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La voluntad desde la moral y el radicalismo aristocrático

Carátula de la obra sobre la voluntad de Nietzsche, en proceso de construcción; el presente ensayo en un avance de la misma.

Un aporte importante desde la visión metafísica, histórica y nihilista del pensamiento moral de F. Nietzsche (filósofo alemán, 1844-1900), es el ensayo del antropólogo y filósofo sucrense Nelson Guzmán, titulado “La moral como envenenamiento” (2010); en este texto el autor expresa que Nietzsche, se desmarcó de cualquier figura humana ostentadora del poder, utilizando la voluntad como descriptivo de todas las intenciones humanas y no humanos, por imponer un control en el medio social en donde se desenvuelven. Nietzsche, expone Nelson Guzmán (2010), fue un crítico de las “máscaras”, de la “falta de autenticidad” de los hombres, y exige, en contradicción a ese accionar negativo de los hombres hacia el poder, la “momificación” de la vida en razón de las leyes. “La voluntad de castigo, la pulsión del odio, acoraza la rabia contenida, vuelve extraños a quienes cargan con esos sentimientos…”

En un aspecto puntual, Nietzsche rechaza la falta de carácter de los hombres al asumir la voluntad como representación de sus actos; ante la debilidad humana en asumir sus responsabilidades y las consecuencias de sus actos, debe imponerse un espíritu de fuerza, de valor, que promueva una voluntad creativa y termine de anular a los seres humanos que por su debilidad tienden a ser vulnerables al poder y viceversa. Entre más debilidad tienen los hombres más necesidad de poder tienen; solamente los cobardes hacen las estrategias que les hará posible perpetuarse en el poder; en cambio, los fuertes de espíritu, los aguerridos guerreros de la vida que no le temen a hombres ni a bestias, ejercitan el poder directamente y lo sostienen hasta que se pueda, pero no andan diseñando artimañas y fraudes que los hagan merecedores de una permanencia que al ser producto de su debilidad, pierden cualquier vínculo con la moral y las leyes.

Ya dijimos que por “nihilismo” se entiende “la negación de los dogmas”, y en el caso de Nietzsche, su nihilismo es intelectual, no está inmerso en corrientes ideológicas ni en grupos de simpatizantes por un liderazgo u otro, sino que está en negación con la cultura occidental, a la cual sentencia que ha fracasado, con sus mitos y sus símbolos que surgen de la mentira y la manipulación. A juicio de Nietzsche, la cultura occidental fue constructora de una serie de imágenes que buscan mostrar la realidad en razón de las creencias y no con base a los elementos palpables y sentidos de la realidad. Es una cultura que oculta la realidad y la disfraza de expectativas y mitos, utilizando el miedo como el disolvente universal de la voluntad humana.

Lo que persigue Nietzsche, es orientar todas las formas y enfoques del mundo civilizado, hacia la comprensión de la vida como un escenario heterogéneo y frágil, propenso a la autodestrucción y necesitado de liderazgos mesiánicos que oferten un futuro distinto al que ofrece la propia existencia en su cotidianidad; el mundo con sus contradicciones tal cual se presenta es el mundo a encarar, pero cuando intervienen agentes manipuladores como el miedo y el autoritarismo, se tiende a permanecer en un plano de la realidad donde la voluntad de poder es inagotable al tener como defensores a hombres débiles ajustados al sistema vigente, y la anhelada realidad de Nietzsche, esa que es pura y natural, permanece opacada por la institucionalidad vigente, lo que llamó el alemán Karl Marx, la “superestructura”.

La superestructura es un concepto marxista que identifica un conjunto de fenómenos jurídico-políticos e ideológicos, que están asentados sobre la estructura económica; en voz del marxismo, las ideologías, las religiones, las manifestaciones artísticas, entre otras; son hechos sociales que se inscriben en el contexto de la superestructura de una sociedad; es el aparataje que el hombre construye y lo justifica, colocando al miedo como el agente de seguridad y cuidado que evita a los hombres intenten ser creativos y críticos, para cuestionar la verdad oculta en esa institucionalidad manipulada.

A juicio de Nietzsche, los hombres son víctimas de sí mismo y de la debilidad de su carácter; la vida occidental existe gracias al miedo, a la redención que se le tiene a lo desconocido por el simple hecho de serlo y al manejo personalista de la fe al servicio de un grupo de hombres que se valen de ella para imponer su voluntad. Es la voluntad impositiva, maquillada y arreglada en razón de lo que los hombres aspiran creer como verdad; porque los hombres temen la verdad pura, la verdad misma, para los hombres la mentira ha sido el mejor descubrimiento moderno que les permite vivir sin estar al tanto de las consecuencias de la muerte.

