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La visita de Dios

¿Alguna vez te has sentido triste, decaído, sin fuerzas para seguir luchando y de repente alguien pone su mano sobre tu hombro, mientras pronuncia algunas palabras que parecieran infundirte aliento? ¿Alguna vez te has encontrado con los ojos de alguien, cuya mirada te estremece, hablándole a tu corazón en un lenguaje que no puedes precisar pero que es capaz de tocar la fibra más profunda de tu alma? ¿Alguna vez contemplaste el inmenso cielo azul y en una inhalación profunda sentiste que el corazón se te llenó de puro amor? 

¿Alguna vez el sonido de la carcajada de un niño, junto con su sonrisa de pequeñitas piedras incipientes se convirtió en una melodía que te llenó de ternura el corazón? ¿Alguna vez viste un cuerpo doblegado por los años, con una cabeza cubierta como de blanca espuma, caminando con pasos torpes y al mirar su rostro te encontraste con la bondad? ¿Alguna vez miraste a un ser desconocido y tu corazón fue movido para abrir tus manos con alguna dádiva? ¿Alguna vez sufriste con el dolor de alguien ajeno a tu vida, y tus lágrimas se convirtieron en un lazo de hermandad? ¿Alguna vez al mirar el océano infinito sentiste que toda la grandeza de la naturaleza llenó tu pequeñez?

Dios puede presentarse en el camino de tu vida en cualquier momento. El puede estar por allí, en el lugar que menos esperaste encontrarlo; en una persona conocida, en alguien de tus afectos. El puede llegar vestido de un desconocido, una persona fortuita, que aparece para bendecirte aunque quizá no vuelvas a encontrarla. Aunque Dios es luz, su visita puede llegarte en medio de la más grande oscuridad; si lo invitas a quedarse no te dejará jamás. Si tu corazón lo anhela, si desde lo más profundo de tu alma invocas su nombre, allí en medio de la angustia que te rodea su amor puede surgir para vencer la oscuridad, para estrecharte en el abrazo del hermano distante.

La vida no es una autopista, es una vía de largos senderos llenos de toda clase de obstáculos. A veces disfrutamos de una calzada, mientras muchas otras recorremos caminos escarpados. Las mismas aflicciones son padecidas por todos; aún, la gente más buena y noble atraviesa túneles oscuros en los que la luz es tan solo una esperanza de su alma. Uno de los pasajes de las Sagradas Escrituras que me ha impactado más es narrado por el apóstol Juan en su evangelio (16:33) «Estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.»

Es Jesús dando instrucciones a sus discípulos, expresándoles su amor, el amor del Padre, los tiempos por venir e instándoles a confiar. Un reto nada fácil de enfrentar para aquellos hombres en aquel tiempo. De la misma manera, un desafío para nuestra fe en el mundo actual, en la Venezuela de ahora. Pero, ¿cómo tener esa clase de fe? ¿Cómo confiar cuando nuestras vidas se tambalean ante esas aflicciones de antemano anunciadas?  ¿Cómo lograr paz en medio de la angustia? ¿Cómo acallar la voz del corazón que grita desesperadamente en medio de la soledad más inmensa? ¿Cómo poder ver a Jesús en medio de la oscuridad, del dolor, de la angustia?

Es necesario verlo en la cruz para comprender a plenitud su amor mostrado en su sacrificio. Sentirnos amados por aquel que lo dio todo, que se entregó a sí mismo para darnos vida. Cuando humildemente aceptamos que no hay salvación para ninguno de nosotros fuera de Jesús; cuando entendemos que fuimos amados y que ese amor está vigente, entonces, podemos confiar. Poner con absoluta seguridad nuestra vida en las manos de quien ya ha vencido a este mundo con todas sus aflicciones; quien ha superado todos los obstáculos venciendo aun a la muerte.

