Opinión Internacional

Blair a la espera de la historia

Anthony Charles Lynton, mejor conocido como Tony Blair, anunció que dejará el cargo de Primer Ministro de Reino Unido diez años después de haber asumido el cargo y de haber conducido al Partido Laborista al poder, tras más de dos décadas en que sus dirigentes “invernaban” en la oposición.

Blair renovó a los Laboristas presentando un modelo ideológico pragmático, al cual llamo La Tercera Vía, cuyo éxito le garantizó dos reelecciones a pesar de que la segunda fue una victoria ajustada por la baja de popularidad que causó a su gobierno la guerra de Irak. En el frente interno sus éxitos son numerosos, sobre todo en el campo social y económico dejando a Gran Bretaña a la vanguardia de Europa, como uno de sus países más prósperos.

Los libros de Historia registraran su enorme contribución, junto a Bill Clinton, en la consumación de El Acuerdo de Viernes Santo de 1988 que estableció en Irlanda del Norte un gobierno compartido entre los representantes más moderados del Sinn Fein – la rama política del Ejército Republicano Irlandés, IRA, y el Partido Unionista que busca mantener a esa región bajo influencia de Inglaterra. A pesar del natural escepticismo producto de un conflicto de casi un siglo y las frecuentes crisis entre católicos y protestantes luego de la firma del convenio que pusieron en duda que se lograría pasar de lo firmado en el papel a la realidad, en días recientes los irlandeses tienen razones para celebrar: los dirigentes políticos más radicales de ambos bandos – el pastor fundamentalista protestante Ian Paisley y el ex guerrillero del IRA, Martin McGuinnes – conformaron un gobierno en el cual comparten el poder.

Blair también ha ampliado la autonomía del País de Gales y de Escocia – después de todo el nació en Edimburgo, su capital – y su activa labor a favor de la Comunidad Europea fue clave para su ampliación y consolidación.

Aunque sus detractores y críticos enfatizarán su fracaso como aliado de Bush en la guerra de Irak, varios analistas coinciden en que cualquier premier británico hubiese dado el mismo apoyo a los Estados Unidos (¡cuánto más si los conservadores hubiesen estado en el poder!), por los vínculos históricos, geopolíticos y culturales que unen a ambos países. Gran Bretaña es el “puente” natural entre EEUU, Canadá y Europa, en una visión trasatlántica de la alianza de ambos bloques de tradición democrática. Tony Blair no vislumbra a un Comunidad Europea desvinculada de Norteamérica.

El Primer Ministro saliente tuvo la fortuna de trabajar cuatro años con su alter ego Bill Clinton, pero luego debió secundar al arrogante, mediocre y errático equipo de gobierno de Bush, con quienes seguramente tiene enormes diferencias – no en objetivos, sino en estrategias – en cuanto a como enfrentar el desafío del islamismo radical.

Cualquier juicio histórico a Blair debe tomar en cuenta que hubo un antes y un después del 11-S, día que dividió al mundo entre los que siguen los pasos de su antecesor en el cargo, Neville Chamberlain, aquel de la doctrina de apaciguamiento en tiempos cuando la bota de Hitler se expandía por Europa, y aquellos que como él, entienden que el peligro de Al Qaeda y otras organizaciones islamistas, representan un peligro inminente y tan grave como el del Nazismo en el siglo XX. En la visión de Blair el mundo se encuentra ante un peligro que requiere adoptar una postura, por más impopular que sea en este momento, semejante a la de Winston Churchill – fiero oponente de Chamberlain – quien luego de advertir durante años a sus compatriotas lo que preferían no ver, los lideró a partir de 1940 con “sangre, sudor y lágrimas” a la victoria.

Todo análisis serio de la polémica política de Blair con respecto a la guerra de Irak – con todos sus errores y excesos – tampoco puede ignorar el contexto histórico de la nación a la cual dirigió, que junto a los Estados Unidos, salvó a Europa del totalitarismo en dos guerras mundiales. Su argumentación sobre esta cuestionada guerra siempre enfatizó – más allá de las aparentes mentiras de armas de destrucción masiva y vínculos de Sadam Hussein con Al Qaeda – la necesidad de una política global de cambiar la realidad del Medio Oriente para neutralizar el fanatismo islamista.

Lamentablemente no le tocó a Tony Blair ser el líder de la superpotencia de hoy, ni coordinar las estrategias de la lucha contra el terrorismo islamista con un estadista de la talla de F.D. Roosevelt, como lo hizo Churchill. . En su lugar, estuvo relegado a secundar a un gobierno mediocre y ambicioso como el de Bush, que tergiversó los objetivos de las guerras de Afganistán e Irak. Ese fue su Via Crucis (o para decirlo en “londinense”, su “Downing Street” o Calle de Bajada), si bien su enfoque sobre la situación mundial y sus advertencias de cómo confrontar los grandes peligros de nuestros tiempos, muy probablemente terminen por darle la razón.

Mientras el “juicio de la histeria” le obliga a marcharse sin mayor gloria, el juicio de la Historia, con H mayúscula, lo espera en un futuro cercano y entonces sabremos cuál es su dictamen.

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