Opinión Internacional

Carlos Strasser: La democracia debe recuperar contenido ideológico

Para revertir la inequidad, la política tiene herramientas que deben partir de la discusión de ideas que hoy son aceptadas como verdades reveladas. Así lo juzga el politólogo e investigador del Conicet Carlos Strasser, que acaba de publicar «Democracia y desigualdad» (Clacso-Eudeba). Graduado en las universidades de Buenos Aires y Berkeley, Strasser fue profesor de la UBA y de San Andrés. Creó durante la dictadura la maestría en Ciencias Sociales de Flacso, que todavía dirige, y organizó luego la carrera de Ciencias Políticas de la UBA.

Los últimos datos del INDEC señalan que en octubre del 99 la desigualdad social fue aún mayor que en 1989, en plena hiperinflación. Es decir que en una década de democracia plena, el principio de igualdad que la sostiene aparece corroído. ¿La democracia hizo promesas que no puede cumplir?

-El politólogo italiano Norberto Bobbio habla de las «promesas incumplidas de la democracia». Más allá de las promesas que los políticos hayan hecho en su momento, es la teoría democrática la que anticipó un cierto orden político que presupone tanta igualdad como libertad. Sin embargo, si uno mira no sólo la última década, sino por lo menos las dos últimas, ve que la desigualdad se ha esparcido de modo rampante, en simultaneidad con la consolidación del estado de derecho. Es una oscura paradoja -más igualdad política, menos igualdad social- lo que define, en principio, una democracia precaria, limitada. Obviamente, todos esperábamos resultados distintos. Uno se pregunta entonces qué pasó. ¿Fue a pesar de la democracia? ¿La política es apenas un títere, un eco inapelable de la economía?
Con estos resultados, uno puede sospechar que la democracia pecó por omisión (dejó de hacer cosas que le correspondían) o por acción (actuó en contra de la equidad). ¿Usted qué cree?

-Aquí no hay solamente omisión, sino resultados atribuibles a la estructura y la mecánica de lo que llamamos democracia. Por ahí viene el problema. Dejemos de lado algo indiscutible: que la democracia es el mejor de los regímenes políticos que conocemos. Tengamos en claro también que la democracia es un régimen político, y como tal, tiene su autonomía. Pero ese régimen político, como cualquier otro, está inevitablemente inscripto en un orden nacional e internacional más amplio que lo condiciona. Por otro lado, la democracia no sólo está inscripta en un orden mayor: es un régimen de Estado.

¿Y eso qué implica?

-En la ciencia política es un axioma que el Estado no es el doble de la sociedad, aunque alguna vez se lo quiso creer. El Estado es, por definición, un sistema de dominación. Marcada por el contexto internacional, entonces, y siendo régimen de Estado, la democracia no es finalmente lo que se sobreentiende, sino un régimen mezcla de regímenes, un régimen mixto. En este régimen mixto, la democracia es sólo una parte, la más legítima, la más visible y la más proclamada, pero no la única.

Como régimen mixto, ¿puede estar compuesta de elementos poco democráticos?

-O directamente no democráticos. En este régimen mixto hay componentes como la oligarquía. La vieja acepción la define como un grupo alto de la población que gobierna en su interés propio. La versión más moderna -las dos son compatibles- habla de cúpulas dirigentes que se adueñan de partidos, organizaciones, sindicatos. Otro componente es la burocracia, en el sentido weberiano de la palabra. Es decir, no como esa cosa que nos fastidia cuando hacemos trámites, sino un sistema de toma de decisiones. Luego, la tecnocracia, tan de nuestro tiempo: la de los expertos que gobiernan según sus propias reglas de juego, que son, por supuesto, las menos democráticas. Al ser de «los expertos», son minoritarias. Otro componente de esta democracia mixta es la partidocracia. Es un concepto controvertido; según él, los partidos y sus dirigencias expropian la voluntad popular, sobre cuya base se postulan, legitiman y se convierten en representantes. Por último encontramos el corporativismo, o sea, la representación de los intereses de distintos grupos.

Parece una mezcla explosiva…

-Es que la democracia mezcla realmente todo esto. Y resulta una combinación en la cual la pata democrática no es siempre ni necesariamente la principal. Por ciclos, las combinaciones varían. En cada país, según las circunstancias históricas, la proporcionalidad de los elementos se da de manera diferente.

Esta es una descripción teórica. ¿Podemos bajarla a la realidad argentina? ¿En qué dosis se combinaron estos elementos durante el menemismo y ahora, en el gobierno de la Alianza?

-El menemismo mezcló todas esas categorías. Tuvo una base de sustentación popular, electoral, democrática. Respetó el estado de derecho, aunque el respeto por el institucionalismo tuvo sus lapsus evidentes, que son los tradicionales del peronismo. El peronismo tiene sus puntos flacos y fuertes, y entre los primeros contaría este bajo institucionalismo respecto de la democracia. Por otra parte, las organizaciones y sus cúpulas actuaron de una manera muy notoria; cada una negoció lo que pudo, como las sindicales; otras lograron imponerse con más fuerza. La partidocracia tuvo una incidencia baja.

¿Y el gobierno actual?