Y ¿cómo entender la profundidad y grandeza de su amor? Acercándonos al trono de su gracia. No podemos tomar del agua si no venimos a la fuente. No podemos ser abrazados por ese amor sublime si no abrimos nuestro corazón. ¿Acaso, nuestra inhabilidad para venir ante El podría hacer nulo su amor? ¿Acaso, nuestra incredulidad podría hacer nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera, Dios es galardonador de los que le buscan, honra el amor de quienes confiadamente se acercan a El. Y si nosotros siendo malos honramos el amor de nuestros hijos, cuanto más nuestro Padre Celestial nos concederá la gracia de vencer porque El ya ha vencido.

Debemos reconocer que nos hacemos especialistas en profesiones y oficios con el estudio concienzudo y la practica constante, mas cuando se trata de Dios vivimos en la ignorancia más absoluta. Le damos relevancia a cuanto charlatán que pretende definir nuestras vidas por medio de la alineación de los planetas; de la influencia mística de un mortal que no ha podido enderezar su propia vida; de fórmulas mágicas que requieren sacrificios, pero son incapaces de liberar nuestros corazones del miedo, porque no nos dan amor, porque no nos asignan el valor que tenemos ante Dios.

Por eso, mientras voy caminando por la vida, y por más que me esfuerzo me doy cuenta que hay parajes imposibles de sobrevivir sin morir en el intento. Entonces, elevo mis ojos al Cielo, desde lo más profundo de mi alma susurro una oración a mi Padre celestial. El recuerdo de Cristo clavado en la cruz, entregando hasta la última gota de su sangre por mi salvación. Al pensar en El, me embarga un amor indescriptible. El temor se desvanece, siento sus brazos que me envuelven y una voz que me dice: «No dará tu pie al resbaladero”. (Salmos 121:1-3)

¡Dios está muy cerca! Nosotros hemos estado muy lejos; nos hemos perdido a plena luz del día. Somos como errantes mientras el camino ha sido trazado para nosotros desde hace mucho tiempo. La bondad se ha desdibujado de nuestros rostros, hemos cerrado el corazón al amor para darle cabida al odio. Hemos cerrado las manos limpias, abiertas, creativas; las manos que alivian, que sanan, que construyen en un puño que golpea, hiere y mata al hermano. Sin embargo, Dios sigue estando muy cerca, a la distancia de una oración de un corazón arrepentido. De un corazón capaz de mirarse a sí mismo para reconocer ante su imposibilidad el poder infinito de Dios; ante la dureza de su soberbia, el grandioso amor magnificado en la cruz.

Porque es allí, en la cruz, donde todo su amor se despliega ante nosotros. Es en la cruz donde entendemos que su amor por el mundo fue tan inmenso que se convirtió en el cordero de Dios, entregando su vida por ti y por mí, prometiéndonos que si creemos en El no estaremos perdidos sino que tendremos vida. Cuando venimos a Cristo, cuando nuestro corazón se rinde ante El, entendemos entonces que su amor es invencible, la fuerza más poderosa del universo para vencer al mal. 

¡Dios está cerca! Quizá tu corazón ha estado lejos. Mira atrás, el camino por el cual has andado; quizá tocó tu hombro en muchas oportunidades, quizá te miró a través de algunos ojos, te sonrió en aquellos dientecitos, te envolvió en el abrazo de alguien, te llenó las manos vacías con la bondad de un amigo. Quizá antes no lo reconociste cuando caminó a tu lado. Pero observa ahora, con un corazón humilde; ahora si podrás reconocerlo, sentir su toque divino y decidir caminar con El para siempre.

No lo olvides, Dios no está lejos, es tu corazón que no ha estado cerca. 

Te ha visitado infinidad de veces. 

La próxima vez que pose su mano sobre tu hombro no lo dejes pasar.

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2 comentarios

  1. Bendiciones Amada Rosalía , siga Dios guiando tus pasos , a través del hermoso don ,de poder expresar de una forma maravillosa, sencilla y de fácil comprensión, la inmensidad del amor de Dios, contenido en su Palabra la Biblia.

  2. Dios es Amor, y es difícil llegar a entender su inmensidad; pero, su Amor siempre nos buscará incansablemente hasta que lo abracemos y nos rindamos a ÉL. Grscias Rosalía por escri irnos siempre de ÉL.

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