El EditorialOpinión

La violencia revolucionaria es el germen de su destrucción

Todas las revoluciones, comenzando por la francesa, han creído que la violencia era la parte necesaria de los cambios que pretendían hacer tanto a la sociedad como al hombre mismo.
Ahora que ya han transcurrido varios siglos de fervor revolucionario y que se pueden analizar históricamente sus resultados podemos concluir que la violencia, que era algo intrínseco en la necesidad de mantenerse en el poder, terminó siendo el factor que acabó desdibujándo y destruyendo las revoluciones.
En la francesa, fue el golpe de Estado del 18 de brumario lo que le puso punto final. En la Unión Soviética, fue un proceso por etapas iniciado por las denuncias contra el estalinismo formuladas por Kruschev y luego rematadas por la perestroika y el glasnost de Gorbachev. En China, todo quedó resumido en la famosa expresión de Ten Tsiao Ping: no importa si el gato es negro o blanco mientras cace ratones.
En nuestra América Latina estamos observando cambios importantes que darán inexorablemente al traste con la “revolución”. En cuba, ya hace algún tiempo que Raúl anda en eso pero pasito a pasito, y ahora que se sustituyó en la presidencia por su fiel acólito Díaz Canel -y consciente de que a sus ochenta y seis años de edad tiene que acelerar el paso- veremos posiblemente muy pronto, giros importantes que dejarán en la memoria histórica, la revolución.
En nuestro país, la mal llamada «revolución bonita» lo que nos ha mostrado es un rostro más bien feo sustentado en una violencia creciente contra todo el que pretenda pensar diferente a los objetivos indeterminados de una nomenclatura que llegó al poder para quedarse, y que está viviendo ahora su etapa de desintegración sin saberse a ciencia cierta qué puede provenir de ese fenómeno.
Lo que si resulta evidente de la lectura histórica de las revoluciones que se iniciaron en el siglo XX, es que cada una de ellas terminó convirtiéndose en su negación, ya que de una manera u otra se sometieron al aborrecido mercado.
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