¿Percibe Nietzsche la mentira como un bien o como un mal en su visión planetaria del mundo? Nietzsche cuestiona a la humanidad por vivir en esa mentira y sostenerla desde los estratos más altos de dominación del poder hasta los más bajos. En la filosofía de Nietzsche, como resalta Guzmán, “…no existe ninguna nostalgia por la tierra, por sus símbolos, por la particularidad, por la grandeza de un pueblo o de unos emblemas que representarían a la patria añorada…”. En concreto, no hay en Nietzsche ningún apego por una humanidad que se engaña a sí misma y es incapaz de buscar trascender para conquistar su verdad y definir plenamente cuál es su lugar en el Universo.

El universalismo, a percepción de Nietzsche, nos ha hecho dependientes de una moral colectiva burocrática y con proselitismos pre-establecidos; pero también en esa realidad, se da un individualismo absurdo que Nietzsche que evade algunos elementos de la moral colectiva pero no para criticarlos o cuestionarlos, sino para crear nuevos cercos de mentiras y abstracciones falsas de la realidad, que les hace seguir engañados y por ende creadores de mitos y fantasías que no representan el mundo real de la vida. La verdad está en un constante cuestionamiento que en vez de garantizar la comprensión de la vida, lo que hace es ratificar los anti-valores a través de la figura de los mártires, la simbología del hijo de Dios crucificado, la blasfemia de un mundo más allá de este mundo que garantice “vida eterna” y felicidad permanente.

Ahora bien, en el texto de Nietzsche “Humano, demasiado humano”, e puede leer la sentencia 146: “El artista tiene, en cuanto al conocimiento de la verdad, una moralidad más débil que la de pensador, no quiere en modo alguno dejarse arrastrar las interpretaciones de la vida brillantes, profundas de sentido, y se pone en guardia contra métodos y resultados sencillos y serenos. En apariencia, lucha por la dignidad y la importancia superior del hombre; en realidad no quiere abandonar las condiciones más eficaces para su arte, tales como lo fantástico, lo mítico, lo incierto, lo extremado, el sentido del símbolo, la sobrestimación de la personalidad, la creencia de que hay milagros en el genio; de creación más importante que la entrega científica a la verdad en todas sus formas, aunque haya de manifestarse tan desnuda como sea posible…”

Nietzsche plantea acá una contradicción en su postura contra la mentira: acepta que los hombres necesitan de  condiciones más eficaces para desarrollar su arte. Y es que el arte para Nietzsche es creación pura, máximo desenvolvimiento del intelecto humano; el arte  es una forma de superación del nihilismo Nietzsche, a través de la instauración de nuevos valores. En su obra “La Voluntad de Poder”, expresa Nietzsche: “Todas las artes actúan como sugestiones sobre los músculos y sobre los sentidos que el hombre artístico tienen una actividad primordial; pero nunca hablan más que a los artistas, hablan a esta especie de delicada movilidad del cuerpo…Todas las artes tienen un efecto tónico, aumentan la fuerza, aumentan el placer (el sentimiento de fuerza), excitan todos los más sutiles recuerdos de la embriaguez; hay una memoria particular que desciende en tales estados de ánimo; entonces retorna un lejano y fugitivo mundo de sensaciones…”.

Es importante comprender acá el asunto de la “embriaguez” en el sentido real que lo plantea Nietzsche. Recuerden que Nietzsche tiene un reconocimiento de verdad especial hacia la valoración de la vida que los griegos antiguos tenían, y en esa valoración, él percibió la embriaguez como el estado creador por excelencia. Un estado afectivo del cual gozan los artistas. Nietzsche hace referencia a un estado afectivo, que es esencial en el hombre, que juega un papel destacado en el plano estético.

En la investigación de Raúl Madrid, del 2004, titulada “El estado de embriaguez en Nietzsche”, expone que durante los primeros años en que Nietzsche realiza clases de filología clásica en Basilea, su atención estuvo centrada, en ese pensamiento y arte griego antiguo, en su poesía, y en el drama; pero, además, en la concepción de mundo que éstos tenían, especialmente los pensadores preplatónicos, que partían de una estética  de lo esencial: el apolíneo, representado por el estado de sueño, y el dionisiaco, que es representado por el estado de embriaguez.

Ese estado de embriaguez alcanza a desarrollarse como un estado propiamente “…humano, es decir, y aunque ya desde un principio había puesto en claro que el estado de embriaguez era un estado fisiológico propio del instinto dionisiaco, ahora, sin ninguna divinidad detrás ni ningún otro mundo, este fenómeno es visto como algo totalmente propio de la naturaleza humana, y arraigado en el único mundo existente. De ahí que Nietzsche se dedique a la investigación de este estado sentimental, especialmente presente en el artista (en cuanto creador) y en los receptores de la obra, a través de explicaciones que miran desde la fisiología. El hombre naturalmente se encuentra expuesto a sentimientos o pasiones, es decir,  a estados de ánimo, los cuales determinan su forma de relacionarse con el mundo. Aún aquellos hombre sobrios y objetivos, que se creen armados contra toda clase de pasiones, y, por lo tanto, incapaces de la embriaguez, son presa de los sentimientos, son presa de una secreta embriaguez, como lo es su amor por la realidad, un viejo y antiquísimo amor…”

