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La necesidad más oscura

Los autócratas necesitan del silencio. El silencio de otros, eso sí, pues los oídos propios sólo alcanzan para escucharse a sí mismos. En la batalla de las palabras difícilmente se dejarán ganar: la suya no es arenga que convide al intercambio, es una que aspira a la obediencia, al eco de la voz que viene “de arriba”, un “Yo” transmutado e implacable que se desgrana sin cesar. De allí la abundancia de una retórica signada por el horror vacui, donde no sobrevive espacio para la irrupción de la diferencia, para el verbo en contraste, para el reclamo que los desafía; de allí la obsesión por censurar el pensamiento que no los acaricia ni los acompaña. El narcisismo hinca en ellos su espina, cuando el Síndrome de Hubris -esa urgencia enfermiza de acumular poder que emborracha a quienes ocupan posiciones de conducción- aparece para adulterar la perspectiva.

Los autócratas necesitan dar fuelle a la inercia ajena. Mientras más abandono hay en el enemigo, mientras en este la sensación de derrota crece y se arraiga, mejor se mueven. Apuestan al desaliento, a la idea de que es imposible remontar el fracaso, un virus que viaja raudo y conquista los espíritus, invalidándolos poco a poco, paralizándolos, despojándolos de su capacidad de conectarse, robándoles candelas para la acción. Saben que ante una mayoría amplia pero dispersa, sin vínculos, imponerse por la fuerza es labor menos ardua. Si el poder, como decía Hanna Arendt, es « la capacidad humana para actuar de manera concertada«, entonces el objetivo del taimado mandamás será quitar poder a quien lo adversa trizando sus posibilidades de juntarse y hablar, de interactuar y entenderse. Optará luego por bombardear esa reserva de ánimos, la esperanza, por sembrar allí minas de pasiones tristes: habrá logrado así neutralizar incluso la potencia individual, que poco o nada puede hacer desligada del consenso del grupo.

Los autócratas necesitan, por eso, inspirar la sospecha, el mutuo temor, pues por esa vía frustran la oportunidad de acuerdos en el bando contrario. Topamos allí con la distópica visión de una no-sociedad, signada por el aislamiento: el del gobernante respecto a sus gobernados, el de estos entre sí. La pluralidad propia de la sociedad democrática, la humana necesidad de actuar y hablar juntos para organizarse políticamente, entra en contradicción con los designios del liderazgo autocrático. De modo que la política, el intercambio en la polis para el actuar en común, se les hace praxis hostil; la libre asociación, una amenaza, tanto como la acción de partidos e instituciones independientes. No extraña que en su fecunda paranoia el poderoso eche mano del ataque preventivo, a fin de tomar al presunto enemigo “por sorpresa”, activando una suerte de justicia anticipada que corta el paso a quienes “conspiran” en su contra, a quienes, por ende, “traicionan a la patria”: otra redonda coartada, por cierto. En el fondo, endosar su propia maldad a otros, negar la verdad de otros, es una aséptica forma de liberarse de ambas.

Los autócratas necesitan así de la mentira, y se vigorizan cuando logran que hasta sus adversarios vean verdad en ella. En el marco de una comunicación híper-controlada y potenciada por las más torvas herramientas del marketing político, la posverdad, transformada en rutina institucionalizada, procura el tóxico objetivo de transfundirse no necesariamente para suplantar la verdad factual, sino para lograr que su cinismo sea admitido. Tergiversar la información para construir una imagen deformada de la realidad e involucrar al resto -propios y ajenos- en la aceptación de ese constructo, es el sello de esa dinámica. Cuando los límites entre exactitud y fraude se borran por esta fullera vía, esta suerte de simulacro que elimina la compleja tensión con la realidad, muchos se vuelven vulnerables al dominio. En estas condiciones, y bajo esa posmoderna tiranía ejercida desde la anchurosa plataforma de la hegemonía comunicacional –sin olvidar redes sociales, donde verdea la dificultad para adivinar cuáles fuentes son fiables e independientes y cuáles no- al ciudadano sitiado por la sospecha inducida quizás le cueste reconocer la pezuña de la mentira organizada.

En medio de la incertidumbre que genera tan oscuro parador, las opciones de reacción lucen limitadas. No es fácil contener los cuerazos del autócrata, pero no darle lo que necesita tal vez puede ayudar a enfrentarlo. Oponer palabra efectiva al silencio impuesto, acción estratégica a la inercia, vínculo práctico a la sospecha, terca unidad de propósito frente al ánimo de fragmentarnos, mecanismos de difusión efectiva de la verdad factual para desactivar la mentira, siguen siendo alternativas ante la asfixia. Cualquiera que sea la forma de aplicarlas, todas ellas pasan por recordar, eso sí, que el poder de una mayoría sólo existe mientras exista como esfuerzo conjunto. De allí que el principal resorte de las movidas de estos mandones sea dividir, dividir para vencer. En eso -lo sabemos- siempre están.

@Mibelis

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