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Las revoluciones inconclusas

Hay palabras o frases gramaticales que son capaces de desencadenar nostalgias, despechos y hasta sublimes dolores del alma. “Las revoluciones inconclusas” es una de esas frases que hacen patente el aletargado dolor de lo no logrado, de lo que ya no se podrá lograr, de la absoluta decepción ante un patente fracaso.

Sin embargo, como aturdidos esclavos de nuestros utópicos deseos, persistimos en mantener vivo aquello que tan subliminalmente nos tortura. Y así, convertidos en inconscientes masoquistas, prolongamos la agonía para no aceptar nuestro propio fracaso, alienados de todo razonamiento y de las verdaderas posibilidades que ofrece un “golpe de timón” liberador.

Pero no es eso lo que es más grave. Lo más grave es que los oportunistas del fracaso venezolano lo saben y lo capitalizan, se mantienen alimentando la esperanza de un final feliz, de una felicidad que para ellos es indiscutible desde sus intocables posiciones. Y se afanan, desde los oscuros conciliábulos donde trenzan estrategias, en seguir alimentando la mágica idea de que “lo inconcluso” está por llegar.

La idea de lo inconcluso se convierte entonces en un cuento eterno que se repite ad infinitum, propiciando una estoica espera de milagros narcóticos que debilitan aún más las fuerzas que necesitamos para salir de ese horripilante cerco donde los muy conscientes aventureros nos han arrinconado.

Sólo el pensar que la paradoja que encierra la frase “revolución inconclusa” pueda también implicar que sigamos en vano esperando para concluirla, sin aceptar su derrota, me aterra.

Hoy más que nunca, la posibilidad y la apremiante responsabilidad de liberarse de la paupérrima condición que vive el país, está en cada uno de nosotros y no en los grandes poderes, sino en la poca o mucha dignidad que podamos rescatar del fondo del oprobio… y aprovechar esa típica reserva de fuerza y valentía que caracteriza a los seres vivientes al verse ante la muerte. Aprovechemos pues las últimas fuerzas que nos ofrece nuestra agonía para revertir la amenaza de sucumbir sin descubrir nuevos horizontes de tranquilidad, sin albergar fe en un futuro mejor, sin disfrutar de una vida fuera de la abominable condición de continuar sufriendo, eternamente, hasta nuestro inevitable final.

Tanto con las elecciones del 6 de diciembre como sin ellas, no nos debemos permitir el no afrentar la primordial y perentoria necesidad de deshacernos del repugnante veneno que enferma nuestra sociedad…!

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