Nietzsche, a grandes rasgos, desea los estados de ánimo superiores, aquel sentimiento superior, aquellos que no son solamente de unos pocos minutos, sino, que sea un estado habitual del hombre; él comprendió que esto ha sido y es imposible, tuvo sus esperanzas puestas en que se “dé a luz un hombre capaz de ello cuando se hayan creado y establecido una serie de condiciones, que por ahora son lejanas…”

En un aspecto concreto, para Nietzsche la embriaguez es el estado anímico esencial para desarrollar el ámbito estético, y acá es donde se encuentra el lector acucioso con esa incógnita de devela ambivalencia: ¿se puede concebir la verdad en la vida desde un estado ilusionado e intoxicado por la embriaguez, o se acepta como una verdad en segundo plano que pertenece a los sentidos y no a los hechos propios que se dan en el mundo real? Nietzsche pareciera separar los sentimientos de los estados corporales, pero eso no se da como tal, ya que el sentimiento, en cuanto sentirse, es el modo en el que somos corporales, por lo tanto es una vinculación perenne y en constante intercambio de experiencia y sensaciones.

En un aspecto concreto, el filósofo alemán Martin Heidegger (2000), en su estudio sobre “Nietzsche”, deja en claro que es un “error” pensar  que la embriaguez, a la que se refiere Nietzsche, no es el estado de intoxicación comúnmente conocido como “borrachera”, producto del alcohol, es un nivel de contemplación que surge de alguien que “ha bebido mucho”, y ese éxtasis al que ha sometido su cuerpo le impide toda posibilidad de “…estar junto a sí y más allá de sí mismo; en cambio, alguien que está templado artísticamente está embriagado, o sea, que se encuentra en el estado en el que se está junto a sí y más allá de sí mismo. Se puede observar que existe una diferencia temporal entre uno y otro estado, ya que mientras la borrachera alude a un estado fugaz que se puede evaporar y desvanecer rápidamente; la embriaguez sería un estado que se mantiene…

En un aspecto concreto,  destacan tres elementos que se subrayan en la embriaguez a la que hace referencia Nietzsche: uno, desde un sentimiento de acrecentamiento de fuerza, que se debe entender como la facultad de ir más allá de sí, y como la relación con el ente en la cual el ente se experimenta más ente, más esencial; otro, el sentimiento de plenitud, que busca entender el modo de frenesí y el riesgo supremo; y por último, la compenetración recíproca del acrecentamiento de todas y cada una de las facultades.

La embriaguez, a grandes rasgos,  aparece relacionada con el arte, el cuerpo y la animalidad, y hace mención, a través de ella, al estímulo del sentimiento de vida, que para Nietzsche significa la sensibilidad extrema, la cual dinamita los casos normales, donde se es más sensible a los matices y las excepcionalidades de cada forma. El estado de embriaguez es un momento de excitación que tiene que es diferente respecto a la normalidad,  donde la ausencia de leyes, devenir, caos y azar, experimentan en el cuerpo  estados “normalizados” o “morales” del cuerpo en los que se niega la vida.

Nietzsche, a juicio de la investigación de Darío Buñuel Fanconi, del 2015, titulada “La metáfora de la fiesta en Nietzsche”, relaciona la embriaguez con la peligrosidad fisiológica del arte; el estado de embriaguez se relaciona con el arte como un estado creativo, más artístico por estar más en contacto con el cuerpo y la vida. La posibilidad “…de entender toda comunidad como un grupo humano felizmente secuestrado por sus propias obras de arte durante tanto tiempo que olvidan que son ficciones, las toman por verdades y malogran sus cuerpos con leyes sufridas durante demasiado tiempo. Siempre hay leyes, cada obra de arte viene con sus leyes y sus asaltos a la ley, pero si se sacralizan y se aspira a mantenerlas idénticas por toda la eternidad se convierten en un refugio que niega, desde el resentimiento, el carácter siempre cambiante de la vida…Donde no hay verdad ni esperanza en la existencia de la verdad no puede establecerse una comunidad ni un sujeto. Si la excusa central advierte de que es una mentira, la solidez es imposible…”

Las características de la embriaguez como elipse que transforma la realidad y la hace más sensible,  debido a la transparencia de la intoxicación en el artística, se presenta como ficción y pone en crisis las verdades de la comunidad y el lugar que esta asigna a las ficciones,  como una genuina metáfora filosófica nietzscheana cuya fundamentación se somete y acepta, según las decisiones estéticas de capacidad creativa para no crear la ilusión de que se puede contemplar, pues esa ilusión nos devuelve a la idea de contradicción en Nietzsche, acerca de que si hay una verdad absoluta o una verdad relativa, influenciada por los momentos viscerales de la embriaguez.

