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Las lluvias se van, el castromadurismo y el desastre permanecen

Las que en Venezuela llamamos a veces un tanto pomposamente “verano” e “invierno”, son las dos estaciones de calor, sequía e incendios,  y de lluvias, avenidas anegadas e inundaciones, que se suceden en Venezuela, sean tiempos democráticos, que los hemos tenido, sean tiránicos que los estamos viviendo una vez más.

Sin contar, por supuesto, con el Lago de Valencia, que en cualquier momento se desmanda y causa una tragedia colosal, mientras a diferencia de la revolución bolivariana, sigue creciendo sin que nadie, ni siquiera el locuaz Gobernador de Carabobo, ni los militares de Maracay hagan algo; tal vez los chinos –si, ya hay chinos en las riberas del Lago- puedan hacer algo, es mucha el agua que amenaza a la tierra llana.

Como si fueran creaciones del castromadurismo y no de la naturaleza –o de Dios, también somos creacionistas, lo del “Big Bang” fue la manera del Señor de decir “¡Hágase!” sin que lo estuvieran ladillando siete días como afirma la Biblia- estos inviernos y veranos venezolanos van y vienen cuando les nace de las narices. Porque no son de fecha fija, son de “más o menos” inicio y final.

De colonia a tiranía, a democracia, a tiranía

Si dejamos de lado los siglos españoles, cuatro han sido los lapsos en más o en menos tiránicos en Venezuela. Primero durante  los dos sangrientos decenios de guerra de independencia, cuando el Libertador aún escribiendo y consagrando normas de Democracia República y Constitución, debió recurrir a las durezas militares de la guerra para cumplir sus grandes propósitos.

Podríamos hablar de dictaduras con democracias breves, y las luchas entre los partidos liberales y conservadores a lo largo de los 70 años finales del siglo XIX, con nombres muy destacados como José Antonio Páez, los Monagas, los Guzmán padre e hijo y el propio Cipriano Castro quien junto con su compadre Juan Vicente Gómez irrumpe en la vida nacional a fines del siglo XIX.

Pero la realidad de ese largo período hasta que Gómez derrota a Nicolás Rolando en tres días de batalla en julio de 1903 en Ciudad Bolívar, mucho más que alternabilidad fue desorden en un país pequeño, arrasado por la guerra, pobre y en busca de un destino del cual muchos hablaban y nadie organizaba.

Un gendarme necesario y definitivo con pocas palabras

Gómez fue un tirano cruel, sin duda, pero entregó a los venezolanos de su tiempo algo que esperaban mucho más que democracia: el fin de las guerras. Con su peculiar estilo, su instinto –que no cultura- de hacendado andino, con su mano implacable Gómez, al morir. dejó como herencia una Venezuela que había borrado los desastres de la guerra en todas partes y pudo, tras enterrar al tirano, inaugurar el siglo XX.

Una Venezuela que aún enfrentaría agitaciones sociopolíticas, que en 105 años iria pasando del desorden de jefes militares postindependentistas a la firmeza inamovible de los andinos a la insurgencia de universitarios que entendieron que su camino no estaba en el pasado sino en el futuro, estudiantes que salieron a la vida pública como comunistas como fórmula de cambio para evolucionar hacia la democracia de los cuarenta años finales del siglo XX, y afincaron en Venezuela la democracia como fenómeno popular, como impulso progresivo de las ideologías socialdemócrata y socialcristiana, el marxismoleninismo se fue quedando en rincones determinados.

Así, con la ayuda del petróleo y el distorsionante empeño en que el venezolano era un Estado petrolero y rico que debía ayudar a todos, adecos y copeyanos levantaron una pesada estructura estatal que respetaba las libertades mientras el petróleo hacía lo principal del trabajo productivo.

Ya comenzaba a irse cambiando el estado centralista hacia el federativo, cuando ocurrió la tragedia.

Hasta que llegaron los ignorantes a poner la palanca en retroceso

Nadie está contento con lo que tiene, y unos adecos que pensaron que eran inteligentes y preparados en política no entendieron los cambios que su propio compañero Presidente Pérez estaba impulsando, no entendieron que eran indispensables, y lo dejaron en el aire, y con él al país por el mismo simple egoísmo político que después le aplicarían al veterano dirigente que torpemente también buscó el apoyo del partido para ser presidente, seguidos por unos militares que pensaron que los uniformes proyectan y actúan mejor que las mentes civiles.

