Opinión Internacional

Barack Obama: el mal menor

El próximo 4 de noviembre se realizarán las elecciones en los Estados Unidos. El contexto no puede ser más explosivo: por primera vez en más de 15 años está coincidiendo una recesión económica con el proceso electoral. Dos candidatos se disputan el inquilinato de la Casa Blanca, John McCain por el Partido Republicano y Barack Obama por el Partido Demócrata.

John McCain es el candidato del ala más conservadora de la burguesía norteamericana, su historia siempre ha estado vinculada a la tradición militarista, y siempre ha expresado un apoyo incondicional a las aventuras belicistas de la Casa Blanca. Representa la continuidad del proyecto neoliberal y militarista de la dupla Reagan-Bush. Sin embargo, su campaña no ha tenido mucho eco, inclusive entre los sectores más acaudalados de la sociedad norte-americana, lo cual muestra que hay sectores de esa alta burguesía que han apostado a una figura más fresca y que tenga un mayor margen de maniobra para seguir adelantando las políticas del pasado. Su compañera de formula es nada más y nada menos que la Gobernadora de Alaska, Sarah Palin, una funcionaria política ultra conservadora que es una férrea defensora de los prejuicios religiosos y miembro de la poderosa “National Rifle Association”.

Por su lado el partido Demócrata ha postulado a la presidencia de la República al Senador Barack Obama, quien ha despertado simpatías entre diversos elementos de la población, pero en especial en los afro-americanos y los latinos, quienes mayoritariamente rechazan las políticas de la actual administración. Para ellos, el abanderado demócrata les parece “alguien distinto” en comparación con el candidato de la ultraderecha McCain. Lamentablemente esa gran masa de electores que votará por Obama, lo hace motivada por lazos emocionales y no por una plataforma de gobierno. Obama no ha presentado programa alguno destinado a rescatar de la exclusión social a esas minorías y muchos menos a superar la actual crisis financiera que los afecta. Sus discursos son una recopilación de viejos slogans, y de frases edulcoradas destinadas a complacer a los votantes y despertar falsas esperanzas en los electores. Su candidatura a pesar de no representar una alternativa sustancialmente distinta a la de McCain, se ha transformado lamentablemente en una “ficticia ilusión de cambio” para amplios sectores de la sociedad norte-americana. Vale la pena recordar que Obama se ha solidarizado con todas y cada una de las líneas principales de acción del gobierno de Bush en política interior y exterior. Él al igual que McCain ha mostrado una total identidad con la política de la «guerra total contra el terrorismo», ha apoyado el plan de intervenciones telefónicas por razones de seguridad, ha señalado que aumentará el gasto global en defensa, votó en favor del Acta Patriótica, de la construcción del muro en la frontera con México y del plan de rescate financiero de Wall Street y ambos candidatos predican sus deseos de permanecer militarmente en Afganistán para siempre. Para completar este desolador panorama político, el candidato demócrata ha elegido como Vice-presidente a Joseph Biden, senador jefe de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado, cuyas posiciones políticas han estado alineadas con los sectores más reaccionarios del Congreso norteamericano. Presidió el comité del Senado que autorizó la guerra contra Irak, votó a favor del Acta Patriótica y demás legislaciones que atentan contra los derechos civiles. Ha sido uno de los mayores defensores de las propuestas anti-inmigrantes en el Congreso de la Nación. Sin embargo, hay diferencias entre ambos candidatos que hacen que la candidatura de Obama se transforme en el mal menor en esta contienda electoral. El candidato demócrata se ha opuesto a la guerra de Irak, y a la privatización de la seguridad social, ha abogado por préstamos educativos con baja tasa de interés, y ha propuesto una disminución en el pago de impuestos de la clase media y trabajadora, así como un aumento de los mismos a las grandes corporaciones. Adicionalmente, ha planteado la necesidad de redimensionar la política exterior norte-americana.

Como lo indican la casi totalidad de los muestreos de opinión, el camino de Obama a la Casa Blanca luce seguro y sin mayores obstáculos. Su triunfo significará la llegada al poder -por primera vez- de un afro-americano, es decir un nuevo actor, que potencialmente podría redimensionar la política estadounidense en sus pretensiones hegemónicas a nivel mundial. Victoria, que contrariamente a las falsas expectativas generadas, no compromete la continuidad del bloque en el poder, pues su triunfo responde en gran medida al respaldo del poder económico norte-americano insatisfecho con la administración de George Bush. Obama no representa una alternativa distinta al candidato Republicano, pero frente a la figura siniestra de McCain, se transforma en el mal menor en esta contienda electoral.

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