OpiniónOpinión Nacional

La revolución nos robó hasta el duelo

Humberto Guerrero

Ya sea en un apartamento de 9 m2 en París, una casa de dos pisos en Canadá o viviendo con un amigo en Quito, nadie quiere recibir esa llamada de Venezuela diciendo que tu mamá esta enferma, o tu papá está hospitalizado o que algún ser querido murió.
La tristeza y el dolor en cualquiera de estos lugares es el mismo. Ese quiebre incontrolable y esa soledad que vienen con esas noticias viviendo afuera son terribles.
Lo primero que se te viene a la cabeza es ir a Venezuela, pero a menos que tengas una excelente situación económica, no es una decisión tan sencilla. Muchos de los que viven afuera mantienen a sus familias enviando remesas y tienen que cargar consigo mismos. Dudar entre estar al lado de tus seres queridos mientras luchan por sus vidas o guardar el dinero del pasaje para ayudar a pagar los tratamientos y la hospitalización es un dilema por el que no debería pasar nadie.
En esas situaciones, los padres se dan cuenta que por más amor, por más cariño que sus hijos les tengan, por más dinero que puedan enviarles, están a su suerte, en un país en ruinas. Los que tienen que cargar a los enfermos y deambular en alguna o varias de las clínicas/hospitales entre la penuria y los aprovechados de turno son ellos. Eso sin contar a los que se quedaron completamente solos y que muchas veces no tendrán en quién apoyarse.
En los hospitales no hay insumos y en las clínicas si la transferencia no ha llegado, te pedirán que te tomes un café y sufras un rato más. Eso sin mencionar los tratos a puerta cerrada y en pisos altos donde te piden miles de dólares en honorarios para los “médicos” para procedimientos básicos. Parece que Hipócrates también se fue del país (salvo contadas excepciones).
Pocos padres habrán imaginado estos escenarios cuando decidieron tener una familia en Venezuela en los años 70/80. Muchas de esas enfermedades pudieron haberse evitado si Venezuela no fuera un país donde hacerse un chequeo de rutina cuesta meses de salario. Luego de toda una vida de esfuerzos y éxitos, no puede ser que las penurias y las mayores necesidades lleguen cuando los años empiezan a pegar. Y es que padre siempre es padre, hasta sabiendo que sus hijos son los que los mantienen y estando enfermos, tratan de no preocuparlos. Incluso luchando por sus vidas en un hospital, la imagen de ese familiar que está lejos es lo primero que se te viene a la mente.
Y para los que están afuera no hay tiempo para entrar en pánico o preguntar demasiado. Hay que conseguir a alguien que transfiera el dinero para pagar las cuentas y tratar de no agregarle peso a los que están moviendo todo en casa. El apoyo se volvió una “serenidad” y “energía”, que muchas veces hay que fingir.
A veces, ni siquiera tienes a alguien suficientemente cercano para hablar sobre lo que pasó o está pasando. No está tu hermana o tu tío que aman a tu mamá/papá/ser querido, como tu. No está el amigo de toda la vida que venía a estudiar a tu casa cuando estaban en el colegio y que conoce muy bien a tu familia. Y si tienes algún amigo cercano en tu nuevo país , muchas veces no tienes ganas de explicar toda la desquiciada cotidianidad de Venezuela.
Tienes que luchar contra el desgano y la desesperación para seguir trabajando o estudiando, porque afuera no hay muchas opciones, no hay tiempo para quebrarse. Uno de los pocos consuelos que quedan son algunos amigos venezolanos o extranjeros que han pasado por frustraciones similares o que comparten los mismos miedos. Aparentemente las desgracias compartidas hacen menos duro el duelo.
En el peor de lo casos cuando tu familiar muere, tus recuerdos pasan de una última videollamada de skype a un ataúd en algún cementerio venezolano. Y el ataúd es uno de los mejores escenarios, porque muchas veces no podrás ir al funeral. Por algo dicen que los entierros son para los vivos. Pensar que la última vez que viste a esa persona, fue hace dos años y que la escuchaste envejecer por el teléfono, sentiste la nostalgia en sus mensajes y llamadas, y te dolió su añoranza cuando consiguió ese album de fotos de cuando eras pequeño. De un momento a otro te das cuenta de que más nunca volverás a ver a esa persona, y ese es un hecho que no es fácil de digerir.
Esta no puede ser la realidad que nos tocó vivir. Sólo espero que esté episodio oscuro de nuestra historia termine pronto porque me niego a aceptar a Venezuela como un país de desgracias y cuya emigración ni siquiera puede llorar a sus muertos.
@gagmguerrero
Fundado hace 24 años, Analitica.com es el primer medio digital creado en Venezuela. Tu aporte voluntario es fundamental para que continuemos creciendo e informando. ¡Contamos contigo!
Contribuir

Publicaciones relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Te puede interesar

Cerrar
Botón volver arriba
Cerrar