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Los astronautas

    La Utopía es el principio de todo progreso. Anatole France

 

Los astronautas llegaron a Caracas mucho antes que a la Luna, vestían ropa oscura, saco sobre los hombros, mirada al cielo, Biblia de Jerusalén en mano, fumábamos blancos cigarrillos de tabaco negro: Capitolio, Continental, Negro Primero, los más, hasta que desde allende las fronteras arribaron primero los Piel Roja de la vecina república, luego los Ducados de franquista aroma y unos Gauloises con filtro que todavía no se habían medido en referéndum como De Gaulle  lo hizo en la capital gala, para dejar la République en otras manos.

La democracia cristiana vivía, en Venezuela, su mejor y único momento de  efervescencia ideológica: tres grupos se disputaban el control del partido  COPEI : los araguatos por  sus conservadoras posturas y concepciones, los avanzados por no ser ni fú ni fá y, nosotros, los astronautas por andar en permanente órbita conceptual: éstos fueron los calificativos endilgados a una fenotípica dispar y variopinta camada de compañeros copeyanos (a la que luego se añadieron los auténticos, por ser verdaderos auténticos aprovechadores de su escaso caudal de votos) . Todos teníamos un objetivo político-electoral en nuestros mítines y campañas: hacer que el Dr. Rafael Caldera ganara, al fin, después de varios frustrados intentos, las elecciones a la Presidencia de la República de Venezuela en diciembre de 1968 para gobernar al país con mejores criterios de ética y justicia.

Néstor Coll Blasini, Pedro Paúl Bello y Pedro Raúl Villasmil fueron nuestros lazarillos, los baquianos que nos ayudaron a navegar las aguas del pensamiento cristiano progresista y a transitar los caminos de una democracia cristiana remozada, envalentonada por su juventud victoriosa, victoriosa.

Poco a poco, se fue construyendo un grupo astronauta de alcance extendido en el espacio nacional, liderado por compañeros y amigos que el tiempo, la distancia y la victoria final de los araguatos y avanzados dispersó y distanció.

Hoy al presenciar los dimes y diretes de las dos facciones copeyanas, extrañamos el nutriente debate doctrinario de la época, para constatar un partido moribundo, en el que algunos de sus dirigentes quieren disfrutar – como sea – de las prebendas y privilegios del poder que pudiesen obtener como resultado de unas elecciones que todos reconocemos ilegítimas, ilegales, amañadas y antidemocráticas.

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