y plural, como tal cual la desnudan sus acciones, procesos y momentos propios de la vida académica que la Universidad tiene. 

Desde que la Universidad abrió sus puertas para formar hombres y mujeres alrededor del conocimiento de las ciencias, las humanidades, las tecnologías y las artes, ahí mismo nació para la infinitud, para la inmortalidad. Dispuesta a trascender por encima de cuanto obstáculo se le atravesara. Podría verse afectada por las circunstancias, como en efecto ha sido a lo largo de más de 8 siglos. Pero nunca, para dejar vencerse por los avatares. 

Cada crisis por la que ha transitado la Universidad, la ha fortalecido. En los problemas vivenciados, ha hallado una oportunidad para resarcirse. Para consolidarse de cara a lo que exalta su compromiso pedagógico-institucional-académico.

Sus periplos, equivalen a procesos graduales de aprendizaje-enseñanza que convocan las potencialidades que en su esencia radican. Así ha sido su recorrido. Entre tiempos y espacios. Y es, lo que le ha permitido salvar brechas, diatribas y empellones demostrativos de su fuerza para imponerse a las incertidumbres. Tan igual, como para fulgurar entre las penumbras que intentan oscurecer su brillo.

Estas realidades son las que han motivado, en la historia de los pueblos, a encumbrar la razón de ser de la Universidad. Indistintamente del lugar en el cual esté enclavada su institucionalidad. Un ejemplo de lo que concierne a estas verdades, es el caso de los académicos Luis Pastori y Tomás Alfaro Calatrava, cuando escribieron: “Esta casa que vence las sombras, con su lumbre de fiel claridad (…)” para destacar la condición de “Alma Mater” de la universidad venezolana ante su razón académica. (Del himno de la Universidad Central de Venezuela, UCV)

La Universidad no ha muerto

En los último tiempos, algunos agoreros vienen diciendo que “la Universidad ha muerto”. ¡Crasa equivocación! No hay referencia que admita un caso de expiración de alguna universidad. Aunque no es de negar que ha habido tiempos en que la universidad se vio constreñida a cerrar sus puertas, aulas y laboratorios por causas de nimia temporalidad. Incluso, por intereses que sólo explica un obtuso, abusivo y aprovechado poder político. Pero siempre, el atasco en su condición de problema, ha sido coyuntural.

Venezuela no ha sido la excepción. Muy a pesar de los cambios que ha adolecido el país. Particularmente, desde que fue instituida la primera Universidad, la UCV. (Fundada el 22 Diciembre de 1721, con antecedentes en el Colegio-Seminario de Santa Rosa de Lima, desde 1673). 

Siempre, las universidades venezolanas han sabido sortear los embates que en algún momento las ha afectado. La historia política contemporánea, es fiel testigo de múltiples impases en esa línea de confrontación.

Sin embargo, la puja por creaciones de educación universitaria de toda especie, rango y dimensión, o por eliminaciones y reemplazos de cualquier género y clase por otras de igual o peor configuración organizacional, no ha sido ni será causa de supresión, exterminio y desarraigo de universidad alguna. Ni siquiera, porque algunas han sido de factura gubernamental.

Además, resultaría imposible dejar de reconocer que, en lo que va de vida republicana venezolana, no ha habido ninguna actividad o creación de bien colectivo que no haya tenido su raíz o motivación al margen del esfuerzo universitario. O de las capacidades creativas que en ellas residen.

Así que no tiene cabida de ningún tipo, sintonizarse con tan desacreditada expresión. Con la apesadumbrada frase que declara la muerte de la Universidad. Tan imperturbable y permanente es la Universidad, desde todo punto de vista, que ni siquiera los allanamientos o las reducciones presupuestarias de las cuales han sido víctimas las universidades autónomas (venezolanas), han podido derrumbarlas. Y si alguna vez el gobierno, por miedo a sus críticas, llegó a desmantelarlas, como sí en efecto ha sucedido, su capacidad de recuperación no ha hecho esperar. 

Y todo así ha sucedido, porque la Universidad, ha continuado fortaleciéndose. Más, por cuanto es un acto de fe académica consolidarse institucionalmente como artífice del progreso en tiempo presente y de cara al porvenir. O como lo expresara el rector Dr. Renato Esteva Ríos, con motivo del aniversario de la fundación de la Universidad de Los Andes, el 29 de Marzo de 1952, la Universidad 

(…) ha de imponerse como un poder espiritual frente a todo, representando la serenidad frente al frenesí, la seria agudeza frente a la frivolidad. Entonces así, la Universidad volverá a ser lo que fue en su hora mejor: un principio promotor de la historia.

En contra de la perturbadora frase que afirma que “la Universidad está muerta”, vale replicar que la Universidad se renueva día a día. Su florido y hermoso prado, es un cultivo de inteligencia, y que convertido en realidades, seguirá abonando y honrando el desarrollo nacional. Es así, porque la Universidad siempre ha vibrado con el sentimiento que embarga toda situación social, política o económica. O que incluso, vaya más allá de sus fronteras. Pues la Universidad, en un sentido estricto, la hacen sus hombres y mujeres. Sus obras y vidas.

Por eso, que quienes insisten en asesinar  la Universidad, o declararla sucumbida, deben saber que esa intención jamás podría patentizarse. Porque la Universidad es eco defensivo y resonante de toda crisis que amenace el devenir del país, con hambre de ideas, de trabajo y de conciliación. Eximia razón para haber definido a la Universidad como “una sociedad de intereses espirituales” cuya “(…) tarea es buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre” ( Del artículo 1 de la Ley de Universidades. Caracas, 1970)

Por consiguiente, sobran razones para asentir su perennidad. Por tanto su permanencia. Eso explica otras razones más para aducir por qué y para qué haber disertado sobre la infinitud de la Universidad.

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