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MUD: Mal Uso Dedocrático

Es imposible iniciar cualquier consideración sobre la actual situación venezolana y no pensar en la profunda crisis económica en la cual hoy naufraga el país.

Hábilmente, desde las esferas públicas se trata de convencer a la población que todo obedece a la caída del precio del petróleo. Y los que se han atrevido a hacerle un seguimiento histórico al hecho, lo aceptan. Pero no lo digieren sumisamente. Es verdad, la producción petrolera ha jugado un papel estelar en el ajedrez económico, social y político de los últimos cien años de la nación. Inclusive, cualquier alteración en el precio del petróleo a nivel internacional, como su volumen de producción o accesibilidad afecta las cuentas públicas; es lo que se ha visto en repetidas oportunidades, por conflictos internacionales, especialmente en el Medio Oriente.

Sin embargo, petróleo como negocio competitivo es también sinónimo de eficiencia administrativa. Y cuando se llega a esa analogía, emergen los factores éticos y morales que han estado ausentes en la base rectora de dicha administración durante los últimos 16 años. El dispendio y la corrupción nunca más podrán estar ausentes en la valoración objetiva del hecho destructivo de la industria petrolera venezolana.

No es verdad que el grave problema de la industria petrolera venezolana lo solucionará el aumento del precio de la gasolina. Tampoco el obsceno déficit de caja que exhibe Pdvsa. Y hasta que la fundamentación estructural del problema no se supere integralmente, dicho cuadro general continuará afectando la economía nacional, con la misma reciedumbre que lo hace sobre su principal industria. Desde luego, todo es superable. Pero eso podrá producirse solamente cuando la economía pase a ser el propósito medular y determinante de la gestión pública. Mejor dicho, cuando los venezolanos se ocupen de implementar una eficiente diversificación de la producción interna, y derroten el sometimiento cultural parasitario de que el Estado tiene que ser dueño y amo de la producción, de la distribución y de la libertad ciudadana en el país. Porque en un país en el que todo dirigente político se siente ser un salvador de la Patria, un benefactor colectivo con dinero ajeno, es imposible creer en que los dineros públicos no son el instrumento ideal y apropiado para la salvación, el medio para que el “pueblo” reconozca al Estado como su dispensador, y al administrador de turno como el “verdadero líder popular”.

Hay que admitirlo: desde siempre, esto último es lo que predomina en la esencia misma de la hoy maltrecha Democracia. Es la savia ideológica que alimenta a la mayoría de las organizaciones partidistas del país. Se deduce, obviamente, que la tarea de la modernización del enfoque político es exigente, comprometedora y hasta retadora. Implica la anulación del populismo como el verdadero constructor del ADN político venezolano. No hacerlo debidamente imposibilita que Venezuela salga del marasmo en el que se encuentra hoy. Marasmo que se traduce en que Venezuela es el país líder del mundo con la peor economía para hacer negocios.

Y es así porque existe una multiplicidad de causas para que eso suceda, que son identificadas y evaluadas en el seno mismo de los mercados, pero que poco ruido provoca en la conciencia de quienes detentan el poder. Lo más grave es que también poco le importa a una parte importante del liderazgo político nacional que pretende ejercer ese mismo poder, y en atención a lo cual privan más ego, astucia, capacidad justificadora de maniobras, antes, por supuesto, que el ejercicio participativo de los ciudadanos.

Como en el resto del mundo donde se suscitan conductas similares, aquí hoy se llega a considerar si acaso el ejercicio de la política en Venezuela no está contaminado por el virus del «Poder», signado realmente por un evidente corte autoritario o un abusivo maniqueísmo justificador de componendas, mientras se apela a un barniz de falso enfoque democrático. Y esto viene a propósito del aún fresco episodio promovido, protagonizado y comandado por ciertas individualidades de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

