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Mi visión del fraude del 6-D

Escribo esto el domingo en la mañana, por lo que no tengo informaciones ex post facto.  Sin embargo, no hay que ser muy avispado para predecir lo que va a pasar en las “elecciones”.  Que el régimen, auxiliado por los alumnos de Tibisay que desmandan en el ministerio electoral del usurpador, va a cantar victoria contundente.  Que en los diferentes estados, aparecerán como ganadores un bojote de figuras del régimen que fueron “importados” desde Caracas y colocados de primeros en las listas, para seguir los mismos con las mismas, como dice la guaracha.  Pero, hagan la prueba, entréguenles las llaves de un carro a cada uno de ellos y díganles que los lleven a un sitio emblemático (una iglesia, una plaza, un puente) de esa capital interiorana.  Se quedarán estáticos.  Porque no saben dónde quedan.  Haría falta una reforma en la ley respectiva para que a los candidatos se les exija que prueben su residencia por los últimos cuatro-cinco años en el estado que van a representar. 

Y que se cumpla.  Porque la Ley Orgánica del Régimen Municipal trae la provisión de que los candidatos a alcalde debieran haber residido tres años en el municipio que aspiran regir.  Pero ni Tibisay primero, y sus discípulos/herederos después, le pararon a la norma.  De hecho, bastante se denunció que los hoy alcaldes de Valencia, Naguanagua y otras ciudades carabobeñas nunca habían vivido en esos municipios; que eran imposiciones del Drácula de a locha que desgobierna en Carabobo.  Y ahí están, muy orondos, nulidades engreídas —como las que describió Romerogarcía a finales del siglo XIX—, esperando la voz del amo para arreglar un semáforo, tapar un hueco, reponer una luminaria en la calle.

También es fácil pronosticar que en las casas de los pocos alacranes que el régimen deje ocupar curules va a haber celebraciones con licores importados, de los buenos, de los que antes tomábamos todos.  Pero que ahora están restringidos a los paladares de los rojos-rojitos y sus adláteres —que es lo que son, en fin de cuentas, los alacranes.  Tienen con qué comprarlos, porque les llenaron los bolsillos con imágenes de Benjamín Franklin.  ¿O es que hay alguien tan inocente que crea que eso fue gratis?

 ¿Qué va a ser distinto?  Que no van a poder, como en otras elecciones, poner por televisión tomas de años anteriores —cuando los de mentes más sencillas, enceguecidos por el verbo iracundo y sedicioso de Boves II, acudían en masa a votar— porque serían descubiertos al mostrar a la gente sin mascarillas.

Quienes tienen algo en la cabeza se abstendrán de acudir a los “comicios” convocados ilegalmente por el régimen y sus cómplices.  Pero no será una abstención pasiva.  Acudiremos en masa a emitir nuestras opiniones y a contestar las tres preguntas de la Consulta Popular.  Primero, del siete al once, desde casa, respondiendo vía Internet el cuestionario; después, el doce, asistiendo en masa a los puntos de concentración que han sido seleccionados cerca de nuestras residencias.

Organismos tan diferentes como los integrantes del Consejo Académico de la Universidad Metropolitana, los obispos de la Iglesia Católica, los individuos de número de las diversas academias venezolanas son coincidentes en que está más que demostrada la gruesa ilegalidad de la convocatoria a “elecciones”.  Personas muy disímiles en sus quehaceres y objetivos, pero todos dotados de un razonamiento claro, erudito en la mayoría de los casos, que les hace ver la responsabilidad que tienen de guiar a la ciudadanía hacia una Venezuela mejor que la actual.

Entre otras cosas, señalan que existe “que las posibilidades de una expresión fidedigna de la voluntad ciudadana están enormemente restringidas por una serie de hechos agravantes en el pasado reciente”, como son: 1. La utilización espuria del Tribunal Supremo (omito lo de “Justicia” porque ellos no saben lo que es eso) para el nombramiento de las autoridades electorales, pasando por encima de la Asamblea Nacional, único poder que tiene asignada esa atribución según la “mejor Constitución del mundo”.  2. El empleo abusivo, ilegal de los recursos del Estado para ejercer presiones indebidas sobre el elector para que vaya a votar, obligado, so pena de perder la caja CLAP, los bonos por la dizque “guerra económica” y demás canonjías con las que han tratado de comprar la voluntad del sector menos afortunado de la sociedad.  Bien claro lo alertó el capitán Hallaca —verde por fuera, guiso por dentro—: “el que no vota, no come”.  3. El descarado secuestro de los partidos políticos de más arraigo, nuevamente por arbitrariedad caprichosa del ministerio judicial del régimen, la designación de nuevas autoridades en ellos (todas complacientes y hasta cómplices en ese delito) para asegurarse una “oposición” de quince y último que les lave la cara en la escena internacional. Que no van a poder, porque los países serios ya saben que esto no pasa de ser una sinvergüencería.  4. La modificación caprichosa y por quien NO tiene la potestad de las leyes electorales —siendo que estas no pueden sufrir reformas a menos de seis meses de unas elecciones— para aumentar el número de diputados a elegir (pasando por encima de lo que dice la Constitución), para adaptar el calendario electoral a sus necesidades, no a lo que es debido.  5. El sistemático rechazo a dejarse observar por representantes serios de países también serios, inventando la figura de un insípido “acompañamiento”.  ¿Y quiénes son esos acompañantes?  Pues amiguitos que se desviven por complacerlos, gente que piensa afín al régimen.  No individuos que vayan a denunciar las abusivas ventajas que planificaron y han puesto en marcha el obeso nortesantandereano y sus secuaces.  Por lo menos Cuba —que no sabe lo que son elecciones de verdad— tuvo la decencia de no mandar un “acompañante”.

Se me acaba el espacio.  Solo me queda lo suficiente para decir: por eso, y muchas cosas más (como cantaba Luisito Aguilé) es que no pienso salir de mi casa hoy domingo seis de diciembre…

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