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Llamemos las cosas por su nombre

Eduardo Mackenzie

Hay una posibilidad de exonerar a Gustavo Petro de sus crímenes y delitos amnistiados: diciendo que él no es más que un “populista”. Adiós a los calificativos exactos que él tanto teme: ex terrorista indultado, miembro del M-19, marxista-leninista, chavista integrista,  adorador de Fidel Castro, etc. Toda su obscura biografía política desaparece si decimos que el hombre, finalmente, no es más que un “populista”, y que ese “populismo”  es algo que tiene que ver, remotamente, con gobiernos  extranjeros del siglo pasado que pocos jóvenes recuerdan en Colombia.

Esa fórmula errónea la utilizan algunos políticos que creen así luchar mejor contra las propuestas de ese personaje.  Hablando de Petro en una entrevista del Canal 2 de televisión, Iván Duque dijo hace unos días: “Mi campaña no es anti-Petro”, antes de precisar: “Yo no hablaría de la amenaza de venezuelización de nuestro país. Colombia tiene un riesgo hoy de populismo”.

Decir que Petro es un “populista” es  hacerle a ese individuo un favor enorme, es hacer invisible su acción política real. Señalar que el gran peligro que corre Colombia es que le abramos las puertas al “populismo” es desvanecer un hecho central: quienes han intentado durante más de 60 años destruir la democracia, la paz, el capitalismo y las libertades en Colombia, son los comunistas,  no los “populistas”. El PCC, las Farc, el Eln, el M-19 y las otras bandas subversivas no son ni han sido populistas. El comunismo es un sistema de gobierno y de acción política muy preciso con una ideología y unos métodos específicos.

El apelativo “populista”, en cambio, es una noción ambigua,  polivalente, muy floja, donde cabe todo y su contrario.  El populismo engloba mucho y no explica nada. Solo acuden a ese concepto quienes menosprecian las especificidades de un régimen político o de un movimiento político.  Acudir a ese apelativo es cometer un acto de pereza intelectual.

Ese término, sin embargo, está de moda en Colombia. La simpática politóloga guatemalteca Gloria  Álvarez Cross, conocida por sus prédicas libertarias, muchas veces valiosas, lo recomienda sobre todo desde 2014.  Y muchos han retomado ese enfoque como la verdad revelada. En realidad, dicho término había sido lanzado siete años atrás, en 2007, por Alan Greenspan en sus Memorias (1), como una explicación diplomática y superficial de lo que ocurría en Latinoamérica a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI. El ex presidente de la Reserva Federal, una institución central de la economía americana,  afirma en un capítulo  sobre la América Latina que el populismo es sólo un pecadillo explicable que ha creado atraso. Es, dice él, una filosofía política que “sostiene los derechos y el poder del pueblo, generalmente contra la élite privilegiada”.  Agrega que el populismo económico “busca la reforma, no la revolución”, aunque “no es racional y se parece más a un grito de dolor”.  Sus impulsores, concluye,  “prometen remediar lo que ellos perciben como injusticias”.

Gloria  Álvarez, es cierto, le atribuye calamidades mayores al “populismo” pero no rompe con la visión angelical de Greenspan. Ella dice que “los grandes líderes populistas” son “Perón, Mussolini, Kirchner, Chávez o Getulio Vargas”, personajes muy diferentes entre sí. Los gobiernos de ellos fueron autoritarios con niveles altos de corrupción, cierto, pero con resultados dispares. El de Perón sembró la devastación y minó durablemente la estabilidad económica de Argentina. Getulio Vargas, otro militar, gobernó Brasil durante 18 años en dos periodos y fue elegido por sufragio universal en 1951. Su plan de Estado Novo sentó las bases del Brasil moderno. Entre esos “populistas” no hay uniformidad ideológica y los efectos de su acción son contradictorios.  Gloria  Álvarez  no ve eso ni la responsabilidad del comunismo en las turbulencias políticas y económicas de Latinoamérica. Todo lo atribuye al “populismo” y así la historia real del hemisferio deviene invisible. En su lista ella no menciona a Lázaro Cárdenas quien expropia en 1938  las petroleras extranjeras, causando graves daños a la economía mexicana. Se olvidó también del peruano Victor Raúl Haya de la Torre, el real fundador del populismo latinoamericano. En 1927, él organizó el Apra, fuerza “anti oligárquica y antiimperialista” pero no comunista. Su agitada visión de la política le impidió ser jefe de Estado. En 1954, él evolucionó hacia el conservatismo. Álvarez  olvida mencionar a los comunistas Fidel y Raúl Castro, aunque los cataloga como “populistas”.

Llamar “populista” a Gustavo Petro es desconectarlo, en la imaginación popular, de la realidad del castrismo, de las atrocidades que esa dictadura cometió en Colombia y en el continente. Es mostrarlo como un reformista romántico, errado quizás, pero que lucha “por los pobres”. El marxista fanático que creyó que matar colombianos era legítimo y que sigue preconizando el odio y la guerra de clases, para seguir la ruta trazada por Chávez y Maduro, desaparece por completo gracias a ese apelativo mágico.

La politóloga libertaria cree que el concepto “populismo” es sinónimo de “totalitarismo”. No lo es.  Tal operación retórica le quita peso al totalitarismo y lo edulcora. Ella utiliza, además, como nociones  hermanas,  “democracia” y “república”. Democracia y república son dos nociones diferentes, no intercambiables. Una república no siempre es democrática (URSS, RDA). Y una democracia, no necesariamente es una república (Gran Bretaña, España, Noruega).

La lista de otros caudillos “populistas” suele ser muy larga. Allí se pueden incluir personas de épocas y perfiles distintos que no destruyeron sus países, como Bismarck, Mustafa Kemal, Nasser, Indira Gandhi, Boris Yeltsin y hasta Jorg Haider.

El comunismo moderno, o marxismo-leninismo, es otra cosa. Es el sistema dictatorial que más desastres humanos, muertes de masa,  obscurantismo, ruina social, cultural y ecológica ha causado en la historia. Todo ese pasado y presente tenebroso, contaminado de mentira, que Petro reivindica como bueno y que dice aplicable en Colombia (Petro admira el infierno que ese sistema creó en Cuba y Venezuela), desaparece si lo llamamos “populista”.

¿Por qué disculpar los crímenes del castro-chavismo llamándolos “populismo”’?  El asalto y quema del Palacio de Justicia de Bogotá por el M-19 no fue un acto de “populismo”, fue una atroz matanza. Las organizaciones que Petro creó para impulsar un programa maximalista apelando a elecciones no son de corte “populista”. Llamemos las cosas por su nombre.

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(1).- The Age of Turbulence: Adventures in a New World  (The Penguin Press, New York, 2007).

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