Súmense la pedantería sorda del para entonces ya anciano Rafael Caldera, perseverante en su soberbia, que creyó como siempre que sólo él por ser él podía acomodar todas las cosas, y la ignorancia de las masas venezolanas que vieron en Caldera a un buen abuelo protector y no lo que realmente era, y ya sabemos lo que terminó pasando, desastre bancario y desastre político con el triunfo electoral de Hugo Chávez respaldado por militares, intelectuales, comunicadores sociales, jefes y dueños de medios de comunicación –los sucesos de abril de 2002 sólo fueron otra muestra de la mediocridad de la mente militar venezolana, algo que no ha cambiado, ha empeorado.

Ésa fue la revolución que Hugo Chávez y sus adulantes le colgaron a Simón Bolívar, el desastre que seguimos sufriendo casi un cuarto de siglo después, que llevó al país primero con una chequera rebosante de dólares y blandiendo la presunta espada de Bolívar convertida en refrán publicitario, al derroche, al diario chupar castrocubano, a los errores, a la creciente corrupción y a la consecuencia inevitable del desastre económico cuando no sólo bajaron los precios petroleros, sino la fuerza de la industria petrolera devastada por las manos temibles de Hugo Chávez y Rafael Ramírez entre otros gestores del desastre.

De país de cierta importancia en Latinoamérica, con una riqueza mal manejada –realidad que hubiera podido reconducirse- pero con los temas de la salud y la educación públicas con fallas pero exitosas y bien conducidas, con una población mal formada en lo político pero con creciente empeño en lo tecnológico y una mayoría joven y con ánimo emprendedor, la cacareada y rimbombante revolución chavista sólo ha logrado redirigirnos hacia una economía en ya larga caída e incapaz de levantarse por sí misma, una creciente crisis del comportamiento y la ética en general, las esperanzas e ilusiones abatidas, resquebrajadas, un poderío energético robado, esquilmado, engañado, estafado y campo de experimentación para los países que detestan a la democracia mundial liderada por Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Australia, Canadá y unos poco más.

La Venezuela actual es tierra de asentamiento y recursos para la Cuba castrista –que en realidad no construye pero cobra-, Rusia que trata de seguir pareciendo super potencia  a pesar de su manifiesta debilidad con una economía de ventas y control en manos de amigos del Presidente que mueren y se suicidan con sorprendente frecuencia, China, una indiscutible gran potencia actualmente enredada en una compleja crisis económica e inmobiliaria, algunos pequeñuelos aprovechadores e Irán, potencia de medio pelo investida de fanatismo  religioso que odia a Estados Unidos e Israel, que odia a todos los que no sean fanáticos seguidores de instrucciones, que mantiene, financia y entrena al terrorismo mundial  como instrumento de acción, y que no vacila en enredar a sus amigos en sus planes más macabros. No son los socios de Venezuela, son los países a cuyas ideología y propósitos el castromadurismo arruinador ha puesto a servir. No hay en esos países progreso, hay engaños y servilismo. Y todos odian a Estados Unidos y quieren sacarle jugo a Venezuela, sea contribuyendo al peso anti EEUU, sacándole los pocos dólares que les quedan a los venezolanos en el BCV, o haciendo los papeles que nos asignen como muñecos en los diferentes astracanes.

El único capital de los ignorantes es la mentira, un bodegón no hace montaña, ni siquiera montecito

Los bodegones y algunas deslumbrantes nuevas grandes tiendas, grandes espectáculos, crecimiento del mercado inmobiliario de lujo, son los ejemplos que el régimen quiere embanderar como indicativos de que ya el país no cae, que el país está mejorando.

