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Los cien años de Javier Pérez de Cuellar

Naciones Unidas ha tenido nueve secretarios generales a lo largo de su historia: cuatro europeos, dos asiáticos, dos africanos y un solo latinoamericano, aunque hubo otro que estuvo muy cerca de serlo. El que no llegó fue el Embajador argentino Carlos Ortiz de Rozas y el único Secretario General oriundo de nuestra región es Javier Pérez de Cuellar del Perú, quien acaba de cumplir cien años.

Ortiz de Rozas, era el Representante Permanente ante la ONU en Nueva York, cuando en   1971, Francia lo propuso en el Consejo de Seguridad para Secretario General y sacó 13 de los 15 votos posible, pero fue vetado por la URSS. Al final ganó el austriaco Kurt Waldheim, a quien el propio Ortiz de Rozas, que por cierto había sido también Embajador en Viena, lo propuso ante la Asamblea General para su confirmación, con emocionadas palabras que hicieron vibrar a todos, pues todos sabíamos que había logrado más votos que el candidato que presentaba.

Curiosamente, el único latinoamericano en ser Secretario General de la ONU, nunca fue Representante Permanente ante la Organización, pero ya había sido uno de los Subsecretarios: el peruano Javier Pérez de Cuellar, que fue Embajador en Suiza, la URSS y en Venezuela por un año, hasta abril de 1979; recuerdo que Simón Alberto Consalvi, siempre zahorí, al despedirlo dijo estar seguro de que pronto volveríamos a oír su nombre.

En 1981, el Presidente Belaunde Terry propuso a Pérez de Cuellar ante el Senado como Embajador en Brasil pero su nombramiento fue rechazado; entonces a renglón seguido solicitó su pase a retiro y en diciembre del mismo año, fue elegido Secretario General de las Naciones Unidas, dejando de paso en una situación muy poco airosa al Senado peruano. Don Javier asumió el cargo el 1° de Enero de 1982 y lo ejerció con solvencia por dos períodos de cinco años.

En su país, fundó un partido político en 1994 y al año siguiente se presentó como candidato a la Presidencia de la República pero, a pesar de haber obtenido el segundo mayor número de votos, no pudo impedir la reelección de Fujimori, que ganó en la primera vuelta. Luego, en el gobierno de Paniagua, fue Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente del Consejo de Ministros.

Tuve la suerte de coincidir con el Embajador Pérez de Cuellar en Caracas, Lima, Nueva York y en Moscú, cuando al visitar la capital soviética, hacia fines de los ochenta, en una reunión con los Embajadores Latinoamericanos para repasar temas de la ONU, me sorprendió al decir que sus palabras no serían para el Embajador de Venezuela, pues lo consideraba de la casa. Años después, lo encontré por casualidad en el Aeropuerto de Frankfurt y pudimos conversar en el VIP sin ser molestados por un buen rato, en el cual casi ni hablé, pues no podía desperdiciar tan inesperada oportunidad de escucharlo; desde entonces no lo he vuelto a ver y ahora me entero de su cumpleaños.

Este es un breve repaso a la trayectoria de uno de los diplomáticos más destacados del continente americano, que no descollaba precisamente por su simpatía, sino por su agudeza y su pericia, cuya actuación fue decisiva, entre otras cosas, para poner fin al conflicto entre Irán e Iraq, al del Golfo Pérsico y para que retornara la paz en El Salvador.

Estas líneas son homenaje a una persona que descolló en la arena internacional y que no cesa de sorprendernos al iniciar su carrera literaria a los 94 años, con la publicación de su primera novela Los Andagoya, sobre las vicisitudes de una familia limeña, en los años treinta del siglo pasado. Ciertamente, el centenario de Javier Pérez de Cuellar, merece mucho más que este sencillo escrito.

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