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Muchas manos en la olla ponen el caldo morado

Egildo Luján Nava

Barbados, bella isla caribeña, es una Nación independiente de la Mancomunidad Británica. Y hoy 4 de agosto de 2019 es la anfitriona de un  nuevo intento de negociación y Acuerdo entre la oposición y el Gobierno venezolano iniciado por Noruega. Inicialmente, se reunieron en Oslo, la  ciudad capital, y ahora están dándole continuidad en otra ciudad capital, Bridgetown, Barbados, en el Mar Caribe.

Para esta fecha, los ciudadanos venezolanos son muy escépticos con respecto a la posibilidad de que se produzca algún resultado positivo  durante estos encuentros. Es, quizás, el efecto de lo que se inició en  2014. Porque, luego de cuatro intentos, los encuentros se han promovido con el fin de concluir en resultados definitivos, y nada ha sido posible.

La primera reunión se efectuó en Caracas, con 22 representantes, 11 por cada bando, y el mismo no pasó de ser un encuentro para un intercambio de dimes y diretes; de acusaciones y señalamientos. No se llegó a nada.

Luego, el 13 de septiembre del 2017, hubo un nuevo intento en Santo Domingo, República Dominicana. Se crearon nuevas esperanzas y expectativas entre los ciudadanos, únicos y verdaderos  dueños del país.

En República Dominicana, hubo dos árbitros internacionales: el ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, y el Presidente Dominicano Danilo Medina. Fueron figuras que, durante su desempeño mediador, si evidenciaron un efecto apreciado, fue su  dudosa imparcialidad. Los representantes de la oposición y del régimen se reunieron un par de veces y, entre acusaciones y señalamientos, fracasaron entre ambas partes, fracasaron nuevamente.

En mayo del 2019, el Reino de Noruega, como país neutral y con amplia experiencia como mediador internacional, asumió el exigente reto de promover un acercamiento entre las partes. Se ofreció para hacer posible el inicio de un diálogo que no cerrara con un nuevo fracaso. Invita a las partes a negociar. Y luego de varios días en Oslo, sin ningún resultado conocido, pero sí con un bien administrado y misterioso silencio sepulcral, además de muchas conjeturas, se decide trasladar la continuidad del diálogo a otro escenario.  En este caso, a la bella isla caribeña de Barbados.

Al 4 de agosto del año en curso, han transcurrido más de dos meses desde que comenzaron estos prolongados encuentros, primero en Oslo y luego en Bridgetown, sin que se tenga nada concreto. Una vez más, tan sólo conjeturas sacadas de multisápidas bolas de cristal.

Ninguna de las partes ha ofrecido detalles. Sólo se escuchan amenazas y el anuncio de que hay más presos políticos, represión y, lo más lamentable, que el hambre no cesa. Por el contrario, crece. Tanto como el desespero ciudadano poblacional. Adicionalmente, la producción nacional es cada día menor y la inflación, que pareciera reducirse, sin embargo, galopa libremente y  ahoga al ciudadano y a su familia. Dicho grupo no puede satisfacer sus necesidades básicas. Imposible hacerlo si no sólo andan con los bolsillos rotos. También andan desesperados, desesperanzados y planteándose la posibilidad de huir de su país; incrementar la diáspora.

¿Será que la dirigencia política, al igual que las organizaciones partidistas de ambos lados ya no gozan de credibilidad?. Para los venezolanos que no guardan relación directa con el ejercicio del poder, ante sí, sólo hay dos grupos que patalean para mantenerse en el poder. Pero, además,  sin querer reconocer las condiciones precarias en las que se encuentra el país, al que perciben a merced de intereses ajenos, como de la presunción de que pueda perderse como consecuencia de las apetencias de dominio de que hacen gala esos supuestos aliados, también interesados en hacer posible que “su” representado o protegido se mantenga o alcance el poder.

¿Quiénes son los únicos y verdaderos dueños del país?. ¿Es que acaso no son sus ciudadanos?.

Evidentemente, como lo revelan todas las encuestas confiables, esos dueños del país son los mismos que quieren un cambio. Y lo quieren en el ejercicio del poder; asimismo, en la fundamentación ideológica que se insiste en imponer y mantener. Los únicos con derecho a decidir sobre su destino, sin duda alguna, son los ciudadanos. Es decir, los millones de individuos que,  bajo un concepto democrático, insisten en que hay que convocar a la celebración de unas elecciones extraordinarias, apoyados en el desempeño de  un Consejo Nacional Electoral imparcial y con una estricta veeduría internacional.

Obviamente, estima dicha ciudadanía que esas elecciones no pueden realizarse bajo el mandato del actual régimen. Para ella,  es necesario nombrar una autoridad suprema que, a corto plazo, atienda la crisis humanitaria y sus evidentes problemas de hambre, salud, seguridad y abastecimiento. Pero, además, que lo haga  contando con la voluntad ciudadana y el apoyo internacional, para luego convocar a elecciones generales, con miras a restituir el orden con un nuevo y democrático régimen constitucional.

Desde el esperanzado proceso de diálogo que se inició en Noruega y que persiste en Barbados, emerge un razonamiento angustiante en la población. Y se trata de que de no actuarse en atención a la gravedad de lo que hoy está planteado ante los ojos de propios y extraños, el país seguirá hundiéndose en el desespero y la miseria. Y, de igual manera,  continuarán dándose a conocer denuncias internacionales contra personeros del régimen y provocándose el aislamiento cada vez mayor de los venezolanos.

Que las denuncias generadoras de sanciones sean verdaderas o falsas, sólo la historia las pondrá en blanco y negro. Pero, hasta que se llegue a ese sitio,  en el ínterin, es el país el que sufre de desprestigio y de hambruna.

Cada día que pasa, aumenta las posibilidades de una salida cruenta que  únicamente  avivará la ira sobre los posibles acusados como culpables o responsables. Al que se le comprueben delitos, las consecuencias serán más inclementes. No habrá perdón ni amnistía para los culpables. Será un final dramático.

Desde luego, aún se puede llegar a un acuerdo civilizado y evitar una tragedia histórica y finalizar con armonía y en paz. Pero se necesita mucho más que la experiencia Noruega. Se requiere la voluntad de ir a soluciones de parte de los venezolanos involucrados en el proceso; la viabilidad de cada decisión; el cumplimiento de lo acordado; el acatamiento internacional a no ausentarse de la obligatoria vigilancia de evitar que un eventual paso en favor de las soluciones, termine convirtiéndose en un nuevo fracaso.

Recordemos la Proclama del Libertador Simón Bolívar: «Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro».

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