Opinión Internacional

Bolivia: la nostalgia utópica reincide

El triunfo del populista radical Evo Morales en Bolivia ha generado un sinnúmero de análisis en el ámbito nacional e internacional.

Entre otros, dos son los aspectos más comentados respecto de este evento político. Uno, la significación del hecho en sí, los porqués, las causas remotas y cercanas, las características de este liderazgo emergente, su origen indígena, y dos, las interrogantes sobre el futuro boliviano, las consecuencias y repercusiones que se avizoran, o lo que es lo mismo, qué tipo de gobierno adelantará el señor Morales. ¿Se asemejará a la mafia castrochavista o se inclinará por el estilo y la ejecutoria moderada de Lula o Tabaré Vasquez?
Sobre el segundo de los temas, a mi juicio, el de mayor interés en definitiva, hemos visto opiniones que creemos apresuradas, y en extremo optimistas, por no decir ingenuas.

Algunos analistas andan difundiendo la especie de que Morales es supuestamente un político pragmático, por haberse reunido con el embajador norteamericano y las fuerzas de Santa Cruz, lo cual ya prefiguraría un gobierno realista, comedido o responsable que lo alejaría de sus padrinos más radicales. Esta aproximación nos luce como un wishful thinking, una manifestación equivocada de buenos deseos, no fundamentada en la realidad. Me pareciera estar oyendo de nuevo a los que decían a comienzos del gobierno de Chávez, que frente a él no había nada que temer ¿acaso no visitó éste con bombos y platillos el templo del neoliberalismo más salvaje, la Bolsa de Nueva York?
En las condiciones políticas que enfrenta Morales ¿Qué otra cosa puede hacer si no, lo que está haciendo, a semejanza del militar venezolano, a la espera de su consolidación en el poder?
Desde mi perspectiva, este triunfo no es una buena noticia para los bolivianos y América Latina. El pensamiento político que inspira y motoriza al movimiento que está detrás de Morales es lo más anacrónico del continente. Es una expresión política más de lo que podríamos llamar la nostalgia utópica, que en el fondo no es otra cosa que una utopía regresiva, o como la denomina la escritora María Ramírez Ribes, una utopía contra la historia. La de Morales y sus seguidores, si nos atenemos a las acciones y el discurso que esta fuerza política ha formulado, se afinca en un resentimiento histórico y en un regreso a los orígenes del comunitarismo socialista indígena, en lugar de apuntar hacia el futuro. Sus planteamientos traslucen un racismo de signo contrario al que ha imperado. No son pocos los que los acusan de fascismo indigenista.

Que no se entienda aquí que no reconocemos las condiciones intolerables de injusticia y exclusión que han vivido y viven los indígenas bolivianos, o que no hay razones legítimas y justificadas para luchar por condiciones de vida más equitativas.

Lo que queremos manifestar sin ninguna duda es que una sociedad próspera e incluyente en el mundo interdependiente e interconectado de hoy no se construye con ideas caducas como las enarboladas por el líder cocalero, con imposibles regresos a situaciones históricas que quedaron en la noche mítica de los tiempos o con propuestas de sociedades cerradas, inviables e irrealizables.

Obviamente, Bolivia tiene unas circunstancias particulares. Es hoy un país social, territorial y políticamente escindido, desgarrado, a pesar del triunfo claro mayoritario de las huestes de Morales. Su historia no es un aval en materia de estabilidad. Sus recursos económicos son muy limitados. No es Venezuela. Precisa de la inversión y la ayuda exteriores. Existe un contexto internacional e intereses en juego que son condicionantes de envergadura que pudieran hacer pensar en que una aventura política absurda pudiera ser neutralizada o impedida. La correlación de fuerzas políticas internas también reduce el margen de maniobra de que dispondrá Morales.

No obstante, resulta fácil ser escéptico frente a estos movimientos mesiánicos que de tiempo en tiempo se repiten en nuestro subcontinente. El que tenga dudas de que el modelo que seguirá el gobierno boliviano entrante será más parecido al del tirano Fidel y el que propugna Chávez que al de Lula, no está interpretando correctamente el mensaje, los gestos y los actos de los radicales trasnochados que han llegado al poder en el país más pobre de Sudamérica.

Bolivia necesita salir de la pobreza, la ignorancia y el atraso para incorporarse al mundo moderno. Las políticas económicas y sociales que demandan las mayorías postergadas no pueden ser las probadamente fracasadas que promueven quienes están tomando las riendas de aquel país. Éstas son el camino seguro al infierno de una mayor depauperación y a una frustración de consecuencias sociales impredecibles. Una diplomacia de confrontación con los factores de poder hemisférico, principalmente EEUU, tampoco sería lo más conveniente.

Mientras los principios que inspiran a este movimiento popular sean los que han expresado sus voceros hasta ahora, muy poco podemos esperar de él en términos de equidad social efectiva, bienestar económico y progreso para ese atribulado país hermano. Con utopías irreales y el símbolo del Che Guevara el retroceso está garantizado.

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