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La marcha del 1ro de mayo de 2017

Familia querida y amigos extranjeros en el exterior:

Salí a marchar a las diez y cinco minutos de la mañana; volví a la una y media de la tarde; me bañé porque había agua; desayunéalmorcécené y ahora estoy encerrada en el cuarto con el vaporizador. Ya estoy “blindada” para cuando el viento comience a traer los gases lacrimógenos para acá. Tranquilos, que me estoy cuidando (lo más que puedo) los bronquios, la laringe y afines. Por lo menos, no estoy peor.

¿Qué está sucediendo a esta hora en Caracas (3:00 p.m.)? Como que de todo y muy malo, pero como todavía no he recibido información de una fuente confiable, no les escribo nada. Las noticias me comienzan a llegar todos los días a partir de las 5:00 de la tarde. Ahorita no voy a desinformar ni a caotizar. Sólo que llamé a mi prima venezolana, que vive en el Oeste de Caracas, y me dijo que oía los bombazos lacrimógenos desde temprano y que ellos no habían podido salir. Menos mal.

En este otro micropaís en donde vivo, “la cosa” amaneció tranquilísima. A cada rato me asomaba al balcón a ver si había gente marchando. Nadie. Pasaditas las 10:00 a.m., me puse mi poncho merideño, mi bufanda trapúa de toda la vida y mi boina azul. Hacía mucho frío a esa hora, estaba nublado y amenazaba con llover. Con mi laringitis, bronquios y demás, no podía correr el riesgo de atrapar un catarro.

Salí y comencé a encontrar a vecinos y gente conocida del sector. Todos marchábamos en relativo silencio hacia el Oeste. Y yo, viendo todo detalladito tal y como lo hice el 19 de abril. Idéntico: pura banderita, gorrito tricolor, pito y vuvuzela, nadie estaba armado ni portaba una cabilla, un bate, una piedra, una botella. Les juro que no parecíamos venezolanos tropicales; nuestra conducta era sueca. Mucha gente negra y marrón y blanca, todos como suecos, noruegos, finlandeses. ¡Qué civismo!

En Venezuela tenemos una expresión: “dar cosa”. Pues me dio cosa cuando un muchacho que iba delante de mí se volvió sobresaltado y, sin gritar, le dijo a la muchacha que iba a su lado: “¡¿Trajiste el bicarbonato?!”.  Y la muchacha le dijo que sí (están usando eso para contrarrestar el embate de los gases lacrimógenos; también un antiácido llamado Malox, que por supuesto que no se consigue en las farmacias; pasta de dientes; y el tan confinable vinagre de todos los tiempos).

“¡¿Trajiste el bicarbonato?!”. Eso me apuñaló el alma. Estos muchachos se han criado en tiempos de sobrevivencia. Yo no. Me dije, “¿qué le estabas diciendo tú a un compañero de clases cuando tenías veintidós años?: ¿no te animas a meterte en el grupo de teatro de la universidad?; ¿y si nos tomamos una limonada frappé en La Tomaselli?; ¿vamos para el Poliedro a ver a Zubin Mehta? ¡Yo muero por verlo dirigir una orquesta aquí en Venezuela!”. Sí, eran tiempos en los que uno moría por querer ver a un artista, a un grupo de teatro, al Piccolo Teatro di Milano. Yo “morí” un montón de veces en todas las obras que vi en los festivales nacionales de teatro que organizaba el (antiguo) Ateneo de Caracas.  Los muchachos de ahora se enfrentan a otras muertes. Muertes definitivas y sin vuelta atrás. Eso aquí “da cosa”. No sé si me logro explicar, es algo muy venezolano, muy triste… muy “condolido”.

Lo cierto es que, al igual que el 19 de abril, vi una enorme cantidad de gente joven de todos los colores y clases socioeconómicas. Y a uno le da como esperanza. También, los viejitos con bastones y andaderas que lo que inspiran es una mezcla de pena, respeto y admiración.  La palabra “pena” en Venezuela también significa “vergüenza”. Digo pena de dolor, de tristeza.

En 3 puntos distintos de la marcha, vi en la acera a tres viejitos en silla de ruedas. Ellos estaban allí tranquilitos viendo como nosotros marchábamos. Es que me los imagino furiosos en sus casas: “¡Lo que es a mí, tú me llevas para esa marcha, que si no fuera por esta silla de ruedas me iba yo solo!”. “Tranquilo, abuelo, yo te llevo”.

