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La maldad en estado puro

La lista parecer ser la de un grupo de ciudadanos llamados a recibir diplomas de honor por servicios distinguidos a su comunidad: está la directora de una biblioteca de barrio que espera por su jubilación tras muchos años de servicio; una consejera de carrera para estudiantes universitarios; una patóloga del lenguaje y entrenadora de un equipo de atletismo, que adoraba la música góspel; un recién graduado en administración de empresas, servicial y emprendedor, que se define en su cuenta de Instagram como poeta, artista y empresario; un pastor que empezó a predicar a los 13 años de edad y a los 18 ya tenía su iglesia. Y hay también otros de perfiles más modestos, como la cantante de coro de 87 años, aficionada a las máquinas tragamonedas y cuya ambición es conocer un día la torre Ellis de Chicago; o la que hace trabajos de limpieza y presta servicios de sacristana voluntaria.

Todos ellos, nueve en total, eran negros y cayeron bajo las balas del terrorista racial Dylann Roof, quien entró a la Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel de la ciudad de Charleston, en el sur de Estados Unidos, armado de una pistola Glock de 45 milímetros y los atacó a mansalva mientras participaban en su sesión de estudio de la Biblia. El joven administrador de empresas, horas antes de ser abatido, había colocado en Instagram un último mensaje con una foto y una cita de Jackie Robinson, el legendario tercera base de los Dodgers, el primer negro en ser admitido en las Grandes Ligas del beisbol: «una vida no es importante excepto por el impacto que tenga en otras vidas».

Roof, que tiene 21 años, se la había pasado jugando a la guerra interestelar en una consola Xbox en compañía de un amigo de su edad, antes de dirigirse a la iglesia Emanuel. Entró, se sentó tranquilamente. Fue recibido de manera amistosa, y permaneció allí por espacio de una hora. Un video lo muestra conversando con sus víctimas, y se supone que aún rezó con ellas antes de sacar la Glock y dispararles metódicamente, tomando la previsión de dejar a una de las participantes viva para que salieran a divulgar su hazaña. «no te voy a matar… porque quiero que puedas contar lo que pasó”, le dijo. Luego huyó.

El alcalde de Charleston, Joseph P. Riley, llamó a este crimen un acto de “pura maldad concentrada”; un acto que parecería fruto de la locura de un individuo perverso, pero que refleja también la cultura racista que unas veces de manera abierta, otras solapada, ha acompañado la existencia de los Estados Unidos a lo largo de su existencia, un fantasma incómodo y agresivo que despierta siempre de tanto en tanto para enseñar sus garras sangrientas. Una anomalía grave en una sociedad de solidez democrática.

“Los negros se están apoderando del mundo, y alguien tiene que hacer algo al respecto por la raza blanca”, le había comentado Roof al amigo con el que solía jugar Xbox, mientras bebían vodka. Y empeñado en acabar con esa amenaza, utilizó el dinero del regalo de cumpleaños de su padre para comprar en una armería de la esquina, que las hay por todos lados como si fueran jugueterías, la pistola Glock con la que habría de consumar la masacre purificadora, con la esperanza de llegar a desatar una guerra racial.

Qué extraño paisaje el de un país que elige a un negro como presidente y así pareciera enterrar todo su pasado de intolerancia racial, pero vuelve siempre a enseñar su lado oscuro, que parece atávico. La bandera de los estados confederados del sur, que es también para muchos un símbolo de la tradición esclavista, y de la segregación racial, siguió ondeando en el capitolio de Carolina del Sur, y no fue arreada a media asta en memoria de las víctimas de la masacre, como lo fueron las de la nación, y las del propio estado. ¿Por qué? Alguien ha dicho que es un asunto de susceptibilidades. La memoria oculta que se toca, estalla.

La mente de Roof vive entre fantasmas impenitentes, y cree que la villanía es heroísmo. Había que actuar en defensa de la superioridad racial blanca, y actuar quiere decir matar. «Alguien tiene que tener el coraje de hacerlo en la vida real, y supongo que ése debo ser yo», dice en un manifiesto publicado en su blog bajo el emblemático título El último Rodesiano. No son ideas caídas del cielo, o salidas de las bocas del infierno. Ha mamado esa leche. Hay quienes las comparten con él, son el patrimonio de muchos otros y están en el aire de la conciencia social en su vecindario.

El veinteañero Roof añora a Rodesia, añora el apartheid. Su sueño es una república racial de blancos: “¿Qué tal si protegemos la raza blanca y dejáramos de luchar por los judíos?”, proclama. Piensa que la edad de la caballería andante del Ku Klu Klan y de los skinheads se ha traslado ahora al reino indolente de la Internet, un racismo nada más cibernético, y se lamenta de que los viejos luchadores que ahorcaban y quemaban negros hayan desaparecido.

Son los fantasmas que tienen que ser despertados de su letargo, y por algún lado había que empezar. Una bibliotecaria, una entrenadora de atletismo, el pastor que a los 13 años ya predicaba. El muchacho que admiraba a Jackie Robinson, la afanadora que en sus ratos libres era sacristana voluntaria de la iglesia Emanuel.

Por un asunto que parece ser también de susceptibilidades, no muchos se atreven a calificar esta masacre como un crimen terrorista, equiparable a las decapitaciones de los yihadistas. Pero ya es algo que se le considera como un crimen de odio, aquel «que está motivado, en su totalidad o en parte, por el prejuicio o la animosidad de su autor contra la raza, religión, origen o discapacidad de la víctima».

La maldad en estado puro.

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