En resumen, y acá nos valemos de un ejercicio intelectual de la española experta en arte Elena Cué (1972), quien en varias preguntas la busca un sentido a esta postura de Nietzsche hacia el arte y hacia su crítica a la moral y al racionalismo aristocrático. ¿Qué es necesario para que se produzca el arte?  Para que haya arte, resulta indispensable una condición fisiológica previa: la embriaguez, ésta tiene que haber intensificado la excitabilidad de la máquina entera, antes de esto no se da arte ninguno. ¿Es tan trágica la vida que necesitamos el embellecimiento del arte? El arte pone un velo sobre la realidad y produce una verdad artificiosa que hace soportable la visión de la vida porque pone sobre ella el velo del pensamiento impuro. ¿El arte mitiga el sufrimiento? El arte, desde la percepción de Nietzsche, recrea en la vida las mentiras y la ficción, y eso les hace olvidar el sufrimiento; en realidad, el mejoramiento real de la vida, supera y descarga la pasión de los insatisfechos. ¿Se puede hacer mención al arte sin belleza? La belleza no es la que irrumpe y atrapa de manera inmediata, la de los ataques tempestuosos y embriagadores, sino la que penetra lentamente, aquella que uno se lleva consigo casi sin darse cuenta y que un día se nos aparece en sueños; aquella que, al final, tras haber estado mucho tiempo y con modestia en nuestro corazón, se adueña por entero de nosotros, nos llena de lágrimas los ojos y el corazón de anhelo.

Recalca Caé, “…el hombre cree que el mundo está rebosante de belleza, y olvida que él es la causa de ella. Solo él le ha regalado al mundo la belleza; aunque, lamentablemente, se trate de una belleza humana, demasiado humana… En el fondo el hombre se mira en el espejo de las cosas y considera bello todo aquello que le devuelve su imagen. El juzgar algo bello constituye la vanidad característica de nuestra especie…”.

A todas estas, la embriaguez se ha confundido, por siglos, con la inspiración, o un estado de lucidez abstracta que nos conduce a ciertos niveles de contemplación de la realidad que nos fortalece una descripción distinta, diferente, auténtica, sensible, calificada como inspiración. Pero Caé es directa en este sentido, y argumenta que los “…artistas tienen interés en que se crea en sus repentinas iluminaciones, las llamadas inspiraciones, como si la idea de una obra de arte, de un poema o el pensamiento de fondo de una filosofía bajasen del cielo como un rayo de la gracia. En realidad, la fantasía del buen artista o pensador produce continuamente cosas buenas, mediocres y malas, pero su juicio, extremadamente agudizado y ejercitado, desecha, selecciona, concatena; como ahora puede verse en los cuadernos de notas de Beethoven, que construyó sus melodías más majestuosas poco a poco, y en cierta manera las sacó de múltiples trozos. Quien distingue con menos rigor y ama abandonarse a la memoria imitadora podrá en ciertos casos llegar a ser un gran improvisador, pero, con respecto al pensamiento artístico seleccionado con seriedad y esfuerzo, la improvisación artística se halla muy debajo. Todos los grandes fueron grandes trabajadores, incansables no sólo en el inventar, sino también en el desechar, vislumbrar, trasformar y ordenar…”.

Buscando conocer a fondo la idea, Coé contesta: ¿Cómo se debe vivir? “Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir”. La “voluntad de morir” es un elemento característico en Nietzsche y está latente en todo su pensamiento, porque la voluntad de poder es también la de vivir y morir, porque el poder es parte intrínseca de la vida del hombre. Y  ¿cómo se sobrevive? “Aquel que tenga un por qué para vivir se puede enfrentar a todos los cómo…”. Los por qué en Nietzsche están en la voluntad de poder; los cómo se dan a través del arte y sus bifurcaciones.

El cuerpo, para Nietzsche, es el nuevo camino para instaurar nuevos valores, aquellos que sean afirmadores de la vida, que estén de acuerdo con el mundo; el cuerpo es la gran razón, el gran creador de la vida del ser humano. La conciencia o el espíritu, el sujeto y la razón de la modernidad, es un instrumento del cuerpo desde la profundidad misma del ser humano, que se encuentra detrás y más allá de los pensamientos y de los sentidos, siendo el fundamento último de las vivencias en el mundo aparente. El cuerpo no debe pensarse como una organización biológica, sino en un sentido más amplio, como un conjunto de instintos, pulsiones, voliciones, sentimientos y deseos.

