Opinión Internacional

Bolivia, una admonición

La crisis boliviana tiene muchísimos ingredientes: todos nos son conocidos. Los hemos vivido en carne propia unos; otros esperan agazapados en nuestro inmediato futuro. No podemos quedar indiferentes, pues somos parte de un mismo gran problema, que parece ir recorriendo a los diversos países de América Latina en distintos momentos de su historia. Ayer Argentina, antes de ayer el Perú, nosotros hace una década, Colombia siempre. No importan los fundamentos étnicos o sociales: el continente no alcanza aún la etapa de la necesaria estabilidad, sin la cual no hay crecimiento, más estabilidad y más crecimiento: el anhelado círculo virtuoso del progreso. Giramos en cambio en el círculo vicioso de la pobreza y la inestabilidad, entre la permanente amenaza del cruento utopismo y el castigo siniestro del conservadurismo más cerril. Bolivia vuelve a poner el dedo en la llaga.

A estas alturas no importa buscar el origen de esta crisis permanente en que han zozobrado las democracias latinoamericanas. Subyacen razones culturales ya ancestrales, que nos situaran al margen de la racionalidad cuando más se requería de ella. No está demás insistir en el nefasto papel del utopismo consuetudinario que lastra a los sectores políticos llamados a servir de contrapeso al barbarismo del establecimiento. Así, la razón política naufraga entre la tozudez de los propietarios y el edenismo de los explotados, mediatizados por un Estado que aún no comprende el rol que le corresponde en sociedades modernas.

Hay, desde luego, mecanismos de seguridad que debieran ser aceptados por todas nuestras constituciones: la doble vuelta electoral. Todo gobierno debiera iniciar su andadura con un respaldo auténticamente mayoritario. Ese simple mecanismo hubiera evitado, es cierto, que Salvador Allende accediera luego de tres intentos frustrados a la presidencia de la república, cargo para el que tenía los más altos merecimientos. Y los sectores populares que lo respaldaban, tras suyo. Pero le hubiera evitado a su país el más grave quebranto de su historia. Terminar con la reelección es otro mecanismo de seguridad de indudable sensatez. Si Venezuela no hubiera estado contagiado con ese extraño maleficio que es contar con presidentes congénitos, como Pérez y Caldera – responsables ambos de nuestras tragedias – la mitad de su único período democrático no hubiera sido monopolizado por dos políticos que demostraron, en la práctica, estar muy lejos de la capacidad que se atribuían a sí mismos. Pérez por iniciar el descalabro en su primer gobierno, Caldera por ponerle su rúbrica en el segundo.

Si el balotage y el término de la reelección fueran acompañados de la decisión de los electores en confiar en sus partidos políticos y éstos en comprender que establecer consensos para gobernar con respaldos mayoritarios es una necesidad imperiosa en una auténtica democracia, ésta ganaría un espacio suficiente como para sobrevivir a los sobresaltos que le son inherentes. A los que se debieran agregar dos elementos programáticos fundamentales: reducción del tamaño y la potestad del Estado, reduciéndolo tanto como sea posible, y privilegiar sobre toda otra consideración el esfuerzo por superar las diferencias sociales mediante políticas públicas acertadas y de largo plazo. La democracia es, ante todo, una realidad social: el derecho a la igualdad de oportunidades, la disposición objetiva y material de los medios para lograrla y el rechazo a la imposición de principios abstractos que encubren el derecho de unos pocos sobre las carencias de las mayorías.

No carga Venezuela con el lastre social que afecta a algunos de nuestros vecinos. Tras el empobrecimiento pavoroso incentivado por un gobierno ineficiente y delirante, sobrevive aún una clase media altamente capacitada y una cultura democrática ya asentada en el espíritu colectivo. E incluso los sectores más desfavorecidos del país están muy lejos de encontrarse en la anomia pavorosa en que viven los sectores que siguen ciegamente las suicidas aventuras de los cocaleros e indigenistas bolivianos. Seguramente aupados por la irresponsabilidad mayestática del ignaro teniente coronel que nos desgobierna.

Entre Venezuela y Bolivia media un abismo de diferencias. Pero así sea nuestro aparato productivo inmensamente más desarrollado y la cultura general del país muchísimo más acorde con los requerimientos de la globalización, nada nos blinda contra el delirio y la locura. Chávez es la prueba fehaciente de la fragilidad de nuestras certidumbres. Y de la veleidad de la que puede ser víctima nuestro electorado. Disponemos, además, de una poderosa válvula económica de seguridad: el ingreso petrolero. Él nos permite, incluso en momentos de quiebra económica e institucional como el que estamos sufriendo, sobrevivir al borde del abismo.

Pero la democracia venezolana está tan en peligro como en Bolivia, en Argentina o en el Perú. Sólo si la clase política nacional – hoy más cerca que nunca de objetivos y proyectos comunes – no supera diferencias mezquinas y no establece un pacto de unidad de largo plazo, nuestro futuro se aleja de aquellos países que debieran marcarnos el norte – Chile, México y Brasil – acercándonos peligrosamente a aquellos de cuyos malos ejemplos debiéramos huir como de la peste – Bolivia hoy, la Argentina del inmediato pasado y Colombia siempre. Así sus buenos ejemplos sean parte de un acerbo común.

De nuestra propia experiencia podemos extraer la conclusión de que Bolivia está recién en el comienzo de su auténtica crisis. La renuncia de Sánchez de Losada es la apertura de la sinfonía de catástrofes que muy posiblemente le espera al país de la altiplanicie: Evo Morales no cejará en su esfuerzo por apoderarse de Bolivia para alimentar sus delirios, suficientemente adobados de chavismo, gaddafismo y fidelismo. Pueda que Mesa cumpla el rol del Kerenky boliviano, por no recordar el funesto precedente de nuestro inefable Rafael Caldera. Si las fuerzas democráticas bolivianas no refuerzan sus posiciones y no comprenden dónde se encuentra su auténtico enemigo, tendrán cocalero para rato. Morales, como Chávez, pertenece a esa clase de demagogos que, una vez hincado los colmillos en el hueso, no lo sueltan hasta dar con su médula. Mucho más temprano que tarde, Morales y Quisque reiniciarán su marcha indetenible hacia el Poder. Que Dios ampare a la región.

Que la dolorosa experiencia boliviana nos prevenga ante el futuro y nos sirva de admonición.

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