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Las palabras dependen de quién las pronuncia

Hubo un tiempo en que si alguien decía: “te doy mi palabra” o “mi palabra es mejor que un documento”, se podía dar por sentado que quien pronunciaba la frase se sentía en la obligación de cumplir con lo prometido.  En Venezuela, como en todas partes, la gente seria honraba lo prometido, y los acuerdos a los que se llegaba eran respetados, aunque no estuviesen en “negro sobre blanco”.  La palabra empeñada era suficiente para confiar plenamente y hacer negocios.  Don Carlos, mi suegro, por ejemplo, tuvo que vender cuatro casas en menos de una semana para pagar una deuda.  Había apostado, dando muchísima ventaja, por un gallo que ya había dejado tendido al contrario; viendo la posible ganancia y lo poco que iba a arriesgar, alguien le casó la apuesta.  Un segundo después, el agonizante dio un salto, le clavó la espuela en un ojo al que estaba ganando y lo dejó fulminado en medio del ruedo.  Don Carlos, le extendió la mano al otro y le dijo: “Antes del próximo domingo, le pago”.  ¡Y le pagó!  El otro no tuvo dudas de que iba a ser así porque mi suegro era reconocido en su ciudad como una persona de gran acervo moral y de un talante muy íntegro.  Tanto, que los bancos le extendían pagarés sin necesidad de que presentara avalistas, dejara prenda, ni ninguna otra zarandaja parecida. 

Larga la digresión, pero creo que valía la pena.  Porque quería dejar claro que hubo un tiempo en el que la palabra empeñada valía más que cualquier afán de lucro.  Pero ya no más.  Ahora lo que está de moda es la viveza sin importar a quién se daña; lo que caracteriza el momento son la sagacidad y la astucia rayanas en la artería y el engaño.  Tanto, que ya la mentira es cosa ordinaria, de todos los días.  Fue Bismark quien explicó aquello de que “nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de las elecciones”.  Solo que ahora viene camuflada como “posverdad”.  Cuánto dinamismo habrá adquirido esta, que ya la RAE la agregó en el mataburros como: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.  Y de ñapa, nos propone un ejemplo: “Los demagogos son maestros de la posverdad”.  Como decía el Chapulín: ¡Estás en lo cierto!  Vivimos en una época de manipulación masiva y grosera del lenguaje.  Hoy en día, circulan por los medios, más cuasiverdades y fake news que postulados verosímiles, hechos incontrovertibles o mera realidad.  En lo que parece ser un proceso indetenible —incorregible al menos— el lenguaje ha devenido en una víctima inmolada en el altar de los intereses creados.  Las palabras, que siempre fueron inmutables, ahora hay que ponerlas en examen: porque, dependiendo de quién las utiliza (y del fin para el cual las emplea) hay que asignarles una calificación. 

Hoy, más que nunca, sigue vigente aquello de que “quien se encuentre un pendejo, puede quedárselo”.  Por eso es que el régimen, desde el mismo primer día, ha intentado sabotear la enseñanza, degradar la educación, acabar con las universidades de verdad-verdad y reemplazarlas por las infames “misiones”.  E imponer una “hegemonía comunicacional” (lo reconoció públicamente y lo inició el mismo Boves II y lo ha continuado el adiposo usurpador).  Por eso, han acaparado diarios, radios, y televisoras; bloquean cualquier medio alternativo que intente decir la verdad; pone condiciones inaceptables a las cableras: que no aparezcan CNN ni Caracol, pero sí una docena de televisoruchas suyas que no son vistas ni por el uno por ciento de la población.  Es que para ellos es esencial que la población no se ilustre, que no sea crítica del estado de cosas imperante.  Que siga pendeja, pues.  Eso lo logran —aparte de lo que ya engendran para hacer más daño a la educación y los maestros—, tratando de que, con cada día que pasa, la masa sea mucho más desvalida —que es lo mismo que decir: que sea más pedigüeña ante papá Estado.  Así los llevan a sentir que la democracia vale menos que una caja CLAP; que las matazones que realizan sus sicarios (uniformados y de civil) son aceptables porque son llevadas a cabo para acabar con los “lacayos del imperio”; que la destrucción del hábitat y la entrega, entalcaditos y envaselinaditos, en manos de cubanos y rusos rijosos, se justifica porque estamos en medio de una “guerra económica”.  

Los grandes vocablos que han traído el avance político (con trompicones, cierto) a lo largo de veintitantos siglos, ya no son inalterables, invariables ni permanentes.  Depende de quien los pronuncia y para qué.  Que el capitán Hallaca (verde por fuera, guiso por dentro) hable de “democracia” mientras blande el mazo, da ganas de vomitar; que quien preside (sin importar su prontuario penal) el ministerio judicial de régimen hable de “justicia”, eriza el pelo; que el Fiscal y (al mismo tiempo) Defensor de no sé qué (tan ilegítimo como quien lo nombró), hable de “derechos humanos” da ganas de llorar; y que Jorgito Audi Rodríguez, en una de sus demasiadas apariciones, hable de “libertad”, no pasa de causar sorna en la poca audiencia que logra.  Lo mismo sucede con el vicepresidente de ascendencia árabe; para él “terroristas” son los del bando opositor, no los paisanos de él a los que proporcionó cédulas y pasaportes venezolanos —sin saber hablar español y sin haber pisado esta tierra— para que estrenen chalecos explosivos en Occidente.   

Algo requiere ser recordado del pasado en estos momentos de crisis e inestabili­dad: la solidez de la palabra empeñada; que es mucho más importante ser veraz y cumplir con ella que prometer por carretadas sandeces incumplibles.  Es que no puede haber diálogo con mentirosos…

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