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Las culpas del mensajero

Platón, en su célebre Mito de la caverna, nos relata la dificultad de los prisioneros de una caverna subterránea para eludir sus aprehensiones y miedos ante el desafío de descubrir otra realidad: la del “mundo verdadero” (el de las ideas) que para ellos describe un compañero que ha logrado liberarse, verlo con propios ojos y retornar. Tal descubrimiento les permitiría reconocer los objetos de su entorno (la caverna, donde hasta ahora sólo han distinguido sombras) y ascender luego al exterior, en suerte de simbólica conquista del conocimiento y la inteligencia.

Más allá de la robusta dimensión antropológica, ontológica, epistemológica, moral y política de la alegoría, un elemento nos alerta: la señera resistencia del ser humano -cautivo de las cadenas que imponen sus percepciones, creencias y prejuicios- a admitir verdad distinta a la que conoce y le resulta útil. En ese caso, y antes de sufrir la duda que lleva al ineludible y necesario caos, los prisioneros de la caverna -narra Platón- deciden perseguir y asesinar al compañero que ha osado abrirles los ojos. Han “matado al mensajero”… ¿podrán eludir para siempre la verdad?

En sintonía con tal espíritu, y en referencia a la necesidad del “Yo” de defenderse de lo que le resulta insoportable, Freud acude a la historia del rey Boabdil, quien negado a enterarse de la caída de Alhama, decide quemar las cartas que confirman la noticia y matar al mensajero que las ha traído (así, él no deja que sea verdad). Pero Boabdil se percata de que la realidad no puede se eliminada; de modo que Freud plantea una salida para el conflicto: encerrar mensajero y cartas en una prisión amurallada… aunque continúen existiendo, no los verá. El rey seguiría reinando, escindido de la información que le perturba. Pero, ¿hasta cuándo?

A título de bien ilustrado pero inadvertido mensajero, Ricardo Haussman, ex Ministro de Cordiplan, profesor de Economía y Director del Centro para el Desarrollo internacional en Harvard, apuntó hace días algunas verdades incómodas para el Gobierno al preguntarse: “¿Hará default Venezuela?”. El riguroso análisis de datos, cifras y hechos expuesto en el artículo que preparó junto al también economista Miguel Ángel Santos, los lleva a formular tesis bien fundamentadas, a asomar recomendaciones y a la postre, expresar legítima opinión: “El hecho de que su gobierno (el de Maduro) haya decidido incumplirle a los 30 millones de venezolanos para pagarle religiosamente a Wall Street no debe ser interpretado como señal de rectitud moral. Es más bien muestra de su decadencia moral.” De acuerdo a Maduro, dicho análisis contribuyó a la caída de precios de los bonos soberanos del país esa semana, lo cual parece rendir razones suficientes para abrir un proceso legal contra el profesor por estar “metido en una campaña para hacerle daño a nuestra patria”. No sabemos aún si eliminar a Hausmann de la ecuación hará que la ajada economía venezolana retoñe de sus escombros para convencer al mundo de su rentabilidad, pero el Gobierno parece seguir apostando a la idea de que silenciar voces críticas y que se le antojan agoreras (como debió también sonar la del Dr. Ángel Sarmiento) podrá conjurar todo demonio, toda tiniebla que se abate sobre este castigado país.

Pero, ¿es posible que el Gobierno desconozca esa realidad? Improbable el que ignoren cifras que ellos mismos manejan (mismas que el BCV ha administrado con inusitada discrecionalidad) y que delatan a un país en palpitante colapso, “consecuencia de un déficit fiscal colosal que ha sido cubierto a través de creación de dinero, represión financiera, endeudamiento y defaults – aún a pesar de la bonanza petrolera que se deriva de un precio del barril de $100”, dice el artículo. ¿O acaso no es cierto que tenemos los mayores niveles de inflación e impunidad política del mundo (World Justice Project, “Índice de Estado de Derecho”) y consecuentes niveles de percepción de corrupción (Transparency International) que eclipsan a otros países del continente? ¿No son ciertas las deudas de $3.500 millones con importadores farmacéuticos, de $4.200 millones con importadoras de alimentos, de $3.000 millones con el sector automotriz, entre otras, causantes de una escasez que borda con amargos ribetes nuestro día a día?

Decía George Steiner, “Lo que no se nombra, no existe”: ante el peso de la evidencia, echar mano del poderoso aparato de propaganda que provee la hegemonía comunicacional sigue siendo tentador. La probada eficacia de la amenaza en Cadena Nacional para censurar a los antipáticos heraldos, borrarlos del paisaje de la visión pública, culparlos de lo que anuncian en suerte de brusco retruécano, luce suficiente para evaporar la causa del aprieto. Pero hoy no todo es tan fácil. Las grietas en la credibilidad del Gobierno –también lo dicen las cifras- dan cuenta de un pueblo que se resiste sin más a someterse a las sombras de la caverna.

Se puede elegir ignorar la verdad, sí. Pero tarde o temprano, ella reivindicará a los mensajeros.

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