Esta fue una marcha sin armas (como hasta ahora han sido todas), cívica, en donde no había la “alegría” o el entusiasmo de la marcha del 19 de abril. Aquel día, los muchachos coreaban: “¡¿Quiénes somos?! ¡¡¡VENEZUELA!!! ¡¿Qué queremos?! LIBERTAD!!!”.  Hoy no. Hoy los muchachos y todos nosotros marchábamos muy serios, muy preocupados, muy comprometidos.

No llegué a la Plaza Altamira como el 19 de abril. Allí mataron al muchacho universitario de 20 años hace unos días. Todavía no he procesado ese horror. Me detuve una cuadra antes de llegar a la plaza. Hace ratico me enteré de que hay dos versiones de qué causó su muerte:

  1. La oposición dice que el muchacho recibió el impacto de una bomba lacrimógena directo al pecho.
  2. Voceros del gobierno aseguran que la autopsia practicada reveló que la muerte se debía al impacto a quemarropa de una “pistola de perno cautivo”. Busqué eso en Google. Me leí 3 www y no acabo de entender qué es eso. Fernando, mi mejor amigo desde kinder, me explicará; él sí sabe de armas. Pacíficamente hablando, pues lo más que ha disparado ha sido en el polígono de tiro en donde aprendió.

¿Quién tiene la razón sobre el asesinato de este muchacho ? No lo sé. A la oposición le conviene tener un mártir, un héroe; al gobierno le interesa correr la voz que a la oposición le conviene tener un mártir, un héroe.  Oposición… Gobierno… palabras abstractas, huecas.

Mi única certeza es que ese muchacho no regresó a su casa esa noche; que los padres estaban de acuerdo con que él siempre saliera a marchar con sus amigos; que la mamá siempre le decía “…pero te me cuidas, me haces el favor”.

Estando allí parada, una compañerita del colegio, ¡desde kínder, también!, me encontró. Abrazos y besos, pero no festivos, solidarios. Iraida vive en el fin del mundo, y allí estaba marchando con su marido y un grupo de familiares, amigos y vecinos. Hicimos un recuento de nuestros compañeritos, una gran mayoría se fue del país. De hecho, sus tres hijos y dos nietos no viven en Venezuela.

Yo me llevé muchos caramelitos para aguantar la caminata. Pero había un sinfín de vendedores “informales” vendiendo de todo: heladitos caseros; melcocha (¿“taffy” en inglés?), siiiiglos sin ver melcocha; no me compré una, porque lo único que cargaba en mi bolsito eran los caramelos, la cédula de identidad y la llave de mi casa. Iraida y yo, agarraditas de las manos sin darnos cuenta, como si estuviéramos en el patio del colegio a la hora del recreo, nos adentramos en la marcha-detenida (sí, es un oxímoron: marcha detenida) para ver aún más. Le enseñé a un tipo con un carromatico:  “Se plastifican cédulas”. Sí, en ese mamotreto destartalado, el señor estaba plastificando cédulas. Iraida y yo nos miramos con cara de “Francamente…”, pero tuvimos que sonreír.

Y la gente ya estaba recibiendo noticias por sus celulares: llamadas, wasaps, mensajes de texto y afines, y las comentaban en voz alta (pero no, gritado; en voz alta en cada mini sub grupito): “En tal sitio ya hay heridos”; “en tal lado los motorizados de la guardia le están pasando por encima a los manifestantes y le fracturaron la pierna a un muchacho”; “en equis sitio llevan dos horas echando gas del bueno”; “en La Vega lo que hay es plomo parejo (eso significa “profusa balacera”, no sé qué expresión ustedes utilizarán allá); “se tuvieron que devolver los que iban por la Cota Mil, pero ahora están bajando por la Florida para agarrar la autopista, como que están bajando por la Florida, la broma esta se oye entrecortada”.

Yo, como de costumbre, no le di ningún crédito a estos comentarios. Al igual que el 19 de abril: no conozco a ninguna de estas personas ni a las que estaban en su grupito; mucho menos conozco a las personas que los estaban llamando al celular para darles las alarmantes noticias. Yo necesito información directa y de una fuente muy confiable. ¿Por qué? Porque la gente se fanatiza, se aloca y caotiza rapidiiiiito. Hay gente a quien le fascina alamar, exagerar, inventar. Yo no: calma, cordura, sensatez, control, serenidad, lucidez, información objetiva y veraz. ¡Ya va!

