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Lecciones de la supervivencia

La conmemoración de los 57 años de “El Porteñazo” invita a mirar sin miedo por el retrovisor, a cavilar sobre lo ocurrido en otra Venezuela, esta vez desde la inclemente perspectiva de las horas que corren. Esa “qualità de’ tempi” de la que hablaba Maquiavelo acaba redimensionando la historia; de allí que sea tan útil acudir de tanto en tanto al repaso, en busca de pistas que ayuden a descifrar el presente.  

En efecto, de aquel episodio cuya aspereza fue eternizada por la cámara de Héctor Rondón Lovera -en la foto, un párroco, Luis María Padilla, asiste impotente y desconcertado a un soldado que agoniza- queda al menos una lección: la defensa de la democracia nunca será faena leve, nunca estará exenta de peligros, baches, decisiones espinosas. Nada asegura que ese sistema avalado por el voto exorcice del todo el germen autoritario que podría causar la futura implosión. De allí la importancia de vacunarse contra el “enemigo íntimo” mediante la creación y promoción de una sólida cultura política.  

Los partidos políticos activos durante la era que siguió al derrocamiento de Pérez Jiménez parecían tener claro el problema. Un pasado marcado por una larga ristra de regímenes militares -a pesar de la digresión democrática que interpuso el trienio, ensayo nacido paradójicamente de una conjura cívico-militar y malogrado por otro golpe, esta vez contra el gobierno de Gallegos- había dejado su hendidura, el apego a un ethos que giraba en torno al “hombre fuerte”. Ya antes de 1948, una sociedad cuyas élites veían en la democracia la semilla del caos, había conspirado contra la moderna conquista de reivindicaciones que alentó el octubrismo. De allí que a partir del 58 ninguna previsión sobraría entre demócratas, más cuando también se lidiaba con las pretensiones hegemónicas del castrismo, “bête noire” que extendía sus tentáculos ideológicos en el continente.  

¿En qué debía basarse la estrategia de defensa de esas conquistas? La respuesta hoy luce obvia: la supervivencia de la democracia depende en buena medida de garantizar más y mejor democracia.  

La Tercera Ola de Democratización estudiada por Huntington (que arranca en 1974 con la Revolución de los Claveles) demostraría años más tarde que cuando no existe una fuerte tradición democrática, cuando el intercambio social no prospera sobre la base de ciertos valores compartidos –tolerancia, pluralidad, debate civilizado, reconocimiento del distinto, participación autónoma, respeto por los consensos, isonomía, libertad responsable; cuidado de sí y de los otros, como diría Foucault- la sola adopción de elecciones no necesariamente asegura transiciones exitosas. En nuestro caso, el de una democracia de Segunda Ola braceando en medio del fragor dictatorial latinoamericano, seguramente el dato provisto por la experiencia, el error identificado y oportunamente elaborado ofrecía input excepcional. Se entendió así que la sostenibilidad del cambio dependía de sentar las bases de una dinámica que garantizase la reproducción y transmisión de los modos democráticos; de contar con una comunidad cívica dispuesta a respaldar la labor de las nuevas instituciones. 

La tarea, acometida con generosidad, dio decente fruto. La internalización de valores, creencias y patrones de conducta dando soporte a actitudes y prácticas comunes, hizo que la democracia ganase piel y nervio entre venezolanos. La pedagogía promovida por organizaciones como los partidos fue crucial en ese sentido. «No es exagerado afirmar que en el caso venezolano la sociedad civil fue, inicialmente, una creatura de los partidos políticos«, dice Roberto Casanova. No extraña por tanto que la crisis de la democracia coincida con el derrumbe de esas instituciones. Torcidos los referentes, desleído el liderazgo, colapsadas las vías para satisfacer demandas, la cultura política termina siendo botín de la autolisis.   

Lo previo obliga a volver al aquí-y-ahora conscientes de la extendida merma en ese sistema de valores, atenazados por la incertidumbre que erosiona la confianza y el apego por la civilidad, seguros de que no será fácil reconstruir sobre los escombros del “gobierno de uno mismo”. Ante la posibilidad de acordar unas elecciones libres que ayuden a superar estos infiernos, vale la pena ir midiendo cada déficit, cada grieta en el blindaje identitario del liderazgo; en especial toda esa distorsión introducida por los extremismos, el marketing de la rabia y el prejuicio, la moralina administrada en fulleras píldoras de “sabiduría” que más bien conducen a la banalización de la política. 

Con la mira puesta en el post-conflicto, el ideal del “vivere civile e libero” anticipa graves desafíos. Pero allí perdura una añeja aspiración de las mayorías, no cabe duda. La de ciudadanos castigados, la de una sociedad en crónico desencuentro, la de quienes rastrean como pueden las pisadas de esa cultura política perdida. Re-aprehender la democracia, en fin, exigirá un esfuerzo por juntar las piezas de este rompecabezas que somos.  

@Mibelis

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