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La tragedia de los comunes

La recurrencia histórica vuelve a tocar la puerta. En Argentina, atravesar una crisis se ha convertido en parte del aprendizaje familiar. Los abuelos enseñaron a los padres, los padres a los hijos y otra vez al inicio del ciclo. El rodrigazo, el plan Austral, la hiperinflación, el plan Bonex o el corralito son parte de la memoria dominical. Argentina finalizó una campaña electoral caracterizada por la crisis económica y una alta polarización política. El desenlace final se explica más por el estado de ciertas variables fundamentales como la economía y la situación social que por la propia dinámica de la campaña. ¿Cómo se pasó, en cuatro años, de la expectativa de un nuevo ciclo político a este combo de crisis, elecciones y sucesión presidencial?

La economía explica gran parte de la pregunta. Tras una elección intermedia en el 2017, donde Cambiemos obtuvo una buena performance, le siguió un año con problemas económicos recurrentes. Se perdió el control de las principales variables económicas (inflación, tasa de interés, dólar, tarifas), el país tuvo que volver a recurrir al FMI y la situación social comenzó a empobrecerse. El modelo aspiracional montado por Cambiemos chocó con el muro económico durante el 2018. De la felicidad esperada se pasó a una decepción acumulada, todo en poco menos de seis meses. Así es que el gobierno argentino entró al 2019 con los menores niveles de aprobación de sus cuatro años y con pocas medidas de anclaje que sostuvieran la gestión.

En ese contexto, el Gobierno abrazó la polarización política como paradigma central de su estrategia electoral. El supuesto asumía que sería imposible reunir una mayoría electoral a través de las simpatías pero que sería probable agrupar las antipatías. En ese contexto, el kirchnerismo pasaba, una vez más, a cumplir dos funciones claves: ser la tragedia pasada y erigirse como la amenaza futura.

Hasta que llegó mayo y, en un golpe de timón poco esperado, Cristina Fernández de Kirchner anunció que apoyaría, como vicepresidenta, a Alberto Fernández como candidato a presidente de la Nación. Esto generó dos impactos importantes. El primero fue quitarle la silla a la estrategia de polarización oficial. El segundo fue moderar el juego político peronista y habilitar una amplia unificación del partido, evitando cualquier filtración de votos peronistas en expresiones alternativas. Al combo explicativo de economía en crisis y peronismo unificado habrá que sumarle la polarización fallida. La campaña del Frente de Todos no hizo mucho pero se concentró en lo importante: cristalizar una prioridad nacional, la economía, y ratificar un consenso social emergente, la necesidad de buscar un rumbo alternativo.

Entonces llegó agosto y los resultados de la elección primaria barrieron con todas las expectativas previas, tanto de la clase política como de los mercados. El Frente de Todos cosechó el 47 % de los votos y Cambiemos un magro 32 %. Argentina entró en una crisis económica que, en modo relámpago, abatió la fragilidad financiera local. En los siguientes 15 días el peso argentino se devaluó un 25 %, la bolsa cayó casi un 40 %, el riesgo país triplicó sus valores y se profundizó la fuga de capitales. La devaluación trajo un importante aumento de la inflación y un crecimiento de la pobreza que nos retrotrae a niveles del 2006.

Desde ahí en adelante, el país caminó por el desfiladero. El costo de la polarización y una confianza frágil entre los principales candidatos fue la extensión de la incertidumbre política y la intensificación de la crisis económica. Tras el cierre de la campaña electoral, ninguno obtiene réditos en prolongar esa situación. Vivimos una suspensión temporal de las tensiones.

Alberto Fernández y Mauricio Macri han dado las primeras señales para encaminar una transición pacífica, una novedad en estas tierras. La cooperación política en Argentina es excepcional. Y lo es porque requiere confianza, un vínculo que se ha ido resquebrajando en una clase dirigente polarizada. Hoy, sin embargo, los intereses de ambos se alinean en tres puntos: lograr la finalización del mandato, estabilizar la situación económica y enviar signos de moderación. Tres intereses que podrían forzar la cooperación y añadirle una fuerza centrípeta a la situación política.

La política habitual es que mientras algún sector está en el poder, administre la fortaleza estatal con sus propios medios y sus singulares fines. Pero el asedio del otro bando permanece. El resultado a largo plazo ya se conoce: los griegos no podían entrar a Troya pero los troyanos tampoco podían salir. El problema de esta obstinación histórica es que cada vez dejan una sociedad más quebrada. La ola de cada crisis golpea con mayor fuerza y colosal asimetría sobre la estructura social argentina. La marginalidad estructural y la concentración de la riqueza se han profundizado en los últimos treinta años. Cada crisis deja menos en pie. El péndulo reiterado entre diferentes sectores de la clase política fulmina la discusión sobre una solución común de largo plazo. Argentina no ha logrado generar soluciones colectivas sustentables que traspasen los gobiernos.

En un artículo publicado en la revista Science en 1968, Garret Hardin llamó la tragedia de los comunes a una metáfora que podría dar luz sobre la crisis argentina. La tragedia retrata una situación donde una comunidad de granjeros cuenta con un terreno público. El terreno es de uso común de los granjeros para pastar a su ganado. A medida que corre el tiempo, cada uno va sumando más ovejas al terreno y maximiza beneficios. Los costos no están a la vista. En principio el terreno es amplio y parece infinito. Pero el aprieto surge luego; si cada uno actúa de esta manera y multiplica su accionar, a largo plazo terminarán con un terreno pelado. Es una situación clásica donde todos toman ganancias y ninguno paga costos. La tragedia de los comunes ocurre cuando maximizar el beneficio propio en lo inmediato lleva a una situación predatoria del bien común en el largo plazo.

El dilema de los comunes, decía Hardin, carece de una solución técnica, y requiere una «extensión fundamental de la moralidad». Esto sería comprender que hay un beneficio mayor en juego que la maximización individual de cada actor. Esa extensión de la moralidad, aunque suene idílica, es el mantenimiento de un orden social. Tal vez ha llegado el momento en el que la clase dirigente comprenda que, para proteger los propios intereses, lo mejor es postergar esos propios intereses. Esta situación, aunque endeble, es una oportunidad histórica para Argentina.

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