La MUD ha sido conocida siempre como una instancia creada por los partidos y movimientos políticos identificados como democráticos y opositores al actual Gobierno, para propiciar un cambio gubernamental al que identifica como administrador que opera fuera de contexto constitucional y de rumbo equivocado. Heredó lo que inició la Coordinadora Democrática, y asumió la continuación de años de lucha continua, en procura de la sustitución por las vías democráticas de lo que propios y extraños han identificado como un mal Gobierno. Y, en efecto, ha logrado unir esfuerzos en procura de avances evidentes en los fines propuestos: un cambio de Gobierno. Sin embargo, no ha podido deslastrarse de las incidencias certeras de una especie de plaga endémica, cuando se trata de su curiosa visión del ejercicio del poder. Sencillamente, sigue siendo fácil objeto y sujeto de una multiplicidad de individualidades a la caza del ejercicio del poder; un verdadero agente promotor del respeto incondicional de los privilegios personales, y una expresión burlona de los postulados constitucionales que dice defender.

La MUD nació como una confederación de voluntades para seleccionar los mejores que pudieran dirigir el país. Pero es un ente frágil, que se parcela y se convierte en fácil espacio para que lo predominante sea la lucha de cazadores de poderes; no necesariamente de auténticos servidores públicos.

Es una apreciación y conclusión que se evidencia con la metodología que acaba de adoptar para la selección de Candidatos a la prevista elección parlamentaria, y que lo hace a partir de un desafortunado disfraz de consensos y de acuerdos entre todos sus supuestos integrantes. Pero que, en verdad, termina favoreciendo solamente a unos pocos integrantes, con base en el argumento de que se trata de representaciones partidistas mayoritarias. Una curiosísima mayoría que, entre todos los grandes favorecidos, no son capaces de configurar -incluidos los del actual Gobierno- ni siquiera el 20 % de los votantes que aparecen en el Registro Electoral del país.

Es decir, aquello que funciona como argumento para señalar y acusar al que gobierna, de no vacilar ni sonrojarse cuando se trata de escoger e imponer a “dedo” lo que le viene en gana al identificado “cogollo cupular”, aquí también se practica. Y en vez de seleccionar al mejor liderazgo para competir en las elecciones parlamentarias, y garantizarle a la ciudadanía una eficiente gestión, como superación de tantos males sociales y económicos que acogotan a la población en general, se utiliza el “dedo” seleccionador. Y lo hace para favorecer primordialmente a una elite grupal, a la vez que se hace a un lado –y al mejor estilo gubernamental- la posibilidad de que sea la ciudadanía la que elija a sus candidatos y luego los convierta en ganadores.

¿A qué se debe realmente que ese grupo seleccionado de acuerdo a esa autocrática y antidemocrática metodología, no se manifiesta dispuesto a competir en un proceso electoral primario, en el que la ciudadanía tenga la posibilidad de participar en la escogencia?.

¿Creen sus integrantes que se merecen y están calificados para esa nominación?.

¿ A qué se apela realmente, cuando se promueve la nominación de personas a nivel regional y que no forman parte del liderazgo local, mientras se le da la espalda a los habitantes de dichas zonas geográficas a las cuales nunca han pertenecido? Definitivamente, es un acto político no ético de aquellos que son capaces de frustrar las legítimas aspiraciones de los nativos del lugar, porque, por derecho, son los lógicos, como legítimos competidores para defender sus respectivas regiones.

Definitivamente, es sumamente grave que la Mesa de la Unidad Democrática, identificada con las siglas de la MUD, se haya terminado convirtiendo en la expresión de otro degradante Mal Uso Dedocrático, a la vez que, también sin sonrojo alguno, erosione el concepto trascendente y valioso de la Unidad. Y lo hace llevándose por el medio a los legítimos y quizás mejor ganados derechos a la representación parlamentaria que exhibe un sinfín de líderes nacionales, regionales y locales, mientras oculta debajo de la alfombra su temor a promover la COMPETENCIA EN BUENA LID.

Definitivamente, en el ámbito político venezolano, la meritocracia ofende a algunos, pero también la competencia asusta a otros. Lo sorprendente es que ambos sectores se atrevan a pregonar a diario que son apóstoles de la libertad y del libre ejercicio de los derechos ciudadanos.

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