Pero el problema con las mentiras es que los carnavales duran muy poco y suelen descubrirse con un par de mirada. Pero para catar en gusto propio el descalabro económico basta salir a las calles, o tratar de llenar los estómagos familiares cada fin de semana, o sacar la cuenta de cuánto se necesita para usar el transporte público diariamente, conversar con los maestros –de cualquier nivel- el mes que viene, intercambiar realidades con cualquier funcionario civil, militar o policial –que en estos casos una cosa es la que les paga el Gobierno y otra lo que se agencien por su cuenta.,

Para percibir la realidad de los resultados de veintitrés años de revolución de alardes y falsedades basta vivir en una Venezuela cada día más insegura, con sus instalaciones de salud sin insumos ni equipos y profesionales mal pagados, donde los servicios de electricidad, telefonía y agua son precarios y nada confiables en cualquier área del país.

Y en cuanto a las expectativas de la industria petrolera, el régimen tendrá que bajar muchas veces la cabeza no para superar los producción, calidad y status de justo antes de Chávez, sino para mejorar la actual.

No, Venezuela no ha cambiado más allá de ir dando sitio a la nueva aristocracia de la riqueza ganada con las ventajas de cada temporada y cada gobierno. No hay nueva riqueza, porque lo nuevo se genera produciendo y reproduciendo, comerciando, inventando, arriesgándose con las armas y oportunidades de emprendimiento de las sociedades modernas.

El movimiento, sin duda empezó. Pero Venezuela no recobrará en menos de 30 ó 40 años los ánimos, las empresas y los equipos devastados en estos 23 años de falsa revolución. Medio siglo, camaradas, con los hombres y mujeres que crecieron con ella.

Porque, además, no se trata sólo de corregir rumbos, no es sólo cambiar de calle. Es parar, revisar, planificar, equipar y comenzar de nuevo. Meses, en el mejor de los casos, años en la mayoría de las posibilidades. Una fábrica de caramelos, para sólo citar un ejemplo sencillo, comienza por un análisis de mercado, definir el tipo de caramelos, de qué costo a los usuarios; es decir, escoger el tipo de caramelos y con cuáles y cuántas variedades en cantidad semanal o mensual de acuerdo a la fuerza de comercialización. Y entonces escoger el tipo de maquinarias, buscar las ofertas del mercado, localizar a los fabricantes, conversar con ellos, seleccionar al más conveniente, llegar a acuerdos de costos y fechas de pago… y todavía no se ha comenzado a construir.

Después vendrá el lapso de espera mientras se construyen edificio e instalaciones, las máquinas y su instalación y pruebas de ajuste, y en gerencias de mercadeo y ventas los planes respectivos, además de las gestiones en el Ministerio de Sanidad y otras instancias oficiales. Meses de actividades antes que la fábrica pueda ser considerada generadora de bienestar. Y es sólo ejemplo, piensen en la variadísima muestra de empresas alimenticias, de tecnología y alta tecnología, etc.

Mucho de eso, y se consideraba incompleto, lo tenía Venezuela en 1998. ¿Recuerdan el tramo de autopista entre Maracay y Valencia, con fábricas de todo tipo en plena operación? ¿Recuerdan el estado Lara? ¿Recuerdan la potencia industrial pesada de hierro, acero y aluminio, y el poder de generación eléctrica de Ciudad Guayana y alrededores? ¿O de los grandes hatos que hasta de inmensos reservorios ecológicos servían?

Estos son sólo chispazos de memoria de lo que tuvimos y la revolución se llevó por torpeza, corrupción, errores ideológicos, codicias equivocadas y, sobre todo, se acuerdan de la grandeza de aquella PDVSA que producía 3 millones de barriles diarios y la revolución chavista y castromadurista ha hecho caer casi un 80 % y además atiborrada de empleados de todo tipo que cobran sueldos miserables, miserable producción de la cual hay que descontar lo que se entrega a China para pagar deuda y para ayudar a una Cuba comunista que lleva más de sesenta años incapaz de producir nada que no sean migrantes y represión?

Esa Venezuela no ha vuelto ni volverá con los mismos que la destruyeron y en ello hay que incluir a todos los políticos del país, todos, oficialistas, opositores y mas o menos.

De eso se encargarán las nuevas generaciones que ya avanzan en un país propio, a su estilo y semejanza, y los inversores de todo el mundo. A lo largo de los próximos 30 o 40 años en un país diferente, corregido, privatizado, ético, con un Estado diseñado para ser sólo eficiente administrador y servidor público.

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