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Las mentiras de Maduro

Mi anterior artículo, el desgobierno de Maduro, lo inicié con un análisis de la encuesta del Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD), la cual presentó una compleja y delicada situación en el gobierno nacional. Esta semana salió publicada la encuesta de Datanálisis. La coincidencia es realmente sorprendente. Se observa que es la manera de pensar de una importante mayoría de los venezolanos.

Veamos: 81,6 %, está convencido de que la situación del país es mala; 80,1 %, considera negativo el sistema económico; 38 % muestra simpatía por la oposición y sólo 21 % hacia el chavismo; 67,5 % cree que la gestión de Maduro es mala y 68, 1 % aspira que renuncie a la presidencia en el 2014.  Esta coincidencia indica que estamos en medio de una profunda crisis política, pero lo que más me impactó fue que 71,6 % no cree en lo que dice Nicolás Maduro. Este punto hay que analizarlo con particular detenimiento.

No hay nada que rechace más la opinión pública que la mentira. Un líder político  puede equivocarse. Si reconoce el error, con valentía y firmeza, sus conciudadanos pueden aceptar la  explicación y en lugar de perder prestigio fortalecer su credibilidad. Al contrario, si permanentemente trata de engañar, buscando transferir sus responsabilidades a otras personas, puede perder su ascendiente popular, empezando a ser rechazado, no sólo por sus adversarios políticos, sino por  sus propios seguidores.

Ese es el caso de Nicolás Maduro. Los venezolanos, chavistas y no chavistas, han empezado a dudar de todo lo que dice. Ninguna explicación que da ante un problema termina siendo  creída. El hecho se multiplica de una manera exponencial como consecuencia a las permanentes campañas de propaganda y a su excesiva presencia en los medios de comunicación.

No es fácil de entender las razones por las cuales Nicolás Maduro permanentemente se contradice, viéndose obligado casi siempre  a decir grandes mentiras para tranquilizar a la opinión pública. La única explicación que encuentro es su marcada debilidad dentro del chavismo y los diferentes grupos que se enfrentan en su seno.

Hay dos recientes ejemplos que permiten valorar la gravedad de lo que está ocurriendo: el Sacudón presidencial y el asesinato del diputado Robert Serra. En el primer caso, el propio Nicolás Maduro había sostenido públicamente que durante esa alocución realizaría trascendentes anuncios. Sorprendentemente, nada de eso ocurrió. Un rutinario cambio de gabinete fue todo lo que hizo, pero las grandes medidas económicas, esperadas por todos, se quedaron en el tintero. Naturalmente, esa omisión tendrá graves consecuencias al no enfrentar en sus causas la crisis nacional.

El caso del asesinato del diputado Robert Serra es aún más complicado. Apenas ocurrió el hecho, sin haber iniciado ni siquiera las investigaciones, Maduro comenzó una campaña que buscaba comprometer a lo que él llamó “la derecha mayamera” y unos supuestos paramilitares colombianos, señalando además al ex presidente Álvaro Uribe, a Lorent Saleh, y a líderes fundamentales de la oposición venezolana: Henrique Salas Römer, Antonio Ledezma, María Corina Machado, Leopoldo López y Carlos Berrizbeitia.

Sin lugar a dudas los asesores de imagen del régimen creyeron que esa era una buena oportunidad para tratar de mejorar la deteriorada imagen de Maduro. También consideraron que mezclar el caso del asesinato de Eliezer Otaiza era conveniente.  El problema estuvo en que  el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas había iniciado las investigaciones…

Nada puede ocultarse. Los rumores salieron a la calle. La periodista Thabata Molina aclaró delicados aspectos del asesinato, los cuales fueron utilizados por Marta Colomina en su artículo del domingo: “El Colombia es un delincuente  a quien el gobierno le adjudicó un apartamento a través de la Misión Vivienda y fue convertido en “pran” del conjunto residencial donde también habita el escolta Torres. ¿Cómo Maduro puede seguir sosteniendo la historia del “terrorismo internacional” como autor intelectual de un crimen que exhibe la inocultable podredumbre del gobierno?”.

En estos días, José Antonio Gil Yépes, al comentar los resultados de Datanálisis dijo que en política es posible recuperarse y puso como ejemplo a Hugo Chávez en el 2002, La diferencia de ese momento político con el actual es que  el régimen enfrenta una crisis económica y Maduro no tiene el mismo carisma de Chávez y perdió totalmente la credibilidad ante los venezolanos. La historia dirá su última palabra…

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