Y la pregunta que corría de boca en boca era la misma. “¡¿Y qué estamos esperando?! ¡¿Y qué estamos haciendo aquí?! ¡¡¡Vamonós para allá!!!” .

Los caraqueños decimos: “vamonÓs” y, también, “monÓs” (sic). Así decimos y nos entendemos.

De la nada la marcha se activó y la masa comenzó a marchar rumbo al Oeste, más seria, decidida y convencida que nunca. Valientes de todas las edades y de todos los colores. Eso sí lo vi y me pasmé, me admiré. Aquí la gente cambió. Éste es otro venezolano. Hace años, si noticias como éstas hubieran llegado a la marcha-detenida, la gente no hubiera tardado en exclamar: “¡Ay, ya están echando gas del bueno y parece que hay disturbios en la autopista. Vamonós para la casa, ya esto se puso piche”.  ¡¡¡Pero esta vez, no!!! “¡¡¡VAMONÓS, VAMONÓS PARA ALLÁ!!!”.

Y “allá” era el enfrentamiento, era “cualquier cosa nos puede pasar”.

Yo, haciendo gala de la agorafobia que me distingue y con un súbito temor en los pulmones, los bronquios y la laringe, cogí de inmediato para el Este. Y, así, vi mejor toda la gente que venía marchando. Cuanto más Este iba, más marchantes pobres, tristemente vestidos, sucios, famélicos. Y nadie hablaba y, si lo hacía, era sin gritar. Conversaciones privadas. Esto fue una marcha seria y en muy serio.

Una señora desconocida me tomó una foto con un grupito que llevaba desplegada una gran bandera de Venezuela. Espero que me la envíe. Ahí salimos clarito gente de todos los colores, todos venezolanos.  Nos reencontramos después de tantos años. Sostuvimos la misma bandera.

Y, como cuanto más al Este, más tranquila estaba la situación, caminé y caminé y caminé hasta que me cansé. Y la gente nunca dejó de pasarme en dirección Este a Oeste.

Tres horas en la calle. Suficiente. Así que me volví y comencé a caminar hacia el Oeste otra vez (porque hacía raaato que había dejado atrás mi edificio). Llegué a la media hora. Tres horas y media en la calle. Justo cuando entro a mi apartamento, oí a los helicópteros de la policía sobrevolar. “¡Me salvé!”. Ya antes les escribí que un helicóptero de la policía le lanzó bombas lacrimógenas a los manifestantes (eso fue hace días, revisen sus emails porque se me olvidó la fecha). También lanzaron desde ese helicóptero eso que llaman “objetos contundentes” y uno nunca sabe a qué se refieren, pero sí, que si le caen a uno en la cabeza, uno cae muerto en el sitio. Por lo tanto, al oírlos sobrevolar me repetí: “¡Me salvé!” Pero yo sabía que ellos no iban a estar tirando bombas lacrimógenas por aquí, “la cosa” es en el centro y en la autopista.

Más tarde comenzarán a llegar las noticias y podré discernir qué es verdad y qué, no.

Pero ustedes tranquilos. Estoy bien, a salvo y con el vaporizador bien amado de mi abuela. Ya les mando este email sin revisar, sin releer. Segurito que lleva gazapos y errores tipográficos. Esto no tiene fines literarios ni periodísticos. Aunque lo que les escribí el 19 de abril fue publicado en www.analitica.com (el fundador, creador de este www, Emilio Figueredo, abogado y ex embajador, me llamó para saber si lo podía publicar allí; ¡por supuesto que le dije que sí! Todos ustedes me conocen muy bien. Durante todos estos años yo no me he dejado llevar por ningún fanatismo ciego y siempre he querido escuchar e intentar entender a la otra parte… cosa muy difícil; siempre he tratado de ser lo más objetiva posible. Opositora sí, pero criticando todo lo que “no me parece” de nuestra oposición, que ha tenido que aprender a oponerse a los trompicones).

Si mañana amanece y hay martes, salgo a las 11:30 a.m.  Si no, no.

Grandes abrazos y gracias por hablar de lo que sucede Venezuela en sus respectivos países.

Los quiero tanto,

Carolina

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