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La violencia de Hamas impide hablar de paz

La semana pasada, en la ciudad Santa de Jerusalén, un fanático joven palestino, de apenas 23 años, Abdul Rahman Shloudi, atropelló con el automóvil que conducía a un grupo de personas que, distraídas, esperaban subir o acababan de bajar de un tranvía. Entre las víctimas inocentes del cobarde atentado murió lamentablemente una niña de tan sólo tres meses. Otras ocho personas quedaron heridas.

Hamas, la violenta organización que aún controla -de hecho- la Franja de Gaza, identificó enseguida al terrorista como uno de sus propios milicianos. «La operación -sostuvo el movimiento islámico en un comunicado a los medios- es una respuesta natural y esperada a las violaciones y a la escalada de las agresiones por parte de soldados israelíes y colonos».

Una vez más, Hamas recurre a la violencia para dinamitar con ella toda posibilidad real de conversar sobre cómo construir una paz duradera en Medio Oriente.
Hamas es todo lo contrario de la paz. Es violencia.

Tras lo sucedido, para el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, «Jerusalén está bajo ataque terrorista». Lo cierto es que está fuertemente tensionada. Nerviosa. Preocupada. Por la renovada escalada de violencia que, contrariamente a lo que en teoría podía esperarse, ha seguido a la reciente formación de un gobierno palestino de unidad que incluye a los islamistas de Hamas que, según queda visto, siguen aferrados a la violencia terrorista con la que están -como siempre- frustrando toda posibilidad de reanudar las empantanadas conversaciones de paz en Medio Oriente.

Nada parece haber cambiado, entonces. Hamas es todo lo contrario de la paz. Es violencia.
La persistente actitud belicosa de Hamas tiene naturalmente sus consecuencias. Una parte del público israelí parecería estar cansado de los fracasos, dando ahora la espalda a la posibilidad cercana de paz. Esto es a la solución de la convivencia pacífica, bajo el esquema de dos Estados independientes.

Entre ellos aparece Naftali Bennett, uno de los líderes de la derecha israelí. Para él y sus seguidores la solución es otra. Pasa por anexar la parte de Cisjordania en la que ya se han establecido distintos asentamientos, en los que viven medio millón de judíos. Y por conferir a los palestinos autonomía, no independencia, aunque tan sólo en el manejo de aquellos territorios de Cisjordania y Gaza en los que la población palestina sea mayoritaria. Esto porque, ante la evidente imposibilidad de avanzar en dirección a la paz, convivir con una suerte de «estado de guerra» parecería inevitable, al menos por un buen rato.

Una parte del público israelí parecería estar cansado de los fracasos, dando ahora la espalda a la posibilidad cercana de paz.
En dirección contraria, la comunidad internacional sigue reconociendo al Estado palestino. Nada menos que 136 de los 193 miembros de las Naciones Unidas ya lo han hecho, en un proceso que se dinamizó desde que, hace dos años, naciera en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Suecia ha sido el último país en hacerlo y Gran Bretaña podría ser el próximo desde que su Parlamento, por 274 votos contra 12, acaba de pronunciarse en ese sentido, lo que no obliga a su administración. Pero pone una importante cuota de presión sobre ella.

Para la mayoría de la comunidad internacional ser amigos de Israel no supone necesariamente tener que ser enemigos de Palestina. Y, más aún, para ella la mejor garantía de la paz sería la coexistencia pacífica de los dos Estados, en lugar de un status quo impregnado de violencia, cada vez más alejado de lo ideal.

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