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Medicina anodina

Debo confesar que estaba muy mortificado con la promesa gubernamental del «revolcón» para el 1º de mayo. Pero no hubo tal y los pensamientos ominosos sobre la salud del venezolano y el camino de la medicina pública y privada en el país, regresaron a mi mente como una tormenta más de las que padecemos en estos días. Sí, porque si algo se ve deteriorarse con rapidez es la atención a los enfermos.

Todos los días y a todas horas escuchamos y leemos informaciones sobre las carencias de insumos médicos y quirúrgicos, la paralización de servicios asistenciales por deterioro o falta de equipos y de médicos, y la imposibilidad de reparar equipos por falta de repuestos.

Por la negligencia, el rezago y la implementación de políticas inadecuadas a las necesidades sanitarias venezolanas, se han ido fuera del país muchos médicos, tantos que su ausencia ha generado crisis de asistencia en hospitales y centros de salud.  Crisis agravadas por la presencia de los médicos integrales, cuya formación es incompleta, superficial y peligrosamente desprovista de conocimientos básicos y experiencia asistencial.

Se puede estar sin la medicina moderna, por supuesto. La naturaleza siempre hará su labor con la mayor eficiencia, como le corresponde, pero la medicina ayuda, estimula y a veces la sustituye con ventaja. Los médicos son una necesidad ancestral. Cuando el hombre fue capaz de reconocerse a sí mismo y como sociedad, hubo quien favoreció y alivió los procesos naturales relacionados con la salud y la muerte. Desde los curanderos, chamanes, piaches e iluminados, hasta los médicos actuales todos hemos tenido la misma función: aliviar y ayudar a bien morir; curar es palabra y acto que no siempre alcanzamos.

Por supuesto que es mejor saber medicina y mientras más se estudie y se sepa, más se podrá ayudar al paciente. No basta la buena intención y el acercamiento empático con el paciente, también hay que saber que hay algo más que hacer. La época en que Teofrasto, médico y filósofo, alumno y sucesor de Aristóteles, decía con seguridad y certeza que «El sonido de la flauta curará la epilepsia…», no debe volver jamás, aunque estemos hoy cerca de ello al no contar con tecnologías actualizadas ni medicamentos e insumos quirúrgicos básicos y necesarios.

Evitaremos hacer medicina como la que practicaban y practican los piaches y otros curanderos, basados en el uso de ‘humos, soplos y bramidos» y también la importada de Europa en la época colonial, como el uso de pócimas y elementos curiosos de la naturaleza a los que se consideraba dotados de propiedades curativas o paliativas, como la piedra bezoar, que suele encontrarse en las vías digestivas y urinarias de algunos mamíferos y se utilizaba en el tratamiento de la melancolía y algunos males del corazón, que, ante la actual escasez de medicamentos psiquiátricos, sería fantástico, si sirviera para algo más que adorno.

El sistemático proceso de desvinculación del pueblo con los médicos y la medicina, malponiendo a los pacientes en contra de sus cuidadores, exigiéndoles atención y servicios con despótica actitud y fomentando la agresión y el maltrato al profesional que por su vocación todavía permanece en su puesto, trabajando sin ayudas materiales y por remuneraciones inferiores al salario mínimo nacional, han logrado desestabilizar la atención médica tanto en salud como en enfermedad y nos han sumido en un pozo sin asideros cuya profundidad es solo medible en términos de años y decesos por inatención o atención inadecuada e insuficiente.

Llegamos a practicar una medicina brillante en calidad y útil en términos de atención pública, pero hemos caido estrepitosamente, como una fantasiosa máquina del tiempo, a etapas ya superadas del empirismo mágico, pronto estaremos haciendo una medicina, otra vez anodina, por insignificante, ineficaz e insustancial, como dice el diccionario.

Como última y permanente recomendación ante la escasez de medicinas y alimentos, recuerdo a todos aquel viejo proverbio: «Quien quiera vivir sano, coma poco y cene temprano»

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Un comentario

  1. Por los vientos que soplan, si esto empeora (lo que es de por sí ya difícil, los rojos han roto sus propios récords de incapacidad, corrupción y desvalijamiento), llegaremos a ver a los brujos chavistas, como directa consecuencia del culto al Charlatán Eterno iniciador de este apocalipsis, aplicando ungüentos de CERA. Así cada paciente experimentará la sanación que deriva de untarse una porción mínima del objeto primordial de CULTO en la nueva religión castrochavista, una versión de la hostia de harina de trigo que representa al cuerpo, que en el caso de la creencia proselitista transmutó en cera, y es escoltada las 24 horas allá en la «montaña». La sangre ya sabemos que en todo evento del oficialismo se traga en cantidades industriales, la caña divina, no la de vino, mientras menos destilada y más barata, mejor. Dante ni siquiera intuyó esta variante del Infierno, de haber tenido un atisbo del socialismo del siglo 21, habría añadido un capítulo a su famosa obra.

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