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Mare Nostrum

General® Fernando Hormazábal Díaz

Sres. embajadores, Sres. oficiales generales,  directores y miembros de la Academia de Historia Militar, familiares, invitados especiales, estimados amigos, señoras y señores, gracias por vuestra presencia.

Agradezco en primer término a quienes me han precedido en esta presentación y por lo obsequioso de sus expresiones.

Después de una extensa tarea, en parte retroalimentada por publicaciones anteriores de este autor, que me vaticinaban un parto natural, culminó con una verdadera cesárea, producto del celo de los acuciosos y eficientes cirujanos a que fue sometida, y que permitieron el nacimiento de este hijo, sano, fuerte y robustecido, lo que sin duda irá en beneficio del lector.

Llegó así, a feliz término esta investigación, producto de largos años de búsqueda y actualización de antecedentes. Por este motivo, mi primera obligación es expresar mis agradecimientos a quienes hicieron posible que esta creatura viera la luz. En primer lugar, a Colla, mi esposa, por su inagotable paciencia durante estos cincuenta y cinco años de matrimonio, y en especial por el trabajo que me demandó esta investigación en los dos últimos; al señor general Marcos López, en su calidad de Presidente de la Academia de Historia Militar, que me brindó la confianza y el apoyo necesario para materializar este proyecto; a mi apreciado amigo y ex cadete, hoy Oficial de Reserva del Ejército y miembro de nuestra institución, Rafael González, no tan solo por su extensa y agotadora tarea en la revisión del texto, como también en la diagramación y elaboración de la portada, sino por los valiosos aportes que me hizo, y a Jimena, su esposa, al permitirme invadir su hogar y por las atenciones recibidas; a José Rodríguez Elizondo, que me distinguió elaborando el prólogo, no obstante estar abrumado por el trabajo en que se encontraba, culminando la última obra de su exitosa saga, Todo sobre Bolivia; al embajador Jorge Canelas, además de sus acertados consejos, por el valioso aporte en la presentación de ésta, y a Rafael Mellafe, el editor, quien me sugirió entre varios nombres, el de “Mare Nostrum”.

El subtítulo, “Respondiendo a Evo…..Morales” es de mi autoría, por cuanto constituye una repuesta al Libro del Mar, profusamente difundido a través del mundo diplomático, producto de un amplio y bien concertado plan comunicacional de la nación hermana. La pausa recién hecha, después de pronunciar la palabra Evo, la hice ex profeso, emulando al Santo Padre -con el respeto que merece mi condición de católico observante-, ya que el mismo reconoció su intencionalidad en la pausa hecha durante el discurso oficial en su visita a Bolivia, al mencionar el asunto del mar. Olvidando que además de ser el vicario de Cristo, es jefe de Estado, y que en tal jerarquía, no podía intervenir en los asuntos de otros Estados, especialmente cuando el conflicto se encuentra radicado en La Haya.

El nombre primitivo excluía el apellido Morales. Pero los sabios y atinados consejos de amigos, me hicieron desistir de él, para no restarle seriedad a la obra, no obstante que los impresores eran de opinión de conservarlo, por ser más llamativo. Sin embargo, de persistir habría dado la impresión de estar festinando al mandatario boliviano, o quizás lo habría hecho no siendo esa mi intención…. ¿O tal vez lo era?  Fastidiado de tanta ofensa y de los reiterativos y virulentos ataques contra nuestro país en cuanta ocasión se presenta. Ya me imagino como vendrá el próximo 23 de marzo, “Día del Mar”, a escasos días de haber presentado su réplica ante la Corte de La Haya. Posiblemente, este haya sido el verdadero interés de viajar a Cuba para superar el problema que afecta a su disfonía y estar en condiciones de continuar su ofensiva verbal.

A propósito de esto, Evo Morales, según recientes declaraciones, expresó que prefería ser llamado así, lacónicamente, Evo a secas, pero que ya se ha ido acostumbrando y le complace de sumo, que en la actualidad le llamen Presidente, y al parecer mucho más extenderlo por tiempo indefinido, a juzgar por el reciente y multimillonario museo de la Memoria de Revolución Cultural, erigido en su pueblo natal, de muy escasa población.

MARE NOSTRUM, fundamentalmente, pretende desvirtuar o terminar con una serie de mitos, que por más de un centenario Bolivia ha persistido en sostener, responsabilizando a nuestro país que su falta de desarrollo y progreso, se debe a la carencia de un litoral soberano, el que le fuera arrebatado por Chile tras una cruenta lucha de conquista, despojándola de ricos territorios que han significado la prosperidad para el nuestro: “La situación económica de Chile se debe a los recursos que se le robó a su país tras la guerra del Pacífico”, Álvaro  García Linera,  vicepresidente de Bolivia en un acto público en La Paz.

