Opinión Internacional

Benedicto XVI vs. Ratzinger

Era predecible que el viaje de Benedicto XVI a lugares sagrados del cristianismo en Israel y territorios administrados por la Autoridad Palestina, sería más un Vía Crucis que un trozo del Paraíso, puesto que el Papa ha creado muchos anticuerpos entre judíos, musulmanes, e incluso, sus propios feligreses, por razones relacionadas con su nacionalidad, su biografía, su rigurosa doctrina, su falta de talento como comunicador, y algunos de sus errores, que aunque los ha enmendado, no han pasado totalmente al olvido.

No importaba cómo el Papa se expresara en el Museo Recordatorio del Holocausto de Jerusalén, Yad Vashem, pues sus palabras serían milimétricamente medidas y valoradas por rabinos, políticos y la prensa israelí, porque en ese lugar él no sería percibido como Benedicto XVI, sino como Ratzinger, el alemán al que obligaron, como seminarista adolescente, a inscribirse en las Juventudes Hitlerianas. En Israel, el Papa es percibido como Ratzinger, un Papa alemán que ha ordenado acelerar el proceso de santificación de Pío XII –quien miró hacia otro lado durante el Holocausto– y que cometió la torpeza de levantar la excomunión que hizo Juan Pablo II a un grupo de obispos lefebvrianos que niegan la dimensión de esa tragedia. Si bien el Papa restauró la excomunión de estos clérigos, muchos judíos –quizá con excesiva sensibilidad– no lo perciben como casualidades.

Los israelíes esperaban de Benedicto XVI una durísima condena al Holocausto, al antisemitismo y a quienes declaran el deseo de exterminarlo en su país, como el presidente iraní. Obviamente el Papa y sus asesores pensaron que sus declaraciones fueron claras, pero no así sus huéspedes israelíes, y por eso, en el aeropuerto de Tel Aviv, antes de embarcarse en el avión, habló con la contundencia que estos querían escuchar desde el primer día de su visita.

Así como el Papa tuvo que ponerse a tono con las expectativas de los judíos, lo mismo debió hacerlo con los árabes y musulmanes de “Tierra Santa” en los que criticó severamente las políticas de Israel y dijo muchas cosas que ellos querían escuchar. Ratzinger sabía que el revuelo que causó una frase que citó en 2006 en una conferencia en la Universidad de Ratisbona, al parafrasear a un emperador bizantino del siglo 14 quien dijo que “Mahoma solo había traído violencia al mundo”, aun resuena en los oídos de muchos musulmanes. Por más que el Papa aclaró que aquel affaire ocurrió porque la prensa sacó la cita del contexto de una larga y complicada explicación de una discusión medieval, ese desliz hace que muchos aun lo consideren un enemigo del Islam.

Ratzinger es un teórico de la doctrina de su fe y un hombre sin mayor carisma ni simpatía, a diferencia de Juan Pablo II, el gran comunicador que hasta hoy es percibido, junto a Juan XXIII, como los ejemplos de un “Papa Bueno”. El estilo distante y la severísima concepción del catolicismo de Benedicto XVI no comulgan con las actuales generaciones más fanáticas del Internet y de los celulares, que de la religión, y por eso su papado parece estar destinado a no entusiasmar al mundo, incluyendo a muchos de sus propios feligreses.

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