Opinión Internacional

Ante la ofensiva reaccionaria, la fuerza unida de la izquierda en la palabra y en los hechos

Con motivo de la celebración del Primer Encuentro de Pueblos y Estados por la liberación de la Patria Grande, a celebrarse en Sucre, Bolivia, del 27 al 30 de Octubre próximos.

La estrategia imperialista de controlar la región a través de gobiernos “democráticos vigilados”, se vio afectada por el arribo sucesivo de partidos de centroizquierda al poder en el Cono Sur, que cuestionaban al neoliberalismo, al ALCA, al plan Colombia y tendían a una integración latinoamericana, estimulada por el gobierno antiimperialista y declaradamente socialista de Hugo Chávez en Venezuela.

La contraofensiva del Imperialismo y la reacción no se ha hecho esperar y ha tomado forma en las elecciones recientemente celebradas en México, Perú, Brasil y Ecuador; se proyecta contra las revoluciones en Cuba, Venezuela y Bolivia y amenaza con neutralizar los avances logrados por la izquierda en el continente latinoamericano en los últimos años.

La celebración de este Primer Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande, será una muy importante ocasión para estructurar un frente amplio de toda la izquierda en la región, trazar las líneas más generales de su actuación, y coordinar sus acciones en pos del objetivo estratégico de derrotar esta contraofensiva neoliberal, sentar las bases definitivas para la liberación de “Nuestra América” y su avance hacia el Nuevo Socialismo en el Siglo XXI, que no puede ser sino participativo, democrático, emancipador e inclusivo.

La unión de organizaciones populares y gobiernos para frenar la reacción, implicará compromisos y acciones de ambas partes que fortalezcan la participación de las grandes mayorías trabajadoras, campesinas, indígenas e intelectuales en los procesos de toma de decisiones en la región. Igualmente será necesario concertar acciones dirigidas a fortalecer la unidad regional en proyectos económicos y sociales concretos para el beneficio de esas grandes mayorías.

Es evidente que el Imperialismo es el enemigo principal, pero si no somos capaces de hacer avanzar la revolución social en nuestros países, hacer más efectiva la participación de las grandes masas en las decisiones políticas económicas y sociales y en los beneficios concretos de las conquistas, el respaldo popular logrado en las urnas puede irse perdiendo, y revertirse de nuevo la situación continental a favor del neoliberalismo.

El Imperialismo apuesta a la desunión interna y regional y al incumplimiento de los programas electorales de los gobiernos de centro izquierda.

Revisar la estrategia contrarrevolucionaria y oponer políticas y tácticas que fortalezcan las posiciones de la izquierda en la región, debe ser, por tanto uno de los principales objetivos de este Encuentro de solidaridad militante y de combate político.

Se observan tres tipos de actores principales, interrelacionados, en la izquierda de la región. 1) los gobiernos proclamadamente socialistas de Cuba, Venezuela y Bolivia, 2) los gobiernos progresistas basados en alianzas políticas de centro izquierda llegados al poder en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, 3) Importantes fuerzas de izquierda que no han llegado al poder en Ecuador, México, Colombia, Nicaragua, y otros países.

A cada uno de estos actores corresponde ajustar sus líneas de acción para enfrentar la situación actual, lo cual es un asunto que compete a cada cual y a la vez, a todos.

A la vista, tres importantes elecciones tiene la izquierda en las próximas semanas: Las segundas vueltas en Brasil y Ecuador y las elecciones en Nicaragua. La redefinición de las conductas unitarias, estará en el centro de las posibles victorias de la izquierda en estos comicios.

Una rápida mirada a los recientes procesos electorales donde la izquierda no logró imponerse, sugiere, la presencia de un patrón fijo de tres componentes básicos en la estrategia imperialista, además del fraude donde pudo, para evitar el arribo de las fuerzas de izquierda al poder: 1) atizar las diferencias entre las organizaciones progresistas en cada país, buscando la división de sus votos, 2) la distorsión de sus programas revolucionarios, presentándolos como “totalitarios, chavistas, y castristas” y 3) enajenar a la izquierda, el respaldo de la pequeña burguesía y las clases medias.

Ha sido evidente que la diversa izquierda no ha podido hasta ahora enfrentar estos planes con éxito. En el centro de esta incapacidad ha estado el tradicional divisionismo, la intolerancia, el protagonismo, y el extremismo que han caracterizado a algunas fuerzas de la izquierda que no han sido capaces de pasar a segundo plano sus diferencias, primando muchas veces los intereses sectarios. Y esto se ha visto tanto en el seno de cada país, como a nivel regional.