A todas estas, el radicalismo aristocrático en Nietzsche, tiene que ver con la descripción que el filósofo, crítico literario, ensayista y periodista danés Georg Morris Cohen Brandes (Georges Brandes),  mostrara en su ensayo “Friedrich Nietzsche. Eine Abhandlung über Aristkratischen Radikalismus”, donde la concepción aristocrática se traduce en responsabilidad como privilegio, tanto al ordenamiento jerárquico de la sociedad mediante derechos desiguales como a su ordenamiento igualitario a través de la igualdad de derechos;  la idea de libertad aristocrática entra en el canon de esa responsabilidad que Nietzsche entiende prevalece solamente en una clase social con criterio acerca de su pasado y su presente; las ideas de Nietzsche entran conflicto con una concepción igualitaria de la libertad basada en la creencia de que ésta solamente puede ser preservada bajo la condición de una distribución equitativa de derechos, donde las ideologías políticas modernas no están presente en la idea de que la libertad presupone un conflicto productivo que requiere el cultivo de una sociedad que afirme la diferencia irreductible entre los individuos, entiéndase desigualdad, y que perciba en esta afirmación como una precondición para que la libertad sea la garantía de la pluralidad de valores. En Nietzsche, la idea es que la grandeza del ser humano refleja amplitud y multiplicidad, en la unidad de lo múltiple.

En la intención de preservar esa libertad y pluralidad, Nietzsche cuestiona los Gobiernos despóticos del tipo excepcional, ya que a su juicio socavan el valor de la moralidad del esclavo, como los Gobiernos despótico del tipo esclavo, ya que pues no toleran ninguna otra moralidad;  es necesario aprehender de la existencia continuada de los Gobiernos, como una precondición del valor de las democracias de masas modernas, cuyo ordenamiento jerárquico valora  la cultural emergente en la caracterización de la libertad, y crea las condiciones para una voluntad de responsabilidad de sí,  la cual modelada a los individuos, en su capacidad de expresar responsabilidad, creatividad e incluso la propia libertad como objeto y producto de la acción social en la modernidad.

Y la moral, en su recorrido por esa visión general selectiva en un estatus aristocrático que busca radicalizar el orden social establecido,  Nietzsche le da un doble sentido a su postura del bien y del mal: la de los señores y la de los esclavos. Expone que las ideas de bien se identifican con la posición de quienes las tienen, así los poderosos están bien para ellos, y los resentidos morales están bien para ellos.

El mal se identifica con las posiciones contrarias, los esclavos están mal para los señores y viceversa;  la moral, el deber ser, qué es lo que está bien ser y qué es lo que está mal, es un concepto fuertemente dependiente de la sociedad en la que se encuentra.

A juicio de Nietzsche la moral depende de la cultura; la razón;  el mundo es complejo y no puede predecir si la acción de hoy, sea ésta benigna o maligna; el mundo es impredecible,  las leyes dictan el destino social del Ser, y la verdad va de la mano con el bien. Nietzsche le da importancia al cristianismo y a los según él son débiles y bajos, cuando en sus ideas previas uno creería que no vale la pena tomarlos siquiera en cuenta como enemigos; expone un resentimiento que es más de inadaptación social, es desatado y abandera un odio contra aquellos a los que no comprende, a los que no necesitan comprender para vivir. Para Nietzsche el problema contestar en la modernidad es: ¿cómo determinar la jerarquía de los valores? Es decir, si los valores cambian constantemente o son relativos, por lo tanto, no puede haber una jerarquía objetiva, ya que cada quién puede hacer la suya, y eso, que es libertad, Nietzsche lo entiende como radicalismo.

Hay una interesante historia en el aporte de Georg Brandes al pensamiento de Nietzsche, y es que este autor fue el primero en interpretar las ideas del filósofo alemenán y presentar, desde ellas, una serie de categorías que luego definirían la manera de ver parte de la realidad el propio Nietzsche; antes de Brandes no se conocía el trabajo intelectual y filosófico de Nietzsche.

Brandes había nacido en Copenhague, desde muy joven estuvo interesado por la crítica literaria y filosófica; se cuenta en su producción intelectual  con un estudio titulado “La novela histórica”, publicado en 1862,  así como un ensayo largo donde rememoraba el pensamiento trágico griego, titulado “El concepto del destino en la tragedia antigua”;  fue influido por el poeta Johan Ludvig Heiberg y el filósofo existencialista Soren Kierkegaard, que dejaron una influencia importante en su estilo escritural y de lógica de las ideas.

La fuerza de este ensayo está en su vinculación con un Nietzsche que para el tiempo de haberse escrito el ensayo, era desconocido; Brandes, en su interpretación de la filosofía de Nietzsche, formuló la expresión radicalismo aristocrático, por el hecho de considerar que Nietzsche, venía a ofrecer otra manera de ver la realidad social y política desde las raíces del ideal griego occidental que hasta entonces había sido confinado solamente a la academia. El propio Nietzsche, expresó de ese ensayo: “…La expresión radicalismo aristocrático que usted me dirige me agrada. Permítame decirle que es lo más fuerte que de mí se ha dicho”. El ensayo se apoya en la correspondencia entre el autor y Nietzsche, desde el 26 de noviembre de 1887 hasta el 4 de enero de 1889, además de un artículo necrológico que Brandes escribió a la muerte de éste en 1900.

