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Los poemas imprescindibles de Julieta León

En el libro Tres poemarios imprescindibles: Ábaco, Extraños frutos, Enrique Octavo, de Julieta León (Caracas, 1949), el desarraigo y el desamor crean una combinación cáustica. La autora utiliza un verbo compulsivo con la intención de desenmascarar, de revelar realidades escondidas en la sucesión de personajes y vivencias que habitan esas páginas. Al mismo tiempo, nos incita a descubrir entrelíneas dónde yace aferrada a los recuerdos, como una orquídea enraizada en un voladizo, alimentándose de la ternura que flota en el aire que la acaricia: “Cuando no he tenido más nada que dar he regalado una sonrisa”.

“Perdóname / la sangre y el sudor vertidos / el esfuerzo que no pude alcanzar / el desfallecimiento que me hincó de rodillas / a cambio / te colmo de la sola alabanza que sé / digo tu nombre”. (Ábaco, VIII)

Cuando rememora la intensidad de las emociones y punzantes experiencias que la abruman ella las transcribe sin clemencia. “A las cinco en putas de la mañana me saltan los poemas de la boca”. (Ábaco, XV)

“Solo tengo dolor para ofrecerte /camino por la calle /y en el medio de julio/ me ha llegado diciembre /este dolor domesticado /a fuer de lágrimas y gritos/ peinado como una señorita a la ventana /solo tengo dolor para ofrecerte /recorro mi calle preferida /la mañana perfora/como una puñalada /el aire leve como el último adiós /todo lleva ese tono irredimible /de lo que se ha perdido /solo tengo dolor para ofrecerte / a mi derecha está la frutería / en todo el frente un restorán barato que cerró / un callado español vendía la prensa en una esquina / pero ya no hay papel ni libros ni prensa/ a mi izquierda había un tenducho de baratijas/ una tienda de ropa y una pescadería/ todos cerrados/ un pequeño café antes lleno de gente / y un anciano librero que ahora se para en su puerta / a contemplar la vida / yo voy gritando muda por la  calle / solo tengo dolor para / ofrecerte”. (Ábaco, III)

Empleo el término “cáustico” en el sentido en el que Malcolm Lowry (1909-1957) lo utiliza para titular su primer libro: Lunar Caustic (Nitrato de plata, en español), nombre que hace alusión al compuesto que se utiliza para cauterizar heridas. Al igual que Lowry, Julieta León esgrime su rebeldía y desasosiego contra toda indecencia, crueldad, repugnancia e injusticia, tratando de sanar sus heridas y las que dejan huella en el mundo.

El poemario Extraños frutos toma su nombre de una canción que cantaba Billie Holiday: “En el sur/ los árboles dan unos frutos muy extraños/ sangre en las hojas y en las raíces/ Cuerpos negros se balancean en el sur/ con la brisa/ un extraño fruto cuelga de los álamos”. En sus poemas también están presentes Martin Luther King, Louis Armstrong, Michael Jordan, Charlie Parker (Bird), Muhammad Ali, Idian Health Service y el Estudio de la Sífilis de Tuskegee. León comparte algunos secretos de estos personajes. Su pequeña oda a Billie Holiday es una de esas piezas.

“Te iban a ver/ desde tan lejos Billie/ te iban a contemplar / a disfrutar el éxtasis/ cuando tu voz desnudaba esos extraños frutos /colgados de los árboles a lo largo del Mississippi/ pero ninguno Billie/ en el dorado nimbo de la noche /pudo palpar las horas frías/ que esperabas escondida en el autobús/ porque los negros no podían pasar/ la humillación mordía tu espíritu rebelde/ porque tampoco podías orinar/ (¿quién ha dicho que los negros orinan?/ y menos en los sanitarios de los blancos tan blancos)/ y entonces Billie llegó la dama blanca/ que vertió un falso arrullo/ en lo más hondo de tu negro dolor/ y te ofrecieron el papel de sirvienta/ que aceptaste/ (a ti, terciopelo de la noche)/ en aquella asquerosa cinta/ que solo sirve/ porque aparecen Armstrong y tú/ entonces criticaron tus manías/ tus iras tus vicios tus desplantes/ y te llevaron presa/ y me pregunto si habría sido igual/ si hubieras sido blanca/ y te ocultaron/ para callar la voz profunda de la noche/ pero cuando saliste/ nada menos que el Madison mujer/ se estremeció/ se vino abajo/ al primer látigo de tu voz/ a la primera plegaria de tu voz”. (Billie Holiday, Extraños frutos)

Es una poesía ambulante, que no permiten ficciones, que aborda con realismo y franqueza la cotidianeidad y en la que ella se muestra estoica, armada con imprescindibles palabras.