-La pata democrática sigue estando vigente, en el sentido electoral y representativo. Es muy reciente la instalación del nuevo gobierno como para hacer un diagnóstico preciso de las proporciones en que se da cada elemento del sistema mixto. Por ahora, sólo podemos detectar que es más institucionalista -por los hechos, por tradición, por declaraciones- que el menemismo. Lo partidocrático puede tener cierta suba, dadas las características del radicalismo, principal socio de la Alianza. Lo corporativo va a seguir pesando, y no sólo en lo que respecta a los grupos sindicales -como ya se vio durante la negociación de la ley laboral-, sino a los empresariales. El aspecto tecnocrático está en su apogeo: es la hora de los expertos económicos, que hacen tanta economía como política y bajan línea con soberbia olímpica.

¿Por qué habla con tanto desdén de «los expertos»?

-Porque vivo leyendo informes técnicos económicos de organismos internacionales terriblemente sesgados, pretenciosos, confusos y seudocientíficos. La tecnocracia lleva hoy la voz cantante y así nos está yendo. En este terreno tendríamos que dar una gran discusión: hay que buscar las principales razones por las que democracia y desigualdad se están combinando de manera tan alarmante.

Todo se puede cuestionar
¿Qué es lo primero que hay que hacer? ¿Poner en cuestión el discurso de los organismos internacionales?

-Absolutamente. Todo este post y anti-keynesianismo va a ir pasando, pero tenemos que ayudar para que efectivamente ocurra. Hoy, todo lo que se llama neoliberalismo se basa en teorías no siempre confirmadas. A mí me preocupa hasta qué punto tantas hipótesis que emanan de los organismos internacionales son tomadas como verdades reveladas. Uno revisa sus propuestas y sus dictámenes y ve que muchos de ellos se basan sobre premisas dudosas, no demostradas fehacientemente.

¿Las teorías económicas que demonizan el déficit fiscal podrían ser cuestionadas?

-Esas son un buen ejemplo de lo que ocurre. Hoy no cabe hablar de otra cosa que del cierre del déficit fiscal. Cualquier déficit fiscal tiene castigos que son peores que los ajustes para corregirlo. Una cosa acompaña a la otra. Las políticas de ajuste son desgraciadas, pero vaya usted a incurrir en otra política hoy y ya verá lo que le pasa: algo peor todavía.

Por lo que usted dice, el futuro de la democracia se juega entonces en la posibilidad de poner en cuestión ciertas ideas que suenan a dogmas.

-El futuro de la democracia se juega en la posibilidad de que recupere ideología y capacidad para discutir los discursos dogmáticos. La democracia debe recuperar contenido ideológico.

¿Qué posibilidades hay hoy de dar esa batalla ideológica?

-Escasa, por lo que se ve, ¿no es cierto? Cuando un ciclo está en su mediodía, como el neoliberalismo en estos momentos, hasta las políticas correctivas terminan reproduciendo lo que está en curso.

¿A qué se refiere?

-Analice la política educativa del menemismo. No se puede negar que los fondos dedicados a educación durante el gobierno anterior se fueron incrementando. Las investigaciones más serias señalan que, sin embargo, nada cambiaba: la educación, en todos estos años, ha servido para reproducir la brecha entre los más ricos y educados y los más pobres y no educados.

¿La democracia se maneja por inercia?

-En materia presupuestaria, la inercialidad es apabullante. Y esto es lo que hace que el ciclo de inequidad continúe. Venimos de una etapa de agotamiento del Estado de Bienestar y de algo peor en la Argentina: la hiperinflación y el peligro de un caos social. Por otro lado, cayó el comunismo y cualquier otro modelo de confrontación; terminó la Guerra Fría. Todo confluye en la aceptación pasiva de la gran ola liberal. Los partidarios más acérrimos de estas mismas perspectivas son los grupos altos de las sociedades, los que tienen poder económico e influencias políticas mayores. Súmele a esto la fragmentación de los sectores populares, la quiebra de sus organizaciones, y tendrá como resultado el debilitamiento de cualquier forma de resistencia a las ideas que consagran la inequidad. Es una marejada difícil de parar.

En medio de la marejada y con una democracia tan inercial, ¿qué posibilidades correctivas le quedan a la política?

-Por supuesto, se pueden intentar algunas cosas. De hecho, una etapa se transforma en algún momento, los ciclos terminan y éste también lo hará. En el mediodía de una ideología, insisto, sólo hay lugar para retoques. Debo parecer resignado, escéptico, pero la mía es una mirada histórica a largo plazo, en la que, sin embargo, veo ya signos de la curva descendente del neoliberalismo.

¿Cuáles?

-Algún humor está cambiando. Vea lo que ha escrito Joseph Stiglitz, el vicepresidente del Banco Mundial, corrigiendo el Consenso de Washington; están cambiando la agenda y el tema de la equidad entró en ella. Me llaman también la atención aportes como el de Jeffrey Sachs y otros grupos de economistas. Por derecha, critican la orientación del Fondo Monetario. Son proaislacionistas, muy a tono con esa idea de muchos estadounidenses de que el mundo debe arreglarse solo, sin perturbarlos. Las elecciones europeas, con varios triunfos para la centroizquierda, también señalan ese cambio de humor, y lo mismo vimos en América latina tanto en nuestro país como en Uruguay y Chile.

Siguiendo con su mirada larga sobre la historia, ¿qué puede pasar si los ciclos tan inequitativos se prolongan?

-Me cuesta adivinar el futuro, pero no dudo de la perduración del sistema democrático. Sólo quiero advertir que los sectores populares pueden ajustarse el cinturón mientras no los empujen al abismo, mientras no los tengan sometidos por demasiado tiempo a la miseria. De otra manera, las tensiones serán formidables y pondrán en riesgo al régimen de gobierno. Es un teorema de hierro: a más desigualdad, menos democracia.

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