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Ni tan soberanos ni tan resueltos

De Venezuela se ha hablado en demasía. La historia y la geografía dicen mucho de las maravillas que refieren sus hechos y su territorio. Más no así sucede con otras ciencias que estudian al hombre desde sus potencialidades y capacidades. Y si lo han efectuado, ha sido con ciertos dejos de congoja. Particularmente, luego de advertir que el país ha retrogradado en cuanto a los fundamentos que en otrora configuraban su osadía, su arrojo. Así logró posicionarse en los primeros lugares de los índices que tratan el desarrollo y la transparencia en sus mayores manifestaciones.

Hoy en día, es penoso reconocer que los objetivos de desarrollo económico y social conjurados por los regímenes políticos de los últimos tiempos, especialmente del padecido en lo que va de siglo XXI, se han mostrado groseramente perturbados y perturbadores. 

En aras de tan pésimas realidades que lastiman al país en todas las formas posibles, la inercia de un ejercicio político desprestigiado, por insulso, corrupto e incapaz, ha pretendido cambiarle la fisonomía a Venezuela. Actualmente está derruida. Así la convirtieron. Hallaron en el mote de la “Venezuela de los mitos”, la trampa que encubre las angustiantes verdades que la caracterizan. Es decir, que definen el dolor y penas que sobrelleva su gente. 

Del léxico popular, se ha cuestionado las voces que exaltan algunos estereotipos que aluden al “genio y figura” del venezolano. Solía señalarse, que la generalidad era feliz. Su gente  bella, tolerante, valerosa, afanosa, entre otros positivos calificativos. El lenguaje del venezolano, refería el concepto de “chévere” para expresar lo magnífico que se puede ser de situarse en el lugar donde el provecho resulte una tarea fácil. O que por igual, alude a la comodidad que inspira la vida entre dispositivos propios del último grito tecnológico o de la moda. O porque se conoce a quien cuyo ascenso social ha sido el resultado de un proceso de “apalancamiento político”. 

Tanto se ha habrá paseado entre fantasías y utopías, aquel venezolano que ha guardado en su pensamiento, la figura de algún politiquero o funcionario de acentuadas mañas. El modelo de quien, en poco tiempo, abultó su economía de manera fácil. Todo por mostrarse supuestamente “leal siempre, traidor nunca”. Triste proyecto de vida. Y no son pocos quienes así lo tienen.

Nada más sencillo que dejarse atrapar por mitos aferrados a fantasías o utopías políticas. O a imaginarios vendidos en la bulliciosa “esquina caliente” de cualquier ciudad que ostente ser escenario del zamureo electoral oficialista del momento.  

El impositivo régimen para el cual el oprobio ha estado entre sus recursos de acción, ha sembrado en el venezolano iluso una aberrante cultura política y desfachatado imaginario social. Dada la soberbia que caracteriza su proceder, ha presumido tener el monopolio de la felicidad. Por ello, se atrevió a formalizar una instancia administrativa ejecutiva, con potestad nacional, que se prestaría a atender la “felicidad” como asunto gubernamental. 

No hay duda que equivocó la interpretación de aquella frase del Libertador Bolívar con la cual exaltaba la felicidad como complemento para lograr “el sistema de gobierno más perfecto”. Fue pronunciada en su discurso ante el Congreso de Angosturas el 15 Febrero de 1819.

La idea de conjugar “la mayor suma de seguridad social” con “la mayor suma de estabilidad política”, a decir del Libertador, produjo en el régimen un fallo de graves consecuencias al momento de traducir la susodicha frase. No advirtió lo que envuelve el concepto de felicidad. Peor aún, sigue sin entender que la felicidad es la plenitud de una emoción que logra cada quien en virtud del esquema de vida seguido. 

Desde la perspectiva politológica, la presunción del régimen con base en la frase de Bolívar, no es ámbito político para imponer medidas adoptadas con el concurso de la represión ordenada y ejercida. Ello, sólo podría causar la mayor suma de miedo posible. Además, cargada de las ínfulas para someter a cuanto individuo se interponga en el despótico camino de brutal intimidación que, de modo invariable, recorre el régimen. 

En un país en que el régimen ha moldeado una realidad disfrazada y para lo cual ha plantado “valores” que sólo apuntan a crear la apariencia de una Venezuela de mentira, no cabe el sonido de un himno nacional que canta “Gloria al bravo pueblo / que el yugo lanzó (…)”. Tal como se han perfilado las realidades, los venezolanos son bastantes diferentes de los que encauzaron los enfrentamientos que dieron como resultado la independencia de la Venezuela del siglo decimonónico. Los de ahora, pareciera que no son ni tan osados ni tan exactos. O también, ni tan soberanos ni tan resueltos.

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