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Nosotros: La violencia incansable

En Venezuela padecemos una constancia del desarreglo. Una enfermedad sociológica y psicológica inadvertida para la inmensa mayoría. El extravío nos define y por ello la involución histórica es más permanente que la idea de progreso y modernidad. El chavismo ha durado casi veinte años porque es un ancla en nuestro subconsciente colectivo sustentado en un imaginario del escape alrededor de un naufragio perenne.

En nuestro primitivo mundo venezolano la Justicia es una entelequia. Y la Libertad, otro mito romántico. Aprender a vivir aquí es un reto. Celebrar batallas como la de Carabobo (1821) y esgrimir la Independencia como el nacimiento marcial de la Nación es contradecir el proyecto civilizatorio y hacer de la identidad una confusión. Lo indígena, hispánico y africano quedaron abolidos dentro de un engranaje social solapado por una armonía criolla de formalidades que nos hizo hacer creer que el igualitarismo fue la partida de nacimiento del alma venezolana.

Miguel Ángel Campos (1955), en su imprescindible “La fe de los traidores” (2005) disiente del pensamiento mágico e ideológico construido por el Estado luego de 1830 y de tesis consagradas como la de Manuel Caballero (1931-2010) que señaló que el siglo XX fue el de la Paz.

En Venezuela el Estado negó a la Nación y terminó siendo un “sembrador de espanto” (Giovanni Papini, 1871-1956). La Nación es una representación simbólica de mitos superpuestos a la misma realidad histórica de los que se vale el Estado para dominar. El déficit civil de la mano de caudillos, macheteros, doctores y oligarquías a lo largo del ominoso siglo XIX hace de la aparición del petrolero y la democracia en el siglo XX una prueba alentadora de la llegada de la Paz.

Miguel Ángel Campos hace añicos éste supuesto bucólico, que hoy en pleno siglo XXI, queda terriblemente constatado por la brutalidad de la represión chavista. ¿Luego de la muerte de Gómez en 1935 de qué Paz hablamos? El 14 de febrero de 1936; el 18 de octubre de 1945; el 24 de noviembre de 1948; el asesinato de Delgado Chalbaud en 1950; el 23 de enero de 1958; el Porteñazo; Cantaura; la matanza de pescadores del Amparo en 1988; los levantamientos de 1992; 12 de abril del 2002, son sólo hitos de una evidencia reveladora: la violencia incansable.

Sólo destellos de civilidad de un “ser autodestructivo” y pendenciero que de cortesía y moral y luces apenas sabe las primeras tres letras del abecedario. “Cualquier proyecto de redención deberá enfrentar la disolución de los lazos orgánicos de convivencia, la perspectiva perversa de una sociedad estructurada desde el Estado y cuya identidad descansa menos en valores que en hábitos, y actúa menos por convicciones que por pulsiones”, sostiene Miguel Ángel Campos.

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