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¡Los tercos de la guerra!

Hemos hablado de los unos, de los otros y de los radicales, para hacer referencia al dilema discutido en política para el “cese de la usurpación”, sin embargo, persiste una clase de derrotados políticos, que no podemos incluir en las categorías mencionadas, y a quienes queremos llamar “los tercos de la guerra”, que sin intenciones clasistas, son parte de los tercos opositores, que no aceptan su derrota o equívoco político y siguen insistiendo en  no aceptar ninguna forma de paz, sino la fuerza. Es obvio, que son los más peligros radicales.

A estos tercos debemos recordarles, que en sus discursos el venezolano se refiere a Venezuela y a su gentilicio como amantes de la paz; se dice que la guerra en Venezuela solo se justifica para hacer reconocer o recuperar la soberanía y expresa con orgullo, que sus fuerzas armadas solo han salido de las fronteras para libertar otras repúblicas.

En Venezuela el término guerra fue abolido de la Constitución y legalmente solo existe en los textos militares, por ser obvia la función principal de las fuerzas armadas de prepararse para hacer la guerra, aunque eufemísticamente se la justifica como un medio para lograr la paz y, constitucionalmente se justifiquen las fuerzas armadas como un medio para la defensa nacional.

Pero, aun cuando negación o justificación, políticamente el venezolano se ha vuelto guerrero y violento, dando rienda suelta tanto a la palabra como a la acción para, en cualquiera de sus formas agredir al opositor, sea éste adversario o compañero. En la actualidad, la guerra como idea y amenaza está a flor de labios en el presidente de la República. Todas sus acciones políticas y de gobierno las planifica, programa y maneja bajo un criterio militarista. La organización de sus actos de gobierno la hace mediante el empleo de los términos de batallones y teatros para la guerra, y califica las acciones como batallas, concluyendo siempre en el enfrentamiento bélico y para él toda acción es una batalla.

Dentro de este contexto, la práctica de la guerra sucia, ha cobrado fuerza y vigencia, especialmente emprendida por políticos en defensa de sus partidos o de sus copartidarios y desde hace algún tiempo viene siendo el arma más poderosa de los congresistas o asambleístas de cualquiera índole, quienes sin escrúpulos ni medida, la utilizan amprándose en la inmunidad parlamentaria, en la connivencia política gubernamental o en la virtualidad de las redes.

Mientras esto ocurre entre gente del común con poca o escasa preparación académica, el hecho a pesar de notorio, es tomado en un sentido universal, pero cuando se origina o es correspondido por personas de alta investidura en lo social, en lo económico o en lo político, es decir, por aquellas personas a quienes se les califica de líderes de la comunidad, asume notoriedad y pasa a ser centro de atención, de respaldo o de crítica por la opinión pública.

Es práctica común, aprovechar la libertad de expresión, la represión legal y la lenidad judicial, para agredir de palabras o con acciones a todo adversario, como es llamado el venezolano que no esté de acuerdo con las políticas gubernamentales, para de esta manera liquidarlo, al no querer verse envuelto en chismes o acusaciones infundadas, con el riesgo de su desprestigio o daño moral. Es el efecto certero de la llamada “guerra sucia”, que es una guerra sicológica fundada en la mentira.

Desde la Constitución de 1947, fue eliminado el concepto de guerra como medio para la seguridad y la defensa, fundamentándose en la abolición de la acción bélica como medio de lograr objetivos políticos. Se asumen desde entonces los conceptos de “emergencia nacional” y “estado de emergencia”, como formas para movilizar los medios y las fuerzas armadas en funciones de defensa, ante agresiones o “conflictos” externos o internos, que den motivo a la suspensión o restricción de las garantías constitucionales.

@Enriqueprietos

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