Apoyada en una variada y amplia fuente bibliográfica, no tememos en afirmar que el  primer mito, es que Bolivia nació con una costa que se extendía desde el río Loa hasta el Río Salado, aproximadamente en los 25º. Sin embargo, la variada documentación indagada, incluyendo la boliviana, en parte alguna hace mención a disposiciones de la Corona de España, cartografía oficial u otro documento colonial que avale tales límites, y de existir, obviamente habrían sido mencionados en el libro  que confrontamos. Por el contrario, en nuestra pesquisa sustentada en valiosas fuentes de la historiografía y en las acciones del ejercicio soberano hecho por los gobernadores del reino de Chile durante la Colonia, no deja lugar a dudas que Chile siempre limitó con Perú en el río Loa, a pesar que el Tribunal de la Haya, tanto en el conflicto sobre la limitación marítima con Perú, como en el actual, haya expresado lo contrario, sin que a la fecha nuestra defensa haya cuestionado dicha afirmación, lo que a nuestro parecer constituye una seria omisión.

El escritor boliviano, Gumucio Granier, en su libro Estados Unidos y el Mar Boliviano, tampoco hace alusión a ellos, tan solo fundamenta su tesis en la información proporcionada por dicho Gobierno, en documentos que tienen como fuente las investigaciones y respuestas dadas por nuestras autoridades a cuestionarios presentados por comisionados americanos, cuando aún no se enfriaba el fragor de la victoria en el campo de batalla de Maipú; no se consolidaba la organización administrativa y el orden interno de la naciente república, poniendo en evidencia una vez más el interés de dicha nación, que me abstengo de calificar en esta ocasión, pero que es fácilmente deducible durante el relato del presente estudio.

La segunda ficción, es que Chile invadió su país sin declaración de guerra previa y sin recurrir al arbitraje, motivada por una sed de conquistas territoriales y que su nación se vio obligada a recurrir al tratado de alianza defensiva con Perú. Obviamente, se descarta el hecho que fue Bolivia quien primero declaró la guerra a Chile.  Al respecto, el gobierno chileno jamás pretendió eludir el arbitraje, insistió en él y solo ocupó el territorio boliviano después de haber agotado los esfuerzos diplomáticos. Para Bolivia, mientras negociaba con Chile el pacto de 1874, el tratado secreto urdido siniestramente con su aliado, al cual estuvo a punto de sumarse Argentina -cuyo congreso ya había autorizado un importante incremento en su presupuesto de Defensa, para hacer frente a la eventual contingencia- era una carta de garantía que le daba seguridades para incumplir el mencionado tratado, donde Chile en aras de la hermandad y del hispanoamericanismo aún presente, pese a la amarga experiencia sufrida por la guerra con España, una vez más hizo gala de una condescendencia extrema, al ceder desde el río Loa hasta el paralelo 24.

El tercer mito, es que tanto el Pacto de Tregua de 1884 como el Tratado de 1904 les fueron impuestos por la fuerza, por la amenaza constante de continuar la guerra. Mare Nostrum, devela la inconsistencia de tales afirmaciones, por cuanto en la preparación y redacción del Tratado de Paz de 1904, participaron dos diplomáticos bolivianos, quienes entregaron en 1902 una propuesta al presidente de Chile, Germán Riesco. Fue defendido apropiadamente fundamentado y con éxito por el negociador boliviano ante el Congreso de su país; y apoyado con entusiasmo por toda la prensa boliviana. Poco después, dicho tratado fue enarbolado como bandera de lucha en las elecciones presidenciales por el General Ismael Montes, quien obtuvo una victoria aplastante, que no había tenido precedente en la historia de Bolivia. Le sucedió el ex canciller Villazar y en 1913 fue reelecto el general Montes.

La siguiente entelequia, son las aseveraciones del “Libro del Mar” que la carencia de litoral, supuestamente arrebatado por nuestro país, es la causa de su atraso económico, falta de desarrollo, deterioro de su comercio exterior, bajo nivel de ingresos, interferencias de su transporte y alto costo, y como consecuencia de todo ello, el bajo índice de desarrollo humano. Basa sus afirmaciones, extrapolando a la situación de Bolivia, el contexto general de los países africanos sin litoral, al incluir estadísticas de organismos internacionales, que en estas naciones, constituyen un factor determinante. Pero no se puede prescindir en un análisis objetivo, que estos pueblos tienen un historial de guerras fratricidas; que las colonizaciones europeas no produjeron los mismos efectos en todos ellos, o bien, algunas naciones alcanzaron su independencia no estando suficientemente maduras, y muchas de ellas han pasado y siguen sufriendo periodos de largas e incruentas guerras tribales, padeciendo hambrunas, pestes y otras desgracias.