El enemigo imperialista y la reacción oligárquica ciertamente han utilizado esos elementos, pero la falta de unidad es lo único que puede explicar, en verdad, las derrotas electorales, pues el fraude, las campañas mediáticas, y el dinero sucio de la reacción, nunca podrían opacar ni evitar victorias abrumadoras como podrían lograse con una izquierda unida, que en todo el continente es amplia y podría ser capaz de ejercer –mancomunadamente- controles efectivos en las urnas.

No es culpa de nadie en particular, de ningún dirigente, sino de ese fenómeno tradicional en la izquierda, un mal endémico en todos los “istas”, de querer tener e imponer su razón, controlar para sí el curso del movimiento general de las fuerzas progresistas, esa intolerancia a posiciones distintas, esa reticencia a hacer alianzas necesarias con otras fuerzas progresistas que no siempre concuerdan totalmente con nuestros puntos de vista, el guardar viejos rencores que la Historia y el tiempo deben acabar de curar, y otros por el estilo.

Todo sectarismo debe ser desterrado. La Historia ha demostrado que el peor enemigo de la izquierda, su gran debilidad, es su propia división. A ello juega y apuesta con todo la reacción.

Los programas de la izquierda deben ser, a su vez, lo suficientemente claros en cuanto al respeto a la propiedad bien habida, la plena libertad de expresión y culto, y a las libertades democráticas, de manera que quede bien establecido que nada tendrán que ver estos proyectos con el totalitarismo o el estatismo que caracterizaron el socialismo del Siglo pasado, que tanto daño ha provocado y, en buena parte, es responsable de que no haya más avances de las fuerzas revolucionarias.

Es necesario abandonar los esquemas de estatización de todo, a toda costa y contra la “propiedad privada” sin ton ni son, y cambiarlos por las ideas de la socialización, por el desarrollo de nuevas formas de propiedades colectivas, cooperativas, autogestionarias, comunitarias y nacionales, que no tienen que estar enfiladas contra cualquier propiedad privada. La propiedad que debe temblar ante la nueva ola revolucionariamente latinoamericana es la del Imperio, las de sus compañías transnacionales y la de las oligarquías tradicionales que han esquilmado a nuestros pueblos durante siglos. Debemos aceptar que incluso importantes sectores productivos de las burguesías nacionales tienen papeles que desempeñar en esta nueva era.

Tierras y capitales ociosos generados por las nacionalizaciones y la recaudación fiscal, pueden ser fuentes de nuevas empresas cooperativas, autogestionadas y cogestionadas que fomenten el desarrollo de las nuevas formas de propiedad y producción que caracterizan al nuevo socialismo del siglo XXI, como bien hace el gobierno venezolano.

En nuestras sociedades latinoamericanas, las clases medias constituyen importantes componentes sociales, cuyos intereses deben ser contemplados en los programas de la izquierda. Por sus formas de propiedad y producción, las clases medias son esencialmente aliadas de los trabajadores y están condenadas a la proletarización por el gran capital. Los partidos de izquierda deben reivindicar sus intereses y garantizarlos en la nueva sociedad, toda vez que el nuevo socialismo, no solo admite, sino que implica un amplio desarrollo de las clases medias que portan en su seno poderosas fuerzas revolucionarias anticapitalistas, no siempre reconocidas por el viejo y fracasado socialismo de Estado.

Es hora de que vayamos aprendiendo de nuestra propia historia. La Revolución Cubana, con todas sus imperfecciones, una de las cuales precisamente ha sido su poca tolerancia con las clases medias, es sin embargo, un ejemplo de cómo la unidad de todas las fuerzas, en los distintos períodos, en torno a los fines socialistas del proceso, ha estado en el centro de las victorias y de su continuidad. Lo aprendimos de Martí, cuando muchas veces tuvo que transar ante la intolerancia de los Generales históricos opuestos al control civil sobre el poder militar. Fidel nos lo enseñó desde antes de la Sierra, cuando hizo todo tipo de alianzas –que no implicaban siempre compromisos- en todo el espectro político, con fuerzas que iban desde la derecha, hasta la extrema izquierda, supeditando todo, al objetivo primario de derrocar la tiranía batistiana y, posteriormente, subordinando las diferencias a la lucha por la supervivencia de la Revolución y los avances en la construcción socialista. Desacuerdos ha habido y se han dirimido, pero incruentamente.

