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La muerte del comediante

El reciente suicidio de Robin Williams ha desatado una serie de condolencias públicas de gente que nunca lo conoció personalmente. Suele ocurrir con la gente famosa, su muerte nos entristece como si de un amigo cercano se tratara. Cuando falleció trágicamente Diana de Gales me molestó, por primera vez, sentirme afectado emocionalmente por alguien que no conocía y que, como diría el Chavo, «a poco que ni me importa». Y aunque no sabía mucho de esa señora (no soy asiduo de la prensa rosa), no podía evitar sentir esa desazón ajena. Llegué a pensar que era gay y no lo sabía, pero esa idea se me pasó rápido.

Parece que esta empatía emocional con los famosos no es tan antinatural. Como en la Caverna de Platón, nuestra experiencia también está conformada por proyecciones de la realidad. De alguna manera, las fantasías que disfrutamos durante nuestras vidas también conforman nuestra historia personal. Les vamos agarrando cariño y las almacenamos junto con los recuerdos de la vida real. Además, gracias a la industria del entretenimiento, nos enteramos de intimidades de los protagonistas de nuestras fantasías y nos «acercamos» a ellos. Nos imaginamos compartiendo con ellos. Suena un poco aterrador, pero es así.

Volviendo a Robin Williams, no deja de ser trágicamente irónico que un hombre que tanto nos hiciera reír, hubiera de convertir el punchline de su vida en un suicidio por tristeza. Hace no mucho también murió Cheo Feliciano de manera inesperada en un accidente pero, dentro de la tragedia, en condiciones más felices.

Venía de parrandear en un casino, echarse unos tragos, probablemente se quedó dormido, se estrelló y murió en el acto. Todos tenemos que morir y si lo haces instantáneamente, después de divertirte de madrugada con casi 80 años, casi se podría decir que triunfaste en la vida. En cambio, que Williams sólo haya encontrado la paz suicidándose en la soledad de su mansión, es un fracaso para todos, incluso para quienes no lo conocimos.

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