Brandes expone que Nietzsche, tiene una obra compuesta por pensamientos notables, los cuales son producto de sus prejuicio morales. Sin duda que el interés de Nietzsche, fue, a juicio de Brandes, la civilización y las mujeres; sobre lo primero, escribió mucho desde el ideal griego, pero sobre las mujeres fue un tanto oscuro en su mensaje, por ello, ante la falta de claridad llegó a ser calificado de misógino (aversión hacia las mujeres o la falta de confianza en ellas), aunque la realidad de su pensamiento lo coloca en el ámbito de ser uno de los precursores del feminismo moderno.

En un aspecto puntual, Nietzsche ataca la condenación al cuerpo y le da un giro donde el cuerpo dejará de tener una connotación negativa a los ojos de la moralidad.  El cuerpo es nuestra manera más importante de acceder y conocer el mundo, revitaliza los sentidos y le da una importancia enorme en su sistema filosófico.

A grandes rasgos, Nietzsche ataca la moralidad rígida, cayendo en un relativismo moral que atacar todas las estructuras de opresión del mundo, entendiendo éstas como mecanismos que no permiten al ser humano llevar una vida plena por una razón u otra. Nietzsche, en vez de proponer un ataque a la mujer, lo que propone es la «transvaloración de todos los valores”, con lo cual aspira atacar a los fantasmas que la religión cristiana le ha dado cuerpo a través del temor y miedo a vivir en el mundo.  Todo gira en torno a una realidad superior a partir de cómo han sido tus actos acorde a la ley moral preestablecida; la transvaloración de todos los valores no es más que volver a valorar los términos a partir de lo cual algo puede o ha sido concebido como bueno y malo, pero no partir de una ley inmutable y divina, sino humana.

A juicio de Brandes, el interés intelectual y filosófico de  Nietzsche, se caracteriza, desde sus obras primigenias, era responder a la postura de David Strauss (filósofo y teólogo alemán, 1808-1874, discípulo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ferdinand Christian Baur, contribuyó, desde el racionalismo alemán tardío, al movimiento de la antigua búsqueda del Jesús histórico iniciado por Hermann Samuel Reimarus), protestando su manera de entender la moral y de buscar integrarla al colectivo social de la época. Nietzsche, protestó, dice Brandes, contra “…toda interpretación moral de la esencia del universo, designando su lugar al mundo de los fenómenos que implosionan de esa moral, la cual al ser concebida desde el miedo y el temor, encaraba una falsa apariencia y adaptación frente a la vida y frente al arte…”

Para  Nietzsche, la civilización se manifiesta bajo la forma de unidad de estilo, a través de las manifestaciones cotidianas de la vida; su tesis es, según lo resalta Brandes, que en “…una civilización de acá y de allá no se puede sujetar a ningún enemigo, y sobre todo un enemigo que, como el francés posee desde hace mucho tiempo una civilización verdadera y fecunda, cualquiera que sea el valor que se le asigne…”

A juicio de Nietzsche, la civilización es homogénea, pero para ser realmente homogénea, explicaba Nietzsche, es preciso que “…la civilización haya alcanzado un grado determinado y que su carácter individual haya adquirido una potencia suficiente como para que haya podido penetrar todas las manifestaciones de la vida…”

A todas estas, esgrime Brandes acerca de Nietzsche, el tiempo de las “…civilizaciones nacionales ha pasado y que no está lejos el momento en que no se hablará ya más que de una civilización americanoeuropea, sola y única…”. Se anunciaba ya en las ideas de Nietzsche, la era de la globalización o del efecto de la aldea global integrada.

Son muchas las dudas que se le fueron presentando a Nietzsche, a lo largo de su interpretación de la realidad; pero una que marcó su inicio fue: ¿Cuál es el hecho que pueda explicar la existencia del contraste sobresaliente entre la falta de civilización verdadera y la convicción satisfecha de poseer la única verdadera? La respuesta, según Brandes, la encuentra en 1878, en una nueva categoría social que alcanza a identificar: filisteos de la cultura.

Por filisteos de la cultura, Nietzsche entiende la toma de conciencia de los saberes por parte de los hombres de manera impersonal, mostrándose adeptos a moldear una intencionalidad de homogeneidad intelectual  y moral como base del criterio moderno civilizatorio, conformando las bellas artes en razón de las necesidades. “Todos nosotros entramos, al nacer, en esa sociedad de filisteos intelectuales y todos creemos en ella. Esa sociedad viene a nuestro encuentro con sus opiniones complemente hechas, que nosotros adaptamos maquinalmente; si alguna vez difieren las opiniones, no es más que para formar opiniones de partido, opiniones públicas…”

Las opiniones públicas, a percepción de Nietzsche, es la “pereza individual”; es el argumento superficial y banal de que dan los representantes del pueblo sobre aspectos que a su juicio interesan al pueblo, aunque en la realidad son posturas que interesan solamente a la voluntad de poder que domina a ese pueblo. Por ello,  Nietzsche, no creía en la burocracia política, la detestaba, porque decía que detrás de ella se ocultaba la traición de manera permanente.

