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La necesidad de la ruptura

Si algo define a la historia reciente de Venezuela es la reiteración del fracaso. Tanto es así que cuando uno hace memoria uno puede denotar como, a pesar de nuestros esfuerzos, siempre caemos en lo mismo: exaltación, protestas masivas, ciudadanos asesinados y políticos dialogando. Tal ciclo oprobioso ha sido crónico y no podemos desviar la mirada en cuanto al porqué.

La verdad es que en el país, de manera lenta pero segura, se ha instalado una cleptocracia. Queriendo decir con esto, que el régimen responsable de nuestra miseria se sostiene no solo por la violencia mafiosa y hamponil que imparte, sino a también a través de la convalidación que éste le da al peculado.

Puesto en otras palabras, unas mucho más directas, el régimen venezolano es uno que asegura su permanencia a través de la anulación de la voluntad de quienes podrían defenestrarlo. Esto lo hace de muchas maneras tales como el asesinato, la prisión y la intimidación. Sin embargo, la más letal e insidiosa de todas, lo que de momento les ha garantizado el “control” sobre la nación, es la corrupción generalizada.

Afirmo esto porque es la criminalidad de cuello blanco, esa que predomina tanto en las elites políticas como en las elites militares, la que ha representado el mejor mecanismo de dominación sobre los “líderes” de nuestra sociedad. Este estancamiento en que nos vemos inmersos no es de gratis, por lo contrario, es el resultado de un estatus quo, de conformación variopinta, que no está dispuesto a dejar de disfrutar de sus privilegios mal habidos.

Esto lo podemos comprobar de forma tajante con el comportamiento de la mayoría de la oposición política formal venezolana. La triste realidad es que el noventa y cinco por ciento de ellos no sobreviviría a una auditoría sobre sus bienes, por lo cual no les queda otra que obstruir las posibilidades de cambio real en el país. Por ello es que ceden. Por ello es que dialogan. De ahí viene su obsesión por una elección maltrecha.

Con el ejemplo de mucho de la oposición formal, vemos una clase política que sabe que su sobrevivencia no es viable tras el desmantelamiento del régimen totalitario. Por tal razón,  ellos, a diferencia del venezolano promedio, no quieren el cambio de fondo, sino un cambio de forma, de denominaciones e, inclusive, de jerarcas, pero siempre dentro de los confines del mismo sistema de mafias que garantice prebendas, cuotas de poder y, por supuesto, total impunidad.

Así las cosas, ya con el experimento “Juan Guaidó” detrás de nosotros, ese fraude bochornoso que engañó a todo venezolano cargado con las mejores intenciones para con su país, lo que podemos ver claramente es una liga de cómplices en el sostenimiento de la tiranía, cuyo afán de lucrarse en lo inmediato poco le importa el sacrificio de un pueblo entero.

Por todo lo dicho, es que tiene que afirmarse sin titubeos que la salida para Venezuela es romper con la continuidad del estatus quo actual. Con ellos no hay, ni habrá salida. Eso está más que comprobado, por cuanto tal clase política está viciada y no atentará jamás contra sus propios intereses.

Lo que necesitamos es una tabla rasa. Generar la ruptura. Empezar de cero. Quedar libres de esos desgraciados atavismos que nos dejan en el mismo sitio una y otra vez.

Sé que en este punto pareciese que todo está perdido, pero eso no es cierto. Venezuela tiene una enorme reserva moral en todos sus ámbitos que tiene dentro de sí la capacidad y la visión para propiciar el cambio.

Una vez se despeje tanto humo generado por los fraudes y las pantomimas de los mismos de siempre, sé que por fin los veremos.

Diferencias aparte, considero que el Presidente Rómulo Betancourt lo planteó de la mejor forma posible:

“Cuando Venezuela necesitó libertadores, no los importó, los parió.”

@jrvizca

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