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La negra nube bolivariana

 El esplendor de las riquezas del poderoso es equivalente a la tenebrosa negrura de su corrupta conciencia.
José Luis Rodríguez Jiménez

 

De chiquito, cuando no aparecía en el horizonte la nube gris, yo era sano y agraciado, no necesitaba beber el jarabe de sábila, ni ponerme la cataplasma de belladona en el pecho ni el orégano orejón rayado en la garganta para combatir las hinchadas paperas. Mi mamá me cantaba arrorró mi niño y me sobaba el pechecito guerrero con manteca de gallina, y yo me dormía soñando con el Carrao Bracho que era mi pitcher favorito.

Más grandecito, vivía en el altozano y miraba pa´el Este a ver si aguaitaba la lluvia y la neblina, y reparar si el corazón me latía con fuerza de taquicardia o el pie se me hinchaba como mordido de cascabel, pero no era nada, ni nube ni neblina; pasaba y ocurría que Eulalia en la tardecita, con sus trenzas mojadas y amarradas sobre los hombros, salía húmeda, lozana, fresca y tupida del zaguán, olorosa a monte de llano adentro, a mastranto, y las pituitarias de suboficial en ciernes se me alborotaban y el pubis se me ponía gozoso, y yo pensaba que era otra vez la nube gris y no el ceñido y provocador vestido  floreado de la moza esa que me alteraba el aliento y convocaba el sofoco.

Ya de adulto, se me paraba a veces el corazón, como con disnea aguda, como si no viviera ni respirara: eran las canciones de Ali, las proclamas del Che, las largas palabras del Patria o Muerte, las que a mi músculo cardiaco llegaban en tropel para alterarme la obediencia jurada y el orden del cuartel. Yo pensaba siempre, tan ingenuo y buena gente que soy, que era de nuevo la nube gris que, en la tardecita, se pone en el Ávila y se trae el sereno pa´el Fortín, alborota los recuerdos y convoca al Ánima Sola.

Sólo ahora en mis fantasías de colores definidos como el rojo de la sangre o el negro del funeral, caigo en cuenta que mi nube es negra, muy negra, fúnebre, ventarrón del Norte, cuerpo del más puro y recio ébano, esta bronquitis socialista con nomenclatura de hembra, que los jodedores de la MUD, los atrevidos escuálidos llaman la Valera.

Y recuerdo lo dicho por mí mismo, en estos momentos en que la negra nube va a arrojar todo su potencial justiciero, para empapar –  hasta los tuétanos – a los hipócritas socialistas que le han dado la espalda al pueblo que decían defender y al que le niegan el derecho a votar:

«Una democracia sin pueblo es como un mar seco, o un río sin cauce.»

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