Opinión Internacional

Argentina-Venezuela: Sustitución de proveedor

En los múltiples comentarios públicos acerca del impacto económico que acarrearía la congelación de las relaciones con Colombia se han hecho explícitos dos errores fundamentales: el primero, cuando se intenta tergiversar la realidad al señalar una supuesta dependencia venezolana de las importaciones procedentes desde ese país, cuando la verdadera sumisión es de las exportaciones neogranadinas a nuestro mercado; y, el segundo, al presuponer la inviabilidad de sustituir proveedores sin poner en riesgo el normal abastecimiento del país, especialmente de productos alimenticios, lo cual comenzó a desvirtuarse con la suscripción de los acuerdos suscritos hace tres días por la Presidenta de Argentina y el Presidente de Venezuela.

La rápida acción desplegada por las autoridades nacionales en la nación sureña ratificó, como era esperable, que la capacidad de demanda está dotada de una flexibilidad tal que en pocos días y sin mayor costo, fue posible identificar y, por ende, comenzar a reemplazar la fuente tradicional de suministro por otra cuya oferta resulta ser tan o mas competitiva en términos de precios y calidad.

Por supuesto que la súbita suplantación comercial no podía estar exenta de críticas al indicarse, en primer término, que la importación de los productos argentinos estarán sujetos a una tributación arancelaria con tarifas que oscilan entre el 5 y el 15% de su precio, olvidando la capacidad discrecional del estado para conceder el beneficio de la exoneración de gravámenes aduaneros; y, en segundo lugar, el impacto que causaría el costo del transporte de los bienes adquiridos en el país austral sobre el precio a nivel de consumidor, ignorando la caída del costo de los fletes como consecuencia de la crisis que enfrenta el capitalismo global.

La contracción del comercio mundial ha generado un reacomodo de bodegas, lo cual explica la sustancial reducción del costo de los fletes, que aparejado al crecimiento del comercio intralatinoamericano, ha permitido generar una oferta de transporte marítimo tal que, en la actualidad, resulta mas económico utilizar ese modo que el carretero independientemente del recorrido; en otras palabras, el costo del transporte de mercaderías desde el puerto de Buenos Aires sería mucho mas módico que el de hacerlo con un camión desde el centro de Colombia o desde cualquiera de sus grandes núcleos productivos e incluso desde algún puerto del Caribe de ese país.

No obstante ello, es conveniente que los agentes importadores, públicos y privados, tengan en cuenta, por una parte, los lapsos de movilización de las mercancías, cuyos efectos solo podrían ser atenuados con una mayor frecuencia de compras o, alternativamente, mediante el incremento de los volúmenes adquiridos en cada operación; y por la otra, que el Gobierno Nacional solvente con urgencia la ineficiencia que caracteriza a la operatividad de los puertos venezolanos, la cual podría redundar en un incremento desmesurado de los precios finales de los productos adquiridos en Argentina.

Lo más significativo del inicio de este proceso de sustitución de proveedores, mal llamado de importaciones, es que ha abonado el terreno para desmitificar la disposición del Gobierno Nacional para atender cabalmente los requerimientos de la población con el uso racional de la capacidad de respuesta económica de que dispone el país, y de profundizar los lazos de unidad con los países suramericanos como eje rector de una política exterior que persigue la mejor inserción de Venezuela en un mundo que gradualmente va adquiriendo un perfil multipolar.

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