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No confundir los medios con los fines

Nos sucede con frecuencia a los humanos eso de equivocarnos en el logro de lo esencial porque nos entretenemos con lo accesorio, o porque creemos que a lo que apuntamos es un fin en sí mismo cuando lo que tenemos en la mira no pasa de ser una senda que nos puede conducir al propósito deseado; o sea, que lo que tenemos enfrente no es sino un objetivo intermedio, para ponerlo en lenguaje militar, que está tan de moda en nuestro sufrido país. Lo pongo más concreto, para intentar explicarme mejor. Todo el mundo habla de lo importante que es ganar las próximas elecciones para renovar la rama legislativa. Y creen que eso es el objetivo final. No, eso es solo un medio de llegar a este. Que no es otro que sacar a los que actualmente mangonean desde el Poder Ejecutivo y que tienen subordinados a otros entes que, teóricamente, son también poderes —y, como tales, independientes en sus decisiones—pero que en la práctica no pasan de ser oficinas subordinadas del mandamás miraflorino y sus alabarderos.

Cae como anillo al dedo la parábola “de los talentos” que se leyó el domingo pasado en las iglesias católicas como parte del evangelio. Ella cuenta de un señor que entregó diferentes cantidades a tres empleados suyos para que se las administraran porque él se iba de viaje. A su regreso, dos rindieron cuentas favorables: habían logrado duplicar el capital que se les había entregado. Un tercero, timorato e inepto —por temer perder en malos negocios el talento que había recibido, o que le fuese robado— lo que hizo fue esconderlo, y esa cantidad fue la que devolvió a su propietario. La respuesta del señor no se hizo esperar: lo apostrofa como “servidor malo y perezoso”, decide que sea retirado de la administración y sea arrojado a “las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes”. Algo parecido es el objetivo final que buscamos: salir de unos administradores ineptos, y hasta peores que el de la parábola, porque recibieron ingentes cantidades de dinero por el aumento petrolero y un aparato productivo funcionando aceptablemente, y lo que hicieron en estos larguísimos dieciséis años fue quebrar el Tesoro Nacional, convertir en eriales los campos de labranza y en áreas desoladas las zonas industriales del país. Por lo menos el administrador bíblico devolvió la cantidad entregada; pero es que estos lo que van a entregar —porque tendrán que entregar— es un país arruinado, una nación empobrecida y unos pobladores (no me atrevo a decir “ciudadanos”) convertidos en pedigüeños y hacedores de colas.

Para el fin buscado, nadie lo niega, hay que asegurarse una mayoría —y si esta es holgada, ¡mejor!— en la Asamblea Nacional. Para asegurarla, hay que tener los mejores candidatos en cada uno de los circuitos y encabezando las listas. Y ahí es donde difieren los líderes de la alternativa democrática. Mientras que una inmensa porción de la población se inclina a escoger a los competidores mediante unas elecciones primarias —que es lo que exige la Ley, no se nos olvide—algunos miembros de algunas cúpulas partidistas le han puesto peros a esa forma de proceder, acusan de fariseos a quienes propugnan elecciones de base, y proponen el consenso. Alegan que eso “otorga ventaja a los candidatos con recursos económicos” en desmedro de otros que no dispongan de estos. Añaden que en esas votaciones, los partidos pequeños solo podrían inscribir a alguien si se hace por consenso; que “en primarias no tienen ninguna posibilidad”. Eso no es tan cierto. En la Asamblea hay —quizás contrariando los deseos cogollales caraqueños— gente que no gastó ingentes dineros pero que era conocida por sus electores. Si los candidatos logran ser aquilatados por sus esfuerzos, si patean la calle, si van pidiendo el voto puerta a puerta, si mantienen la denuncia de las corruptelas oficialistas, pueden (y deben) prevalecer. Con el añadido de que se dieron a conocer desde antes de las primarias, y que quienes los conocieron y votaron por ellos tienen más razones para aparecer votando en las legislativas.

La otra excusa que se ha escuchado y leído es que “no hay tiempo ni dinero para hacer elecciones de base”. Tampoco la comparto. Si no se ponen a marear la perdiz, si no siguen con la procrastinación que sirve a sus fines, si se dedican de lleno a lograr eso que es una aspiración de la mayoría del electorado, debe haber tiempo suficiente. Por lo de la plata, más de una vez hemos colaborado cuando de una causa noble se trata. Lo que hay es que acordarse de —y repetir— esas bonitas jornadas del pasado reciente.

Por el contrario, me parece que quienes propugnan el consenso, lo hacen (empleo las palabras de un amigo), “más por oportunismo ambicioso que por convicción principista”. El consenso puede ser solo un resorte de los cogollos para intentar, mediante negociaciones furtivas, solapadas, colocar en los puestos “salidores” a los suyos, a los mismos nombres de siempre. Y la gente ya está cansada de esas repeticiones —tanto como de ver las mismas caras rotándose entre los ministerios. Es hora de que las agendas privadas de los dirigentes capitalinos dejen espacio para que aparezcan liderazgos nuevos en las regiones.

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