Opinión Internacional

Carta abierta al Presidente de Chile

Carta Abierta al Excmo. Señor

Presidente de la República de Chile,

D. Sebastián Piñera

 

“De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste

“de pie como un marino en la proa de un barco”

Pablo Neruda

Como ser humano, debo confesarle que, a mis sesenta y cuatro años, lloré de emoción al asistir por televisión al rescate de los treinta y tres valientes que pasaron setenta días en la mina, a setecientos metros de profundidad.

El pueblo de Chile, al que tanto conozco y tanto admiro, ha dado en estas horas una muestra de cómo debe comportarse una verdadera nación ante la adversidad, como lo hizo cuando fue golpeada por un sismo terrible unos pocos días antes de que usted asumiera su cargo.

Las relaciones entre nuestros países han sido dificultosas –por ser cauto- hasta la década de los 90’s, cuando la sensatez de gobiernos y cancillerías llevaron a poner fin a la disputa por los límites, la misma que casi nos lleva a la guerra en 1978 y que sólo fue evitada por la mediación papal, encarnada en el Cardenal Samoré.

Señor, la gesta que concluyó anoche llena de orgullo a la humanidad y a los sudamericanos. Y el éxito debe atribuirse a toda la ciudadanía chilena y a las instituciones de su República.

El Estado, en este caso, ha dado una muestra cabal de eficiencia, de unidad de objetivos, de capacidad y, sobre todo, de representar la voluntad de todo un pueblo.

Es por esto que, como argentino y en nombre de mis compatriotas, debo pedirle disculpas y, a través suyo, a todos los chilenos.

Disculpas por la forma en que mi país ha tratado a la Justicia del suyo. Que la Presidencia de la República Argentina concediera refugio al criminal terrorista Galvarino Sergio Apablaza Guerra, el asesino de un senador y secuestrador de un empresario, todo ello en democracia, ha constituido un verdadero insulto a Chile y a sus instituciones –que no lo han merecido en modo alguno- y, por sobre todo, nos ha mancillado como país.

En ocasión del terremoto, el suyo ya había dado muestras de fortaleza nacional, de unidad de destino y, sobre todo, de confianza en sus instituciones, esas que doña Cristina no hesitó en agraviar y en descalificar. Porque como todos sabemos, señor Presidente, Apablaza no era reclamado para ser objeto de una venganza sino para ser juzgado por los Tribunales de su República, a los cuales todo el espectro político chileno respeta por su independencia y seriedad.

Soy abogado y, como tal, sé que las elecciones constituyen un verdadero mandato que el pueblo concede a sus gobernantes. Pero también sé que ese mandato debe ser ejecutado y cumplido dentro de sus límites; cuando el mandatario se excede en los poderes que le han sido otorgados, debe ser juzgado por ello. Y doña Cristina lo será, no lo dude.

Pero también debo pedirle disculpas por la “diplomacia presidencial” que encabeza nuestra inefable Presidente. Mientras Ud., señor, hacía guardia en la boca del pozo de rescate, su colega argentina twitteaba sin parar, utilizando el drama de Copiapó que afligía al mundo para burlarse de la oposición interna y de la prensa independiente, a la que tanto agrede cotidianamente, en una nueva y clara muestra de la banalización a la cual es tan afecta.

Durante el gobierno de su antecesora, Michelle Bachelet, Chile debió compulsivamente, porque estaba en riesgo su desarrollo mismo, “independizarse” de la Argentina en materia de gas; los permanentes cortes del suministro a los que fue sometido, todos debidos a la criminal política energética que nuestro Gobierno puso en marcha a partir de 2003, obligaron a su país a radicar las plantas de regasificación, por las cuales hoy Chile debe sentirse orgulloso, a pesar de sus mayores costos respecto al producto que hubiera debido llegar por los ductos.

Pero, sépalo señor, nuestros pueblos son hermanos, y lo seguirán siendo mucho tiempo después que los Kirchner se hayan inexorablemente transformado en polvo en manos de la historia. Los argentinos deberemos pagar por los errores cometidos, y esta etapa será, sin duda, uno de los más graves, pero pasará. Y cuando ello ocurra, otra vez nos abrazaremos a los chilenos en los Andes.

No voy a pedirle disculpas, en cambio, por los dichos de Diego Maradona. No corresponde que lo haga, porque el emisor no reviste importancia alguna, más allá de sus efímeras glorias futbolísticas. Hacerlo, señor, sería otorgarle una entidad de la que carece. Sólo la estupidez de algunos –compartida por nuestro Gobierno, que lo transformó en Frankfurt en uno de los íconos de nuestra cultura (¡otra muestra de banalización!)- lo hace aparecer hoy como modelo, cuando su conducta debiera ser reprobada por unanimidad.

Me despido, señor Presidente, con admiración y con envidia. La misma que suscitan en el alma de mis compatriotas otros gobernantes de la región, como Santos, Lula, García, Mujica y, por supuesto, usted.

Un enorme y respetuosísimo abrazo, que le ruego extienda al resto de sus compatriotas.

¡Viva Chile, mierda!

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