Obviamente, el texto de Evo Morales, no menciona que la situación particular de Bolivia es muy distinta a la mayoría de dichos países sin litoral, puesto que ella ocupa una situación privilegiada en el corazón América del Sur; goza de cuantiosos y variados recursos naturales, y no obstante que su territorio representa tan solo el 0,2% de la superficie mundial, sus bosques alcanzan alrededor del 3,5% de las arboledas del mundo. Bolivia, se ubica entre los quince países que cuentan con la mayor diversidad biológica del planeta. Posee una extensa red vial, ferroviaria y fluvial, que le permiten acceder tanto al Pacífico como al Atlántico, haciendo uso de las facilidades aportadas por todos los países vecinos. Su distancia a la costa es infinitamente menor que la de muchos países africanos sin costa, algunos de los cuales deben pasar por dos o tres Estados de Paso para acceder al mar y recorrer distancias de miles de kilómetros; privados por otra parte de las numerosas facilidades como las que Chile ha otorgado y otorga a la nación altiplánica, anticipándose en más de cuarenta años a la Convención del Mar.

Si bien, la carencia de mar soberano, es un factor a considerar, no es determinante. De las 44 naciones sin litoral en el mundo, según el Informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, año 2015, el 20% han alcanzado un IDH Muy Alto; el 18% con un IDH Alto; el 25% un  IDH Medio, y el 36% con IDH Bajo. Bolivia se encuentra en los países con IDH medio, después de 20 países sin litoral. Encabeza este grupo, Botswana, nación africana, que obtuvo su independencia tan solo en 1966, y para alcanzar la costa en Sudáfrica, Ciudad del Cabo, debe recorrer una distancia de 1500 km. Es importante además consignar que según el índice de percepción de la corrupción, Bostwana ocupa el lugar 35 en el mundo y Bolivia el 113; Chile por su parte ha descendido al 26.

Basados en estudios comparativos de países con y sin litoral por continentes, demostramos que muchos de los países mediterráneos en tales regiones, superan en los índices del producto de interno bruto per cápita e índice de desarrollo humano a quienes gozan de acceso soberano a la costa.

En otro ámbito de ideas, las acusaciones de reiterados incumplimientos por parte de Chile al tratado de 1904, han sido desvirtuadas por nuestra Cancillería caso a caso, cuyas respuestas incluimos en la presente obra. Existe, sin embargo, bajo mi percepción, algunas imperfecciones que son necesario corregir en algunos servicios que han sido afectados producto de movilizaciones sociales, tanto en algunos puertos como en el Servicio de Aduana, dando lugar a recurrentes acusaciones por parte de Bolivia y causando además un grave daño a Chile.

Sin perjuicio de lo anterior, nos permitimos observar que nuestros esfuerzos comunicacionales han sido mezquinos, permitiendo que Bolivia aparezca ante el mundo entero como una nación mártir, concitando su adhesión, lo que el día de mañana puede influir en los jueces del tribunal internacional, de cuyos discutidos e incomprendidos fallos ya hemos sido víctima.

Finalmente, no puedo dejar de expresar algunas reflexiones, pese a algunos consejos que he recibido al respecto, pero dejaría de ser yo de no hacerlo, aun cuando reconozco, que en mi pasado profesional me trajo más de un costo, de lo que sin embargo no me he arrepentido, como tampoco lo espero ahora.

En efecto, en relación con el manejo histórico de nuestras relaciones exteriores, señalo algunas consideraciones sobre su estructura orgánica, que trascienden al ámbito de su conducción y operatividad, como ha sido denunciado recientemente por destacados ex miembros de nuestro cuerpo diplomático. La falta de rigurosidad por los sucesivos gobiernos -en forma transversal, incluyendo al que yo contribuí en diferentes tareas públicas- para apoyar la carrera funcionaria, especialmente en las nominaciones de nuestras representaciones diplomáticas, al omitirse la jerarquía necesaria, y designando en ocasiones a funcionarios ajenos a ella, quienes al no gozar de las competencias necesarias en más de una oportunidad lo han dejado en evidencia, con repercusiones nefastas para nuestra diplomacia, mereciendo la reprobación de la opinión pública. Pensando en voz alta, me he preguntado ¿Por qué razón, no aprovechar ese enorme capital humano, de sólida experiencia profesional en el arte de la diplomacia y disponer de él por mayor tiempo? como sucede por ejemplo, con ciertos jueces y en el Consejo de Defensa del Estado, evitando así nominaciones de personas ajenas al Servicio Exterior.

En particular, estimo que existen otras fuentes y medios para compensar valiosos servicios prestados a la función pública, aun cuando por nuestra formación castrense, basada en estricto rigor en el acatamiento fiel a nuestras obligaciones, sin otra satisfacción que el deber cumplido, no la esperamos ni la anhelamos. Por ello, según mi modesto parecer, la tarea diplomática requiere de la dignidad y del reconocimiento a su estatus profesional, en la trascendental tarea de llevar a cabo una Política de Estado, en la que no hay lugar a particulares puntos de vistas, ideologías, ni visiones partidistas.

Muchas gracias.

Fernando Hormazábal Díaz

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