Ha sido la unidad de los revolucionarios cubanos, la que nos ha permitido llegar hasta aquí y enfrentar con éxito las agresiones del imperio y sus secuaces. Bajo esa misma unidad, vamos a “cambiar lo que haya que cambiar”, como dijo Fidel, para garantizar el Socialismo en nuestro país en el nuevo Siglo.

De la misma forma que la unidad en torno a la dirección histórica cubana, es una enseñanza invalorable para el movimiento revolucionario regional, el excesivo estatismo que aun predomina en la economía y la sociedad cubana, es un factor que afecta indirectamente el desarrollo del movimiento revolucionario en la región y es un elemento que divide a la izquierda. En las condiciones actuales, una contribución importante que puede dar la Revolución Cubana, al proceso liberador latinoamericano, además de su firmeza antiimperialista y resistencia al bloqueo, sería la ampliación y consolidación del socialismo participativo y democrático a través de una mayor extensión de la autogestión obrera, el cooperativismo y el cuentapropismo, sin concesiones al capitalismo.

Cuba necesita del crecimiento revolucionario de América Latina y América Latina, precisa de la consolidación del socialismo participativo en Cuba. Estamos en la era de esta gran ola del nuevo socialismo, nos unimos a ella, o nos seguimos diferenciando, con todas sus eventuales consecuencias para nosotros y para nuestros hermanos latinoamericanos.

En ocasiones observamos que las críticas que se hacen desde la izquierda a un gobierno progresista, a un Partido, a una organización, a un líder revolucionario, utilizan epítetos negativos, descalificaciones, injuriantes, que no ayudan para nada a la unidad, ni a la visión constructiva que necesita la izquierda para ir recomponiendo sus fuerzas y alianzas. Cuando se señala a alguien como oportunista, desviado, arribista o contemporizador con el enemigo, la reacción más probable será el alejamiento, el enquistamiento y la respuesta igualmente negativa. No es preciso señalar personas concretas, pero muchos compañeros en la izquierda podrían identificar e identificarse, claramente, en algunos casos específicos.

Muchas cosas se pueden expresar sin ofender a nadie. El señalamiento oportuno, positivo, constructivo y preferiblemente privado, es mejor aceptado y sirve más a los fines del movimiento.

En el torrente revolucionario confluyen personas de todo tipo. Tenemos que entender que vienen compañeros de todos los medios sociales y a veces de todas las clases, traen al movimiento revolucionario sus posiciones no siempre coincidentes, pero vienen imbuidos del espíritu de ayudar. No es cuestión de rechazarlos, criticarlos o destruirlos, sino de incluirlos y que la propia practica revolucionaria los vaya puliendo. El que se crea libre de pecado, que tire la primera piedra.

Debemos echar a un lado toda crítica destructiva, el daño público, el oprobio y asumir una nueva ética de discusión y respeto fraternal en el seno de la izquierda.

El diálogo se evita en ocasiones por las organizaciones de izquierda, algunos no quieren verse comprometidos con las posiciones de otros, cuando todos sabemos que ningún diálogo implica compromisos, pero se teme que la derecha y la reacción les “califique de istas” y es ahí mismo, donde el enemigo empieza a ganar terreno y a sentar las bases de la división.

No debe haber temor en la diversa izquierda a ser acusada de este o el otro “ismo” por la reacción y el Imperialismo. Siempre será parte de su táctica contrarrevolucionaria, tratar de encasillar a los revolucionarios como terroristas, ligados al terrorismo, al totalitarismo, al estatismo, etc. El revolucionario que tema ser “señalado por la reacción” difícilmente podrá jugar algún papel ni siquiera de fila.

En todos los sistemas, a través de la historia de las luchas sociales, los que han callado por temor a las represalias reales o infundadas, nunca han tenido derecho a ser escuchados, nunca han podido ser siquiera oídos, porque nunca se han expuesto por temor. La posición revolucionaria, para serlo y jugar algún papel positivo en las masas deberá ser pública, comprometida, incondicional.

De manera que, a reserva de otros análisis más específicos, en general, la izquierda debe trabajar por la unidad a toda costa, en palabras y hechos y presentar programas claros y definidos de beneficios tangentes para los trabajadores, los campesinos, los indígenas, los intelectuales, las minorías y las clases medias, que garanticen y amplíen todos los progresos democráticos logrados hasta el presente.

Solo la unidad de la izquierda, de los pueblos y los Estados progresistas del continente, puede detener la contraofensiva reaccionaria del imperialismo.

¡La izquierda unida, jamás será vencida!

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