En la visión que Brandes elabora de Nietzsche, le suma otra categoría que a su juicio es dominante en las ideas de él, se trata del hombre. El hombre de la época en que vivió Nietzsche, fue considerado por este como “el burro de carga”, exigiéndose la necesidad de que prevalezca un educador que forme a sus discípulos en oposición con su tiempo. Opina Nietzsche que en la modernidad se “…han producido sobre la base de tres concepciones sucesivas de humanidad que merecen ser seguidas e imitadas: “Primero, el hombre, según Rousseau, el titán que, aplastado y atado por las clases superiores, se levantan, implorando en su infortunio a la santa naturaleza. Después, el hombre de Goethe, no Werther, seguramente, y los personajes revoltosos emparentados con él, ni Fausto en la primera concepción, sino Fausto tal cual resulta poco a poco al evolucionar. No es un libertador del mundo, sino un contemplador del mundo…”

En una visión concreta, Nietzsche, a través de su obra, muestra el valor del alma, manteniendo la independencia y apreciándola como para integral del conocimiento;  Nietzsche, “…ataca la teoría según la cual la civilización basada en la historia aparece a nuestra conciencia como la más justa de todas. Se ama al historiógrafo que no busca más que el conocimiento puro y cuyos descubrimientos no arrastran consecuencias. Pero existen muchas verdades indiferentes y es una desgracia si los batallones de sabios se arrojan sobre ellas, aun con la mejor intención. Se considera como imparcial al sabio que mide el pasado teniendo como medida las ideas preferidas de sus contemporáneos y como medida las ideas preferidas de sus contemporáneos y como parcial al que no ve en esas ideas la norma de todo. Se cree como más hábil para descubrir un período del pasado a aquel a quien ese período le es indiferente…”

En contraste con lo anterior,  Nietzsche explora el sentido colectivo del hombre, y se muestra renuente a pensar que ese hombre podría alcanzar su lugar como entidad superior si su comportamiento sigue siendo de una “masa pública”, en vez de comportante como un grupo intelectual consciente. Las masas públicas, esgrime Nietzsche, y lo describe Brandes, no son “nunca más que una de las tres cosas siguientes: copias de grandes personalidades, copia defectuosas, o copias borrosas hechas con malas materias primas; resistencia contra grandes hombres; y útiles en las manos de los grandes…”

Si algo devela el ensayo de Brandes, son los síntomas originarios que han movido todo el cuerpo teórico de Nietzsche. Así se muestra la que fue su incógnita primera: ¿Cuál es, pues, esta alma que con un odio tan huraño persigue el filisteísmo hasta en la persona de David Strauss? La respuesta se consigue en la determinación que ocupa las ideas de Nietzsche, en mostrar en qué consiste la moral moderna y cuál debería ser su esencia y construcción, en el marco de las relaciones sociales y políticas humanas. La moral es esa alma, cuestionada, vilipendiada, azorada por las dudas; la moral ha sido definida obedeciendo a las costumbres establecidas, respecto a la influencia recibida en el entorno social, que mantiene al hombre libre, independiente y reflexivo entorno a su papel en el mundo.

Esa idea de los hombres débiles y fuertes, es el producto, expresa Nietzsche, de la manipulación del mito creacionista del cristianismo, el verdadero sentido es el del bien y del mal, donde el juicio de lo bueno obedece a una conducta social relacionada con la casta, el poder, las acciones a favor de mantener la humanidad libre de cualquier peligro que la aceche; la maldad, por su parte, la expresan los hombres a través de su debilidad, de sus miedos, de sus bajezas humanas que lo postran en la realidad de la vida en un laberinto de situaciones en las que, si no despierta y reacciona con conciencia y saberes, se pierde en el más inmenso de los silencios que se pueda tener alguna idea de que exista.

Pero, a pesar de estas percepciones, increpa Brandes, Nietzsche se toma su tiempo para explicar cómo se presenta la morar en la clase aristocrática, esa que él defiende como consciente del saber, pero que a su vez obra inconscientemente ante la moral. La apreciación aristocrática, dice Nietzsche, recordando que con aristocracia se hace mención de los buenos nobles, bellos, dichosos, amados por los Dioses; la moral del esclavo dice: solamente los miserables son buenos, los que sufren y tienen penas, los enfermos y los deformes son únicamente piadosos. Por lo contrario, ustedes los ricos, son por toda la eternidad los malos, los crueles, los insaciables y, después de la muerte, los condenados…”

Sin embargo, la moral aristocrática según Nietzsche, es una manifestación del gran orgullo de la personalidad, un sí continuo, donde el progreso, el éxito van construyendo personas y personalidades; en cambio la moral del esclavo es un no constante, donde su condición de fragilidad le hace presa de la dominación y la sumisión permanente, hasta que grita y aprende a defender su lugar en el Universo, logrando romper el cerco y cambiar, de manera drástica, su condición como persona.

