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No tuve eco

No siempre, pero con alguna frecuencia recibo como respuesta a los artículos que escribo y que envío a una lista de correos electrónicos de mi cercanía, una palabra de aprobación. Alguna que otra vez alguien me hace una observación y con menos frecuencia una crítica o incluso una manifestación de desacuerdo.

Mi último artículo referido a la publicidad en televisión del juego y de la apuesta, a pesar de haber contado con la asistencia de Dostoievski solo mereció como respuesta el silencio; y conjeturo que seguramente se debió a la falta de fuerza que es inherente a cualquier prohibición, que no es sino una   restricción a nuestra libertad y por lo tanto se muestra como caprichosa, arbitraria, propia de las tiranías, por lo que recibo el silencio de mis lectores, como una manifestación de tolerancia para con mis impertinencias.

Sin embargo, voy a insistir, porque la televisión que miro se centra alrededor de los deportes y presumo que mis acompañantes en la sintonía de esos canales, sin descartar algunos viejos como yo, son mayormente jóvenes que se sienten atraídos por la competencia que se desarrolla, que muchos de ellos practican y que aspiran poder practicarla con la destreza que ven desarrollarse en la pantalla.

Y allí está la pantalla presentándonos, y particularmente a la juventud presentándoles,  una realidad irrebatible “el gol”, el “home run” el “hoyo” o el “knockout ”; y desde luego todo lo que exhibe la pantalla es el éxito o el triunfo y nos anuncian, más bien les anuncian, pues yo estoy ya demasiado viejo para creer el cuento, que el casino es de ellos, de la audiencia, de los televidentes: “tu casino” así lo llaman, como si no fuera de ellos y no fueran ellos quienes van a ganar; y no satisfechos con afirmar una mentira, rematan afirmando que “para ganar hay que creer”. Lo que en el fondo significa que si ustedes lectores creen lo que ellos dicen ganarán, mientras que quien envía el mensaje, perderá, porque ambos no pueden ganar.

Esta última cita es particularmente reveladora: “Para ganar hay que creer”, porque sería imposible que no creyendo que gana alguien apueste, o al revés creyendo que pierde de todos modos apueste. De lo que se trata es de vendernos la creencia, mediante el método de la repetición del mensaje.

Y alguien me dirá, así lo hacen los vendedores de queso, de jamón, de perfumes, de refrescos, pero replico si se restringe la publicidad de bebidas alcohólicas porque puede conducir al alcoholismo, que pasa con la adicción a la apuesta, a la cual acceden hombres y mujeres en edad madura, pero  los que todavía esa edad no han alcanzado, los jóvenes, los adolescentes y los niños que oyen repetidas veces “para ganar hay que creer”, que es el mensaje que le envían los que los incitan a apostar, ¿pueden ellos  sobrellevar esa incitación a no tener que ganar el pan con el sudor de la frente?

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