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Los retumbantes silencios

Alfredo Maldonado

¿Dónde está la toma de posición enérgica, clara, contundente, del Gobierno popular y revolucionario de La Habana sobre el riesgo de vida de su más importante delegado y  apoyo? ¿Y dónde la defensa ardiente de Moscú, gran proveedor de especialistas en petróleo y alharaca diplomática? ¿Y las palabras de aliento de Pekín, están tan seguros de que un presunto relevo de Maduro honrará la deuda colosal y reactivará las fábricas de Yutong y de Chery? ¿Es tan escasa la importancia de los drones de agosto que el muy declarador Donald Trump no haya dicho nada y los europeos sólo exijan una investigación rigurosa?

Cuando los fundadores del chavismo intentaron derribar a Carlos Andrés Pérez, hace ya 26 años, la avalancha de solidaridades a favor de Pérez y contra los insurgentes fue estruendosa, abrumadora, y una de las más sonoras fue del propio Fidel Castro.

Pero un silencio aún más estruendoso es el de la gente. No hay apoyo al que presuntamente –o no presuntamente, según exige el Ministro de Información- iba a morir, sólo hay discusiones entre los pocos que creen que fue un atentado real pero fallido, y la mayoría que interpreta el espectáculo de los drones del sábado 4 como un montaje del Gobierno, también fallidos montaje y Gobierno.

Es que esa misma gente donde se presume que está la gran base chavista está muy ocupada haciendo colas para comprar alimentos o preguntando cuándo llega por fin la bolsa Clap, y en las colas se habla mucho. Hay por ahí un ex policía opositor que aparentemente afirmó haber sido parte de la conspiración y nadie le hace caso, y el escritor y figura de la televisión Jaime Baily anuncia irresponsablemente que él había sido consultado por los conspiradores y hasta había ofrecido comprar y aportar un tercer dron.

El nuevo Presidente colombiano se limita a reforzar la presencia militar de su país en las fronteras por si guerrillas y narcotraficantes, y el que le entregó el mando se mostró más atento al bautizo de su nieta que al atentado contra su colega en Caracas.

Destacaron ausencias llamativas –aunque no tan silenciosas en los días posteriores- que no estaban en la misma tribuna donde hacían de callados espectadores todo el generalato de alto nivel y los jefes de los poderes públicos. No estaban presentes la Vicepresidente Ejecutiva de la República, ni el presidente de la Asamblea Nacional Constituyente ni dirigentes de primer nivel como Freddy Bernal, quizás demasiado ocupados para asistir a  celebrar un nuevo aniversario de la Guardia Nacional Bolivariana, en pleno centro de Caracas. Pero no faltan los suspicaces de siempre que empiecen a preguntar por lo bajo por qué estaban ausentes justamente en ese evento.

Son los mismos que pontifican sobre si fue un atentado real, como afirman los voceros del Gobierno, o sobre la posibilidad contraria, la del astracán. Y hay también quienes murmuren por lo bajo una mezcla, es decir, que en el Gobierno se conocía el propósito pero no se sabe por indicación de quien –aparte del infaltable y mítico G2 cubano, al cual por lo visto no le importaría hacer el ridículo público con el propósito de sembrar la trampa en la que algunos sospechosos caerían-, decidieron “dejarlo correr”.

Puede ser, claro, pero no sólo con el altísimo riesgo de que algo saliera mal y el Presidente y algunos jefazos fueran asesinados, sino, a juzgar por la cara de Nicolás Maduro en los múltiples videos, sin su conocimiento.

Mucho ruido, eso sí, de arrestos casi inmediatos al evento –no lo llamemos atentado ni espectáculo para no molestar a unos y a otros-, tan inmediatos que uno se pregunta si esa razzia policial estaba inteligentemente preparada, y acusaciones tan graves como incluir entre los inventores del intento al propio Julio Borges y una nueva petición -¿cuántas van en este Gobierno?- de alerta roja a Interpol.

Ruido que en realidad suena a silencio tenebroso, a misterio digno de Edgar Allan Poe, Agatha Christie o Georges Simenon, a cárceles de los tiempos aquellos de Gómez y de Pérez Jiménez, para sólo citar a dos de los carceleros venezolanos, pero también, y mucho, a las de Fidel Castro y otros tiranos que no por famosos han sido menos crueles.

Como dijo aquél militar estadounidense después que Gómez ganó la batalla de Ciudad Bolívar: “se ha hecho el silencio en Venezuela”.

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