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Ni matemático, ni historiador, ni filósofo: Acontista

A los generosos  periodistas del Zulia

La generosidad, magnanimidad, bondad de los periodistas que me honran con sus entrevistas, suelen presentarme como matemático o como historiador o como filósofo y otros, no menos mejores, como poeta, escritor, profesor universitario  o algún otro adjetivo  que, a sus pareceres,  yo completo la oración copulativa, Américo es…  Obligado estoy a precisar, primero, lo que no soy.  Pues bien, empiezo, No soy matemático.  El matemático es un ser especial, trabaja y produce  con lo que no existe y por eso en su mundo cabe todo. Las reglas de su hacer son las reglas de su juego, son sus reglas,  y  de acuerdo con ellas hace lo que tiene que hacer y al final, exclama como dios y vio que era bueno. Han sido en este mundo, desde que el mundo existe, muy poquitos.  Y el mundo es creación del hombre, el universo no se sabe de quién, pero puede pensar que es creación de dios o que ha seguido sus propias reglas de hacerse  y deshacerse, de ser y no ser,  pero sea como fuere, sea su fe o la razón, la matemática ha superado todo, no solo ha se ha “entrometido” en el universo, ha tomado injerencia en sus asuntos internos sino que, mucho más lejos,   ha ido incluso más allá de él. Ah! Casi lo olvido, los matemáticos crearon las bases del mundo y los caminos para andarlo.

Mi mundo es en cambio muy chiquito. Mejor dicho a su lado no existe. Cierto que amé mi primer oficio, profesor de aritmética y álgebra, pero, así como el avión vuela y no es pájaro, yo di allí pasos, pero no volé.  La matemática es un pájaro y un  pájaro es verdad y poema. Me ocurre con la matemática que la amo, que escucho sus rumores indiferentes al qué dirán y llamo a mis amigos sabios en matemática para que  me cuenten las historias de aquello en lo que se ocupa la matemática. Siempre quedo en el mismo lugar, ni ellos mismos saben de qué se ocupa la matemática. Un amigo sabio,  de verdad sabio en estos bellos imposibles, me dijo, “la matemática es una mujer infinita, pues,  por ser mujer es imposible conocer su plenitud, porque sus medidas siempre son distantes a lo que ella es,  pero,  por  ser infinita saber de ella está más allá del  horizonte que no se alcanza nunca y más y más lejos se ve”.  No entendí tampoco, pero me gusta la idea.  La matemática se ama como  se ama a la mujer o sencillamente, se ama sin saber a quién y muy menos por qué y para qué. Sin más y sin saber por qué  ni nada, no hay celos, quejas, requiebros, nada, hay sencillamente   insuficiencias, incompletitudes que se buscan vencer. Eso es.

¿Historiador?  Líbrelos dios que yo pudiese ser eso.  Porque si con  el tío aquel puedo repetir “…que no se nada”  tal vez estaría en lo cierto, pero si Sócrates viviera  utilizaría una palaba nueva para decir Nada, porque hoy sabemos que la nada es! Y siendo así, es casi soberbio decir que no se nada, porque quien nada sabe tiene el riesgo de saberlo todo. Pero, la historia es para mí una cosa muy díscola.  Si se tratase de “retratar hechos” que se demuestra su existencia por sus huellas, la cuestión no está en la cámara sino en quien toma la fotografía. Si se la redujese a traducir la realidad al texto,  tal vez sea aún  más complejo, porque la realidad de los hechos humanos es más esquiva, impredecible y, en medio de ese laberinto, además,  se comporta como la otra realidad, la de la “naturaleza” para decirlo mal pero  in extenso comprensible, y “si la realidad fuese igual a su apariencia, la ciencia no tendría  necesidad de existir”, sería innecesaria. La sentencia está muy mejor dicha  por su creador pero me es útil para esto y no la echo a perder ni lesiono su sentido.  Y con las cosas del hombre el problema es mayor, todo cuanto el hombre hace, lo hace  por y tiene un interés, y, entonces,  uno no sabe si la historia  de verdad  descubre los intereses o describe las apariencias de lo que hace el hombre y, cuán poco sabemos del hombre, sólo que lo mueve el placer y el poder.  Y, probablemente, la historia, en cada historiador, es un tanto el displacer de descubrir el poder o el placer de servirlo y  halagarlo.

