Opinión Internacional

Con amigos así…

La nacionalización del gas boliviano no es en si mismo un evento extraordinario. Las nacionalizaciones son frecuentes en épocas de escasez, ya sea esta causada por una demanda en rápido aumento o por un retraso en la creación de nueva capacidad de producción. Son ciclos que pueden durar unos diez años (crear una mina tarda entre seis y ocho), aunque algunos expertos piensan que el ciclo actual, por el crecimiento vertiginoso de China e India, podría durar hasta veinte años. En el caso del petróleo y del gas los expertos hablan de una escasez cada vez más aguda consecuencia de su agotamiento, y se prevé que los precios solo se muevan en una dirección, hacia arriba. Hoy los gobiernos que deciden nacionalizar tienen a los consumidores haciendo fila para comprar los minerales que producen, y les sobra dinero para indemnizar a los inversionistas.

Los inversionistas, por su parte, reconocen que en esas circunstancias tienen la partida perdida de entrada, y se conforman generalmente con una compensación de sus activos calculada sobre su valor depreciado en libros, sin insistir en una indemnización basada en su valor de reemplazo. Por otra parte, es natural que al cambiárseles de manera un tanto sorpresiva las reglas del juego tengan al menos la esperanza de mantener un acceso preferencial a los suministros del mineral nacionalizado, para así continuar supliendo la cadena de procesamiento y comercialización de la que forman parte. Además, después de todo han creado una industria que genera grandes ingresos fiscales y empleo bien pagado.

Evo Morales ya había anunciado en su campaña electoral que nacionalizaría el gas, pero los inversionistas tenían la expectativa que, conforme a la legislación vigente, serían tratados con equidad. Las cosas adquirieron sin embargo un cariz muy diferente cuando Morales anunció que no pagaría indemnización alguna, afectando solo a aliados políticos de Bolivia, como son Brasil, Argentina y España, acusando de deshonestidad al mayor inversor, la empresa estatal brasileña Petrobras, y ordenando la ocupación militar de sus instalaciones. Lula, a quien Morales había llamado su «hermano mayor» pocas semanas antes, se entera de la decisión por televisión, y el gobierno venezolano es señalado por el brasileño como el principal promotor y asesor de la decisión boliviana.

Es temprano para determinar todas las causas y consecuencias de esta actitud torpemente agresiva de Morales. ¿Simple efectismo para subir la popularidad antes de elegir la Constituyente boliviana?, ¿Apoyo al amigo Chávez para repulir sus credenciales pro-indígenas y anti-imperialistas, o, sobre todo, mensaje de que hay que contar con Caracas a la hora de la integración suramericana? Probablemente todo ello junto, mas el irreprimible afán de protagonismo de Chávez. ¿Que hacía nuestro Presidente en la cumbre de Iguazú discutiendo sobre gas boliviano con Lula, Kirchner y Morales, a quien pasó recogiendo por La Paz en su Airbus?.

La afinidad ideológica y el interés nacional son dos cosas muy diferentes, y cuando entran en contradicción suele prevalecer el segundo. La manera desconsiderada, casi artera, en que se anunció y ejecutó la nacionalización representa para Brasil, Argentina y España un considerable daño patrimonial, pero para Brasil también un muy duro golpe político a su liderazgo regional. Se ha hablado de humillación en la prensa brasileña, y el Canciller del Brasil acusa el golpe cuando critica la participación venezolana en el zarpazo boliviano. Argentina juega un activo papel de conciliación, vinculada como esta con Venezuela, Brasil y Bolivia a través de acuerdos económicos muy concretos, pero en España están tan ocupados produciendo aviones y barcos para la Fuerza Armada venezolana que no se han atrevido a vincular a Venezuela con la nacionalización boliviana.

En conclusión, Brasil ya no puede considerar a Chávez un socio confiable, y Chávez tendrá que hacer grandes esfuerzos para que no lo lleguen a considerar una amenaza. Muy poco le ha gustado a Lula su cuchicheo con Uruguay y Paraguay, su coqueteo con los Sin Tierra y su protagonismo en el foro de Sao Paulo.

El Gran Gasoducto del Sur se va a tardar mucho, si es que algún día se hace. Brasil probablemente no ponga un centavo para su construcción y mantendrá un sistema paralelo que le evite depender de un suplidor impredecible. Su dependencia reciproca con Bolivia llevara a una rápida reparación de las relaciones comerciales y políticas de los dos países, pero nadie olvidara el doble juego de Venezuela; se ha vuelto peligroso aceptarle regalos a Hugo Chávez. Chávez, por otra parte, ya no puede permitirse el fracaso del gobierno de Morales, y es de prever que a pesar de los mayores ingresos de Bolivia eso le va a costar buen dinero a Venezuela. Parece un alto precio por una semanita de titulares de primera pagina.

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