Expresa Brandes, Nietzsche define al hombre como un “…animal capaz de hacer y cumplir promesas…” El hombre es una entidad soberana, cuya conciencia está marcada por el conocimiento. En este proceso reflexivo, Brandes describe cómo internalizó Nietzsche, la pre-historia del hombre, extrayendo de ella los medios terribles que han moldeado una sociedad cada vez más conflictiva y temerosa. Dice Brandes: “Durante millares de años, el hombre ha estado aprisionado en la camisa de fuerza de la moral de costumbres, y al aplicar castigos como la lapidación, el suplicio de la rueda y de la hoguera, enterrando vivo al pecador, haciéndolo descuartizar entre cuatro caballo, arrojándolo al agua metido en un saco y con una piedra al cuello, así se grababa en el animal olvidadizo que se llama hombre un recuerdo duradero de lo que había prometido, a cambio del permiso de formar parte de la sociedad y de gozar de las ventajas que ella comporta…Según la concepción de Nietzsche, la conciencia de la falta no es en un principio más que la conciencia de una deuda…”

Brandes, en su interpretación de los aportes de Nietzsche, sobre todo de la obra “Así hablaba Zaratustra”, escrita entre 1884 y 1885, la cual califica de escrito lleno de dulzura, donde el autor muestra su comprensión del hombre a través de la civilización, dice que a medida “…que una sociedad se desarrolla, ocupa frente a sus miembros la misma situación que el acreedor frente al deudor (es importante destacar que el siglo XIX, los ejemplos más comunes eran los que tenían que ver con la estructura mercantilista y comercial del naciente capitalismo industrial moderno). La sociedad defiende a sus miembros, que son protegidos contra el estado de los que están fuera de la ley, a condición, desde luego, de no faltar a sus obligaciones respecto a la sociedad. El que viola su compromiso, el criminal, pasa al estado de fuera de la ley, lo que comporta el hecho de estar fuera de la sociedad…Con  Nietzsche, que se ocupa exclusivamente del lado moral, deja a un lado todo el aparato científico, no es posible controlar inmediatamente la solidez de su hipótesis…”

En lo que tiene que ver con la voluntad, como línea orientadora del presente libro acerca de Nietzsche, Brandes destaca que en Nietzsche, se conjugan algunos puntos de vistas relacionados con la idea de voluntad, como expresión de los deseos y las intencionalidades del hombre para cumplir la razón de ser de su vida en sociedad, que es vivir y socializarse. Nietzsche absorbe de Schopenhauer, su voluntad de vivir, la cual, a juicio de Schopenhauer, la pluralidad en el tiempo y el espacio, desde la realidad, más allá del velo que tapa la verdad; solamente es la voluntad como cosa en sí, será lo que siempre permanezca, la voluntad como cosa en sí, más allá del tiempo y el espacio. En este mismo sentido está la existencia como voluntad natural propuesta por Darwin, que se sustenta en su teoría de la evolución que no es más que el conjunto de conocimientos y evidencias científicas que explican el fenómeno de la evolución biológica como la explicación del origen de la vida humana; explica que los seres vivos no aparecen de la nada y porque sí, sino que tienen un origen y que van cambiando poco a poco.

Pero a estas teorías y posturas Nietzsche se rebela y  establece una lucha no por la vida, la vida desnuda, sino por el poder; hace mención que la voluntad que mueve al mundo es la voluntad de poder y ella debe tener como operadores a personas superiores que miren la realidad en su conjunto, valorando la vida no solamente en su estatus de vitalidad y conservación, sino también lo que en la vida el hombre produce y el sentido que le da a esa producción desde el control y deseo de poder. Nietzsche cristaliza su opinión al respecto desde una postura dogmática, solamente de esa manera le es posible argumentar que la justicia se deja conducir por la vía de los movimientos físicos activos, ante lo cual los sentimientos son reacciones que le da potestad al hombre para someter las acciones criminales de algunos semejantes. Para el estatus quo la salida es la pena de muerte o el castigo permanente a estos atisbos de criminalidad en la sociedad, para Nietzsche son acciones estériles ya que el castigo no doma al hombre criminal, menos lo mejora.

Branes abordó de manera incisiva la obra de Nietzsche “Así hablaba Zaratustra”, compuesta en cuatro partes, donde el autor hace mención a la idea de la eterna repetición de lo mismo (eterno retorno), la parábola sobre la  muerte de Dios  y la profecía de la Übermensch (Super hombre).

Branes, a pesar de hacer una revisión juiciosa de las ideas de Nietzsche, no termina de definir bien la categoría de “Super hombre”, la cual debería constituir  la referencia hacia la constitución de la humanidad moderna; el  Super hombre es alguien que se ha superado a sí mismo por completo, no obedece más leyes que las que se da a sí mismo, es autopoiético por excelencia,  partiendo de una voluntad creativa y una fuerte voluntad de poder (Este artículo está escrito en versión de artículo de opinión, el detalle de citas y elementos científicos de un escrito técnico como este, están en la versión de libro que se está construyendo).

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