“Uso los ojos del tigre para la noche / en el día ya no me bastan los ojos del venado y la liebre”. (Ábaco, IX).

Su escritura es como un rio crecido que se lleva por delante reglas y convenciones. En un estilo llano y directo, da rienda suelta a que sus emociones guíen sus palabras cargadas de sinceridad, con ellas se enfrenta, arremete y escuda. Por momentos aborda un determinado sujeto con un tono sincopado, dando vida y movimiento a la palabra escrita. El Soneto imperativo, que la escritora considera una estocada contra un enemigo real o imaginario, se debería leer golpeado, como quien recita un conjuro.

“Retírate evádete encúbrete/ esfúmate aplástate enciérrate/ escóndete deslízate termínate/ elídete derrítete disuélvete/ olvídate ocúltate evapórate/ jubílate degüéllate protégete/ apártate aléjate guarécete/ distánciate repliégate derríbate/ aíslate auséntate doblégate/ enciérrate ahógate recógete/ sepárate ocúltate arruínate/ suicídate lárgate encógete/ písate abandónate aplástate/ envenénate acábate piérdete”. (Soneto imperativo, Ábaco, XXIII)

Dolor, desespero, amores que se quedan en la superficie para que ella chapotee sobre éstos una y otra vez, salpicando al lector, como haría una niña en un charco dejado por la lluvia. Sus poemas tienen la lógica irreductible de toda poesía, buscan la redención.

“He extendido la eternidad y el viento/ entre tú y yo/ y estos poemas/ que ha de llevarse el aire/ como se lleva las margaritas/ mientras cada paso dispone/ cielos ríos y mares/ derribo carreteras y puentes/ difumino los límites/ sin dejar huellas de su trazo/ ni del tuyo/ sacudo piedras y señales/ ubico precipicios y atajos/ borro caminos con mi pluma/ sitúo trampas/ donde antes había orillas y senderos francos/ y ya que tengo innumerables horas y tantísimos lápices/ me recreo en mi devastación y pulo / los destrozos que hago/ sigo dinamitando calles y parterres/ coloco perdigones y minas que llevan tu retrato/ y tu nombre para que cada herida/ cuente tu historia/ la que he extendido/ entre la eternidad y el viento”. (Ábaco, XI)

“No tengo espejos/ no quiero verme/ tiene mechones blancos/ mi cabellera negra/ bordo en el bastidor/ un paisaje marino de Castilla/ en la rompiente saltan las olas/ el puerto/ los marinos/ los pescadores con sus redes/ la nao en la que sueño/ regresar al reino de mis padres/ España me dueles en la sangre/ me dueles en la carne/ en la hija que no puedo ver/ en mi cadáver/ que no cobijará tu tierra”. (Enrique Octavo, Catalina de Aragón)

Tres poemarios imprescindibles: Ábaco, Extraños frutos, Enrique Octavo, de Julieta León editado por Kitzalet (2023) y disponible en formato Kindle en Amazon, es una compilación de tres libros: «Ábaco» (2020-2021), «Extraños frutos» (2012) y «Enrique Octavo» (2010).

La autora comenzó a esbozar apenas un segmento de su autorretrato en este poema dedicado al recuerdo de su nana:

“Pertenezco a una generación/ que soñó envuelta entre sábanas blancas/ cuando digo blancas/ hablo de la albura de todas las nubes/ de la espuma del mar y del helado de mantecado/ de las medias impolutas de las adolescentes/ que van al colegio de monjas/ del encaje de las mantillas del fondo de tus ojos/ de la clara batida del huevo/ del traje de la novia del mantel de las servilletas/ hablo de la alba esencia que conjura mi nana/ cuando de madrugada canta a la ropa blanca/ que pone al sereno en noches de luna/ y sumerge en agua caliente con azulillo y yerbabuena/ cumple ese rito cada siete días/ y cada vez que cambia mi cama/ la contemplo hacer/ como quien asiste a una liturgia secreta/ la ceremonia de los lechos que bendicen sus manos/ estira ella las sábanas/ para que queden ajustadas como una piel/ para que no se vea una sola arruga/ y no me deja que la ayude/ porque dice/ que no es prolijo mi trabajo/ prolijo como ella/ que almidona y plancha las sábanas/ la dejo hacer/ y completo la ceremonia/ al sumergirme en la blancura/ para sentir el olor y el calor de sus manos/ el aroma inconfundible a yerbabuena/ violeta lavanda menta”. (Ábaco, XXV)

En Hoelderlin y la esencia de la poesía, MartinHeideggerexpresa una verdad axiomática: “El lenguaje primogénito es la poesía, ya que es la fundación del Ser. Ahora bien, el lenguaje es el más peligroso de los bienes. Luego la Poesía es la más peligrosa de las obras, y a la vez la más inocente de las tareas”.

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