¿Filósofo? Debería  dejar como por  respuesta, una página   en blanco  o en negro absoluto o un vacío repleto de silencio o el silencio colmado de vacío.  Un filósofo es un ser muy raro, se mete donde no lo llaman, busca el negro en lo blanco y no conforme si algo logra, procede al revés. Su mundo es la filosofía. Y la filosofía nadie sabe qué es porque decir que es amor  a la sabiduría es un limbo  donde el pensamiento  da vueltas sin encontrar respuestas  o hallar las únicas   en las que jamás hay acuerdo. Y, la moza peor se hace cuando dicen que hay  filosofías. Filosofía de la ciencia, del derecho, filosofía política, filosofía de la vida…y mi amiga Petra, a quien hice un poema que  Juan Sampayo convirtió en música, y de quien escuché que “cada uno tiene su propia filosofía, yo tengo la mía, repetía Petra, exultante de belleza y razón, es mi disfrute en cada hombre con  quien construyo la libertad. Y la primera libertad es la decisión de hallarla en cada quien que otro lleva con él y, entonces, concluía, la filosofía  la  hacemos en la cama y cada quien que es sabio es y si nada sabe y nada hace no es filosofo ni la cama lecho de la filosofía”.

Petra se despedía, solía  exclamar, como un epitafio por si no regresaba, “la libertad es la esencia de la filosofía y la palabra es la manera de preservarla. Y existe porque  siempre  existimos dos o más”. Petra se iba,  su voz de despedida  queda en mis oídos como eco indestructible. Mi papa, Ramón, me  hacía regresar.  Petra es la sabiduría, sus amantes filósofos, así hablaba mi papa  como si fuera  Zaratustra.

Quisiera seguir precisando lo que no soy, pero  hube de adelantarme en un  texto, NI Muerto Ni estafador, para dilucidar mi condición de estar vivo   y buscar se me demuestre mi  presunta cualidad de estafador, petición pública para satisfacer la posibilidad de ser gobernador según requisito de la comisión de  la verdad. Y la verdad de esta comisión es la verdad de la comisión que es, además, impoluta, infalible e inapelable.  La verdad es su atributo, como lo son la justicia y el amor,  “yo soy el camino, la verdad y la vida” por disposición y dación del padre de la Prostituyente y la ANC repite  que es verdad.  Y así como el dios de los judíos dijo, “yo soy el que soy” para poder  ser todo lo que es y hacer lo que le viene en gana,  la señora Rodríguez puede exclamar sin ápice ni infinitésimo  de error, “yo soy bella, inmaculada,  soy la verdad y soy la vida, yo soy  el camino a la paz”. El gordo   godo Escarrá, como  avaro voraz, dice amén.

Queden  estas preliminares notas para decirles que soy indio de los timotocuicas,  no se si existieron y nadie ni yo, puede dar testimonio ni aportar datos,  que, irrefutables  fueran,  de sus orígenes, espacios y herederos. Cuentan que esos seres  originarios fueron de Italia, Portugal, algún vasco, de  los cuernos anónimos  que con sublimidad  dispersos crecieron iluminando el mundo. Mientras, los más, nunca fue asunto nuestro saber de sus orígenes,  solo sabemos de ellos que hicieron los caminos, portando sus avíos, sus aperos, sus sueños  y a cada paso borrando  la ruta de regreso.  Si hubiere alguna duda se supera, porque  están en los libros de historias y de cuentos y lo que allí se esculpe y cuanto está en la palabra existe sin importar si fue o si existió, simplemente se queda porque es. Dados esos hechos puedo, eso sí, decir que mis padres, mis hermanos, mis hijos,  mis amigos son en mí y soy un poco ellos según  ellos son, a sabiendas sin yerros,  que ellos son por ellos, su arte, sus poemas, sus amores, sus conocimientos y  sus hechos pero, tal como infiere, no puedo decir que yo soy ellos.  Son en mí y soy también la hechura de bondad de cada quien de ustedes, los periodistas, que sí son, según  son sus oficios y yo según ustedes me bautizan, es un decir su oficio los define. Periodistas.

Mas nobleza obliga oí decir por ahí en los caminos, no porque sea yo noble y esté obligado a probar mi nobleza en las esquinas, en iglesias o bares sino por gratitud a León De Greiff, de quien tome mi oficio de acontista.

Yo, señor, soy acontista.
Mi profesión es hacer disparos al aire.
Todavía no habré descendido la primera nube.
Mas, la delicia está en curvar el arco
y en suponer la flecha donde la clava el ojo.

Debo a ustedes mi gratitud por  invitarme  y al hacerlo, comparten conmigo el riesgo que surge de la delicia de curvar el arco y en suponer la flecha donde la clava el ojo.

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